Los usos de Foucault en la historiografa argentina
reciente. Apuntes para el trabajo.
Diego Martino
(Cornblit, 1992: 53)
Introduccin.
El propsito de este trabajo es pasar revista a los usos del pensamiento foucaultiano en trabajos historiogrficos argentinos de los ltimos aos. En el cuadro general de las apropiaciones de Foucault que intentar ser desplegado, ser necesario por cierto distinguir sus variantes, desde la mera alusin al filsofo hasta la eleccin de temas similares a los estudiados por l; desde la utilizacin aislada de algn concepto suyo, hasta el difcil intento de renovar la prctica historiogrfica segn sus enfoques.
En principio, se han seleccionado artculos de algunos de los ltimos nmeros de varias publicaciones peridicas nacionales, para cumplir ese objetivo. Se procur as recortar, de la produccin historiogrfica argentina, un corpus sobre el cual realizar el anlisis. Las limitaciones de esta decisin son sin duda grandes; su ventaja es de tipo prctica, y depende de la suposicin segn la cual las publicaciones peridicas representan un abanico suficientemente amplio de orientaciones y enfoques. Fueron revisados el Boletn del Instituto Ravignani (UBA), el Anuario del IEHS (Universidad Nacional del Centro de la provincia de Buenos Aires), y las revistas Investigaciones y ensayos (Academia Nacional de la Historia), (1) Entrepasados (Buenos Aires) y Estudios Sociales (Santa Fe).
Lo llamativo en el caso de Foucault, es la disparidad de los juicios que ha merecido su trabajo. Como sostiene Peter Burke, la obra de Foucault ha sido criticada frecuentemente por parte de los historiadores, con y sin justicia (Burke, 1997: 174). Segn algunos, Foucault destruy la historia tal como se haba cultivado, para luego volver a crearla sobre nuevas bases. Otros estn mucho ms seguros de lo primero -su carcter destructivo- que de lo segundo -la utilidad de sus aportes-. Otros a su vez dudan de lo primero, sealando la continuidad entre la prctica historiogrfica de Foucault y la de algunos de sus predecesores.
Muchos marxistas consideran que Foucault perdi el rumbo en el confuso laberinto que l mismo construy.(2) Los historiadores tradicionales lo acusan de envenenar las aguas de la disciplina con el nihilismo del giro lingstico. Y segn los cultores del giro lingstico, que no lo reconocen como uno de ellos, el problema es que, en el fondo, Foucault es un marxista.
Debido al carcter fuertemente polmico del autor en cuestin, conviene analizar esos desacuerdos antes de pasar al estudio de los artculos argentinos seleccionados, para darles un mayor contexto.
Foucault en la discusin historiogrfica.
Si los trabajos de Foucault han merecido fuertes objeciones, curiosamente varias de ellas se fundamentan sobre bases diferentes, incluso contradictorias entre s.
En el caso de Carlo Ginzburg, su problema con Foucault -metodolgico y ms an, epistemolgico- qued claramente expuesto en El queso y los gusanos. Ginzburg no toleraba en su libro que Foucault renunciara a interpretar sus fuentes en el caso Pierre Rivire. Segn Foucault, hacerlo, supuestamente, habra significado forzarlas, someterlas a una razn de la que esas fuentes no participaban. Pero esa renuncia implicaba que, dice Ginzburg, el ambicioso proyecto foucaultiano de una archologie du silence se ha transformado en un silencio puro y simple (Ginzburg, 1999: 15). Foucault habra abandonado el oficio de historiador para hundirse en un irracionalismo estetizante. Si el francs estaba en lo cierto, el italiano en buena lgica debera haber cancelado la redaccin de su propio libro. Porque, si era imposible hacer hablar a Rivire, cmo hubiera podido Ginzburg dialogar con Menocchio? En realidad, las crticas de Ginzburg no se limitaban a Foucault, tambin iban dirigidas contra Michel de Certeau y otros historiadores, culpables de un escepticismo epistemolgico de dudosos resultados prcticos. El italiano se queja de que el temor a incurrir en un desprestigiado positivismo ingenuo, unido a la exacerbada conciencia de la violencia ideolgica que puede ocultarse tras la ms normal y aparentemente inocua operacin cognoscitiva, induce actualmente a muchos historiadores a arrojar el agua con el nio dentro (idem: 14).
En el caso de Josep Fontana, sus reparos contra Foucault adoptan la forma del silencio. En las ms de trescientas pginas de su texto dedicado a la historia de la historiografa (Fontana, 1982), Foucault no aparece siquiera una vez.(3) No hay referencias a sus aportes tericos o metodolgicos. Y si en todo caso comenta favorablemente la aparicin de nuevos temas en la historiografa, como la historia de la prisin o la locura -temas foucaultianos por excelencia- rpidamente aclara que resulta errneo y mistificador cuando se intenta presentar estas otras historias sectoriales como vas que han de permitir analizar al hombre autnomamente (idem: 260).
Por su parte, Richard W. Slatta, en su crtica contra Gilbert Joseph, quien trataba de utilizar a Foucault en un trabajo sobre el bandidismo rural en Amrica latina, lamenta la ambigedad de ciertas teoras de moda y las descarta como posible ayuda para los verdaderos historiadores. En ese contexto, se deshace rpidamente de Foucault: los filsofos todava se estn ocupando de lo que Foucault quiere decir con dispositif y otros conceptos cmo pueden entonces los historiadores practicantes emplear sus ideas con confianza? (la cita de Slatta en Mallon, 1995: 97). Quizs, aqu, Slatta exagere un poco. En realidad, los filsofos tambin siguen ocupndose de lo que quisieron decir Herclito, Hegel, Nietzsche... Slatta querr decirnos que los historiadores deben renunciar a toda la filosofa occidental, porque es confusa y por lo tanto no es confiable? No parece una buena idea...
Es llamativo que ni siquiera quienes atacan a Foucault se pongan de acuerdo entre s. Es el caso de las crticas de Robert Carneiro y de Gareth Stedman Jones. El deseo del primero es liberar a la antropologa de las garras del posmodernismo, al que califica sucesivamente de idiota, lleno de argucias e insignificancias, e inconsecuente (Carneiro, 1998: 430). La antropologa posmoderna, anticientfica y daina, tiene sus oscuras races en los enfoques lingsticos y en Foucault. Lamentablemente -siempre segn Carneiro- la lectura de Foucault se puso de moda entre los estudiantes de los aos 70, reemplazando al estudio serio de la historia, con los nefastos resultados que se notan actualmente (idem: 423-424).
En cambio, segn Stedman Jones, defensor del giro lingstico, de ninguna manera Foucault debe ser vinculado con ese enfoque. Al contrario: el giro lingstico no comenz con Foucault, as como tampoco dependi ni depende, en ningn sentido, de la versin que Foucault dio de su significado (Stedman Jones, 1998: 122). Si bien este autor rescata la figura de Foucault como desafo y fuente de renovacin en la historia, lo acusa de ser culpable de una confusa fusin entre una aproximacin lingstica y las supervivencias residuales del materialismo histrico. Si la primera quiere desarrollarse, deber abandonar definitivamente ese residuo. Segn Stedman Jones, Foucault ha logrado imponer una imagen de su obra como mucho ms renovadora de lo que realmente fue. En realidad, esa obra continuaba dos tradiciones de la historia social: la de Annales, y la del marxismo en su versin althusseriana. Con respecto a ste ltimo, Foucault se habra limitado a cambiar las relaciones capitalistas de produccin por los mecanismos de coercin disciplinaria, pero en definitiva se trataba -siempre segn Stedman Jones- del mismo esquema. Ms que una radical innovacin, el foucaultismo sera una forma parasitaria de marxismo (idem: 126).
Particularmente lamentable resulta, para Stedman Jones, la distincin que hace Foucault entre formaciones discursivas y dominios no discursivos. Conviene sealar que esta distincin, que parece reabrir la vieja hendidura entre la historia intelectual y la historia social, relegando a la primera a su previo rol superestructural (idem: 128-129), es en cambio, como se ver ms adelante, uno de los aportes de Foucault ms reivindicado por Roger Chartier, justamente como defensa frente a los excesos del giro lingstico.
Hasta aqu se han citado opiniones crticas, o incluso completamente descalificadoras, pero Foucault ha generado tambin entusiasmos igualmente enfticos.
Probablemente sea un artculo de Paul Veyne, una de las ms sistemticas defensas de los aportes historiogrficos de Foucault. Sin medias tintas, Veyne declara que Foucault es el historiador completo [...] ese filsofo es uno de los mayores historiadores de nuestra poca, pero tambin podra ser el autor de la revolucin cientfica que perseguan todos los historiadores (Veyne, 1984: 200). Dnde situar, entonces, la clave de esa revolucin? En ltima instancia, segn Veyne, lo que Foucault entendi fue la rareza de los hechos humanos, el hecho de que no estn instalados en la plenitud de la razn [...]. No son evidentes, aunque as lo parezcan a los contemporneos, e incluso a sus historiadores (idem). Abandonada, por ilusoria, una supuesta racionalidad que encadenaba y daba sentido a las acciones humanas, ahora el historiador puede dedicarse a estas ltimas sin ver espejismos. De ah que la forma de hacer historia de Foucault no implique eliminar los temas que siempre han sido estudiados, como lo social o lo econmico. La innovacin reside en concentrarse en la prcticas (idem, 237), describir, de forma muy emprica [...] y no presuponer nada ms, no presuponer que hay un objetivo, un objeto, una causa (idem, 207). La negacin de la existencia de una supuesta razn que gobierna la historia, la eliminacin por lo tanto de los conceptos de causa y origen, y el nfasis en las prcticas, deberan segn Veyne servir de base para un nuevo acercamiento a la historia. En principio, deberamos entender que las palabras nos engaan, que nos hacen creer en la existencia de cosas, de objetos naturales, gobernados o Estado, cuando esas cosas no son sino consecuencia de las prcticas correspondientes (idem, 211). Estamos seguros de que un loco en la actualidad padece lo mismo que un loco en la Atenas clsica? Estamos seguros, a su vez, de que en aquel entonces tanto como ahora, haba una ciencia, la medicina, que trataba de sanarlo? En realidad se trata, segn Veyne, de prcticas y potencialidades diversas, cada prctica depende de todas las dems y de sus transformaciones, todo es histrico y todo depende de todo (idem, 226). Creer que existe algo que es la locura en una polis griega o en el siglo XX, siempre igual a s misma -en todo caso, mejor o peor tratada por la medicina de cada poca- es caer en una trampa, porque no hay a lo largo del tiempo, evolucin o modificacin de un mismo objeto que ocupe siempre el mismo lugar. Caleidoscopio y no semillero (idem, 227). Las cosas en realidad no son ms que objetivaciones de prcticas determinadas (idem, 213) irreductibles a una unidad que las englobe.(4)
Si como ya se ha mencionado, Stedman Jones acusaba a Foucault de cultivar una variante ms o menos modificada de marxismo, segn Veyne las diferencias entre ambos enfoques son mucho ms importantes. Se apresura a aclarar, respecto del concepto de prctica, tan importante en Foucault, que no es una instancia (como el Ello freudiano) ni un primer motor (como las relaciones de produccin) y por otra parte, no hay en Foucault ni instancia ni primer motor (idem, 210. Ver tambin 238). Al contrario, las prcticas son lo que realmente hacen los seres humanos, solo que esas acciones deben ser -si queremos estudiarlas tal como son- despojadas del ropaje racional que las encubre.
Tampoco son vlidas, segn Veyne, las crticas que acusan a Foucault de relativismo o escepticismo. Foucault sera un relativista si se resignara a admitir que, simplemente, cada poca tiene opiniones diferentes acerca de las mismas cosas. Pero justamente, Foucault niega la realidad inmutable de esas cosas. Implica esto caer en el escepticismo? No segn Veyne. Segn l, Foucault recuerda simplemente que los objetos de una ciencia y la nocin misma de ciencia no son verdades eternas. Y, desde luego, el Hombre es un falso objeto: esto no significa que las ciencias humanas sean imposibles, sino que tienen que cambiar de objeto (idem, 231) En definitiva, lejos de hacer imposible la historia, Foucault, segn la interpretacin que hace Veyne de su trabajo, nos invita a abordarla de una manera ms realista y menos ingenua, ms despierta y sin caer en las trampas que nos tienden nuestros propios prejuicios.
Estas ideas son compartidas por Jacques Revel y Jean-Pierre Peter, en un trabajo en el que pasan revista a los estudios sobre el cuerpo, la salud y la enfermedad. All le agradecen a Foucault por sus aportes a la hora de terminar con la ingenuidad de los historiadores en el momento de acercarse a los archivos. Estos son resultado de una operacin, sus silencios son tan poco casuales como sus palabras y su lenguaje debe ser puesto bajo la lupa (Revel y Peter, 1980: 182).
Coincide en esto Dominique Julia: lo que a Revel le resultaba til para el estudio del cuerpo, a Julia le aclara el estudio de la historia religiosa. Apenas un ejemplo: sera til apelar a la razn teolgica para echar luz sobre las prcticas religiosas populares? As, Foucault es la ayuda necesaria para poder identificar las trampas con que el historiador tropieza en todo instante (Julia, 1980: 155. Ver tambin 173).
Podra sumarse aqu tambin a Michel de Certeau, cuando destaca a Foucault por su capacidad para pensar las relaciones siempre problemticas entre pasado y presente, entre el objeto de la historia y la actividad del historiador (Certeau, 1993: 53), y por su voluntad de obligar a un cientificismo inflado a enfrentarse con zonas que haba considerado como un desperdicio o como un revs incomprensible (idem, 55).(5)
Junto a la de Veyne, la defensa que hace Roger Chartier de los aportes de Foucault a la disciplina histrica, merece particular atencin.
Si el texto de Carneiro, ya comentado, parece poner a Foucault y el giro lingstico en la misma bolsa, el de Chartier sostiene exactamente lo contrario. Aqu coincide con Stedman Jones, pero este ltimo distingua a Foucault del enfoque lingstico para criticar al filsofo, por seguir aferrado a supervivencias de lo que califica como marxismo. Chartier, en cambio, distingue a Foucault del enfoque lingstico para rescatar al filsofo y criticar a esta ltima postura:
Contra las abruptas formulaciones del linguistic turn, que considera que no existen ms que los juegos del lenguaje y que no hay realidad fuera de los discursos, la distincin propuesta y trabajada por Foucault [...] indica otro camino. Se trata [] de articular la construccin discursiva del mundo social con la construccin social de los discursos. O, dicho de otro modo, de inscribir la comprensin de los diversos enunciados que modelan las realidades dentro de coacciones objetivas que, a la vez, limitan y hacen posible su enunciacin. (Chartier, 1996: 7-8).
Stedman Jones se queja de este enfoque (ver pgina 4 de este trabajo) por reintroducir una vieja separacin -supuestamente ya superada- entre la historia social por un lado, y por otro una historia intelectual entendida como mero reflejo superestructural de lo que sucede realmente ms abajo. Pero no es ese el sentido que le da Chartier:
Establecer firmemente la distincin entre las prcticas discursivas y las prcticas no discursivas no implica considerar, empero, que slo estas ltimas pertenecen a la realidad o a lo social. [] Lo real no pesa ms de un lado que del otro: todos estos elementos constituyen fragmentos de realidad [] que se articulan entre s. (idem, 31-32).
As, para Chartier, la importancia que Foucault le da al lenguaje de ninguna manera lo convierte en un adherente a esa particular forma de escepticismo que es el linguistic turn.(6)
Un segundo aspecto importante de la defensa de Foucault hecha por Chartier, porque responde a una frecuente objecin, es el que tiene que ver con el alcance y los lmites del poder. Muchos -segn Chartier- han malinterpretado a Foucault en ese aspecto. Aqu vale la pena citar un ejemplo. En un artculo, Juan Jos Marn Hernndez sostiene que uno de los principales puntos dbiles del pensamiento foucaultiano es el de la visin subyugadora y totalitaria con que es presentado el proyecto de la clase dominante. En efecto, la dominacin y la vigilancia que ejerce esa clase es mostrada siempre como racional, absolutista y triunfante (Marn Hernndez, 2001: 45). Segn Chartier no es eso, sin embargo, lo que Foucault sostuvo. Al contrario, contra los mecanismos que apuntan a dominar, se levantan resistencias o insumisiones, rechazos, distorsiones y artimaas de aquellos a quienes se pretenda someter (Chartier, 1996: 8-9). La importancia que Foucault daba a estas resistencias -como en Michel de Certeau el juego entre estrategias y tcticas- no debe ser dejada de lado. En ese sentido, Chartier sostiene que Vigilar y castigar ha sido con frecuencia mal entendido. El inters foucaultiano por el estudio de los mecanismos disciplinarios no implica que stos efectivamente hayan logrado y logren inexorablemente su objetivo: su proliferacin remite, no a su eficacia, sino a su debilidad (idem, 44).
El pensamiento de Foucault es as, ms rico que las simplificaciones con las que a veces es confundido, es ms capaz de dar cuenta de las sutilezas y matices de la realidad, y por lo tanto resulta de mayor utilidad para los historiadores. Sin duda, stos le deben aportes de primer nivel. En el camino marcado por Veyne, Chartier sostiene que Foucault ha terminado con la historia suprahistrica, con la historia teleolgica que se practicaba, y que se sostena sobre los conceptos de origen, causalidad y continuidad. Si no es posible deducir las prcticas de los discursos que las justifican, si por lo tanto las relaciones entre discursos y prcticas son ms complejas de lo que se pensaba (idem, 18-29), entonces a partir de Foucault la historia de las ideas ya no volver a ser la misma.
Saliendo de la polmica, no tiene mucho sentido desconocer la renovacin planteada por Michel Foucault y su impacto, tanto sobre la teora como sobre la prctica de la historia en diferentes campos temticos -historia cultural y de las mentalidades, estudios sobre sexo y gnero, anlisis sobre los mecanismos de poder desplegados por instituciones tales como fbricas, escuelas, hospitales, crceles, etc.(7) Por cierto, son los propios historiadores quienes pueden hacer fructificar an ms el legado foucaultiano, tarea ms til que la de quejarse de los puntos que dej sin resolver.
En 1992 deca Tulio Halperin Donghi: Si la obra de Foucault ocupa el lugar central que ha ganado en la atencin de los historiadores [...] es entonces porque ella refleja mejor que ninguna otra una etapa de bsqueda de nuevos caminos, e intenta ms sistemticamente que cualquier otra ubicar esa bsqueda en su propio contexto (Halperin Donghi, 1992: 115). No es tan importante para los historiadores, segn el mismo autor, que Foucault como filsofo no haya podido resolver el problema terico de la validez del conocimiento histrico; no importa que haya probado varias alternativas al respecto y que finalmente las haya descartado, disconforme, a todas. Porque fue la prctica de Foucault como historiador, ms que su reflexin como filsofo, la que abri nuevos caminos a los historiadores (idem: 113 y 116).
En 1994 deca Beatriz Sarlo: me parece difcil que, an cuando se revisen los postulados foucaultianos de la relacin entre saber y poder, se vuelva a una concepcin clsica de historia gentica (Herrero, 1994: 152). Y en 1997 deca Peter Burke: An los que rechazan sus respuestas no pueden escapar a sus preguntas (Burke, 1997: 175).
Foucault en la historiografa argentina de los ltimos aos. Apuntes para el trabajo.
De las revistas mencionadas en la introduccin se han seleccionado, para comentarlos, dieciocho trabajos de historiadores argentinos. Por supuesto, las conclusiones que puedan sacarse del anlisis de este corpus no pueden ser generalizadas a toda la historiografa nacional.(8) Por otro lado, no es una muestra lo suficientemente grande como para que justifique un tratamiento cuantitativo. Apenas, por lo tanto, el corpus puede darnos algunas ideas, o resaltar algn nfasis o algn descuido, que solo un barrido ms sistemtico podra reforzar. Ms an, esa bsqueda profunda no podra conformarse con el simple procedimiento que consiste en registrar si un historiador nombra directamente a Foucault, o si lo cita al pie de pgina. Es tan cierto que se puede haber aprendido mucho de determinado autor sin mencionarlo explcitamente, como que la cita exhibicionista no implica necesariamente un conocimiento profundo, una valoracin crtica o un uso creativo de los aportes del autor en cuestin. En otras palabras: las citas de Foucault son fciles de encontrar, pero los aportes de su trabajo que fructificaron en la produccin de los historiadores argentinos son ms sutiles, ms complejos, y pueden aparecer combinados o recombinados de mil maneras.(9)
Hechas estas aclaraciones, conviene iniciar el anlisis del corpus seleccionado. Para mayor comodidad, parecera til hacer una clasificacin de los artculos elegidos. Solo que, irnicamente, dicha clasificacin genera todas las complicaciones referidas por Foucault en el prefacio de Las palabras y las cosas: como los animales de la enciclopedia china, o como las madejas de lana de los afsicos, los artculos difcilmente se dejan encerrar en compartimientos claros y distintos.
El criterio temporal no aporta demasiado: los mismos conceptos de Foucault han sido citados, indistintamente, en trabajos sobre los siglos XVIII, XIX y XX. La adaptabilidad cronolgica de esos conceptos no es problematizada. Por otra parte, los artculos del corpus echan mano de las formas de periodizacin tradicionales de la historia argentina: de las reformas borbnicas a la Revolucin, de fines del siglo XIX a principios del XX, la poca del peronismo, etc. Eso s: predominan los artculos que inician su temtica a partir de fines del siglo XIX, y esto es seguramente porque la principal apropiacin de Foucault parece tener que ver con Vigilar y castigar y sus mecanismos disciplinarios. De manera que, previsiblemente, la etapa de consolidacin del estado nacional argentino es el momento donde aquellos mecanismos disciplinarios pueden tener mayor pertinencia como instrumentos de anlisis.
Si el corpus es analizado distinguiendo diferentes gneros historiogrficos, puede esbozarse una clasificacin en tres grupos. A pesar de las ambigedades y arbitrariedades que plantea, ste es el criterio que ser seguido de aqu en adelante. El primer grupo, el ms reducido, es el de los trabajos que podran calificarse como de historia de las ideas polticas. El segundo grupo, es el de los trabajos sobre historiografa, entendida como el estudio de los historiadores sobre el devenir de su propia disciplina. Y finalmente, el tercer grupo, el ms numeroso, es el de los trabajos que no se dejan encerrar de manera definitiva en los gneros historiogrficos tradicionales, sino que atraviesan varios de ellos. Hay aqu artculos sobre historia econmica, social, cultural, historia de la ciencia, de la educacin. Pero todos hacen hincapie -y esto es lo que les da unidad- en la dimensin poltica de los procesos que estudian. Cada una en su escala y con sus particularidades, economa, sociedad, cultura, ciencia o educacin son campos de poder, donde diferentes actores -de los individuos al estado- tratan de imponer intereses, o los negocian incansablemente. Si el carcter poltico del anlisis es una de las caractersticas de este grupo, la otra es el nfasis en las prcticas de los actores. Y en esto, este tercer grupo se distingue del primero. No se trata, por ejemplo, de artculos sobre las ideas mdicas o educativas, sino sobre las acciones que efectivamente se pusieron en juego en esos campos. Conviene ahora comentar los artculos incluidos en el corpus, destacando el uso que hacen de Foucault.
Primer grupo: trabajos sobre historia de las ideas polticas.
1.1) Goldman, Noem (1997), Revolucin, nacin y constitucin en el Ro de la Plata: lxico, discursos y prcticas polticas (1810-1830), Anuario del IEHS, n 12, Tandil.
El inters de la autora se centra en el anlisis de ciertos conceptos debatidos en las primeras dcadas post-revolucionarias que podran darnos una idea mucho ms ajustada de la poca, siempre y cuando superemos un enfoque historiogrfico que no sabe situar esos conceptos en su verdadero contexto. Si un loco de la Grecia clsica no tiene mucho que ver con un loco del siglo XX no deberan los historiadores empezar por saber exactamente a qu se referan los hombres de 1810 cuando hablaban de nacin o de constitucin? La autora marca las limitaciones de los estudios tradicionales de historia de las ideas polticas, que insistan en la exgesis de los proyectos constitucionales, y en trazar sus diferentes influencias doctrinales. La autora nos previene contra la trampa en la que es posible caer: demasiado inters en las influencias de los autores europeos en el discurso local, por ejemplo, nos hace olvidar que las mismas palabras eran usadas aqu para decir otra cosa. Las palabras portan sentidos que no son inmutables. De aqu la necesidad de incorporar nuevas perspectivas: Descubrir la manera como ciertas nociones aparecen, se articulan o se excluyen en sus vocabularios polticos, as como la significacin histrica de esas combinaciones, requera del empleo de metodologas desarrolladas por el anlisis del discurso desde una perspectiva histrica (p. 102). En este sentido, la autora incluye al Foucault de La arqueologa del saber, junto con R. Robin, J. Guilhaumou, D. Maldidier y otros, como los que desarrollaron perspectivas que a ella le resultaron imprescindibles para un acercamiento novedoso a su objeto de estudio. No hay por cierto una profesin de fe foucaultiana, sino la constatacin de un hecho evidente: a quien desee acercarse menos ingenuamente a los discursos del pasado, algunas de las pginas del filsofo francs pueden aportarle ideas tiles para el trabajo.
1.2) Carozzi, Silvana (1993), Apatas y utopas, Estudios Sociales, n 5, Santa Fe.
El trabajo de Carozzi, como aclara la propia autora, apunta a justificar la urgencia terica de una reflexin filosfica sobre lo poltico en los aos que corren, y luego tomar posicin en esa reflexin (p. 71). Se trata explcitamente de un texto de filosofa poltica, que se interesa no -o no solamente- por el anlisis de los datos de la vida poltica sino por los principios que la rigen, principios a su vez cargados de valores que invitan al compromiso y no al distanciamiento propio de la ciencia poltica. Si algo justifica la inclusin de este artculo en este grupo, es el inters de la autora por recuperar lo que ha sido el carcter histrico de la filosofa poltica en las versiones de sus mayores representantes (p. 71). As, Carozzi analiza el largo devenir histrico de los conceptos que estructuraron lo poltico en la vida de Occidente: de la polis griega al mundo medieval; de las monarquas de derecho divino a la Revolucin Francesa; de las democracias liberales a los totalitarismos; de la cada del muro de Berln al neoliberalismo de los aos 90. Sobre la base de la obra de C. Lefort, J. P. Sartre y H. Arendt, la autora seala los jalones de la constitucin de nuestra democracia, haciendo hincapie en la idea de libertad como elemento fundante. Pero a Carozzi no se le escapa -y Lefort le sirve de apoyo- que ambos conceptos -libertad y democracia- son siempre inestables, siempre estn en construccin, siempre son un legado en parte incumplido. Porque an cuando Sartre seale que ya con Descartes nace la libertad moderna, que implica libertad poltica y libertad de verdad (p. 76), no deja de ser cierto que la autonoma de ambas esferas -saber y poder- nunca est asegurada. Y aqu es, por supuesto, que la autora se apoya en Foucault para denunciar este incumplimiento. Finalmente, Carozzi seala que, si en otros tiempos, la pregunta por la libertad dominaba la escena, los tiempos actuales han vuelto ms urgente una nueva pregunta, que segn ella debe ser recordada y puesta en debate por la filosofa poltica: la pregunta por la igualdad.
Segundo grupo: trabajos sobre historiografa.
2.1) Godoy, Cristina (1998), Imago blochiana fin de siglo, Estudios Sociales, n 14, Santa Fe.
La autora se propone situar la obra y la personalidad de Marc Bloch en la historiografa del siglo XX, destacando la novedad e importancia de sus aportes, su vigencia, e incluso el peso tico del fundador de Annales. Godoy revisa las distintas concepciones historiogrficas que dominaron la escena, aquellas de las que Bloch se nutri, aquellas con las que polemiz, y aquellas que heredaron o recusaron su legado. En este contexto, aparece el Foucault destructivo, peligroso para el gremio de los historiadores. Segn la autora, hizo estallar el trayecto historiogrfico francs dando el puntapi hacia un errante desarrollo disciplinario que desembocar en la disyuntiva actual que tanto preocupa (p. 178). Segn Godoy, Foucault es uno de los fundadores de la posmodernidad -aunque fue Lyotard el que le puso el nombre-. Sus conceptos de discontinuidad o ruptura desconcertaron a los historiadores, al romper la unidad y continuidad del proceso histrico. Peor an, a nivel epistemolgico la figura del poliedro de inteligibilidad decapit cualquier resto de orden (p. 178). En definitiva, Foucault junto con J. Derrida y H. White, fueron los responsables en el quiebre de los sistemas globales (p. 180). Siempre segn Godoy, dejaron a la historia sin fuentes objetivas adems, sin saber qu hacer con ellas- y sin la posibilidad de reconstruir procesos basados en el principio de causalidad. Por cierto, la ciencia histrica encontrara nuevos caminos para desarrollarse. Y quizs Foucault no sea ms que un mal recuerdo. Segn Godoy, una revalorizacin de Marc Bloch sera volver al camino correcto.
2.2) Adamovsky, Ezequiel (1998), La alteridad de lo propio: el conocimiento y el otro en la constitucin de identidades. Aportes tericos para el trabajo historiogrfico, Entrepasados, n 15, Buenos Aires.
El autor se propone superar las deficiencias de la adaptacin, segn l irreflexiva, por parte de los historiadores, de ciertas modas tericas que los terminan conduciendo hacia callejones sin salida. En el caso del estudio de la formacin de las identidades colectivas, estos problemas, segn Adamovsky, se ven muy claramente. Si por un lado ese campo ha recibido aportes de numerosas disciplinas, por otro lado parece reinar una alegre despreocupacin de la mayora de los historiadores por las problemticas epistmicas y ontolgicas (p. 169) derivadas de aceptar la caracterizacin de esas identidades como mera invencin, como producto imaginario e incluso arbitrario. El autor recuerda que el giro lingstico nos ha hecho desconfiar de la correspondencia entre orden la las palabras y orden extralingstico, lo cual vuelve sospechosa cualquier estrategia argumentativa que pretenda fundarse en un conocimiento (p. 169). El problema que esto plantea es muy relevante, pero segn Adamovsky, la solucin posestructuralista, en la cual el conocimiento no cumple ningn papel, como no sea el de una ilusin al servicio de una voluntad de poder (p. 170) no es, en realidad, una solucin verdadera. Si bien el autor reconoce la importancia del posestructuralismo a la hora de proponer nuevos temas y problemas para el anlisis, lo acusa de no ser completamente inocente de las malas lecturas que gener su aplicacin a los estudios histricos. Heredero del anti-cogito de cuo nietzscheano (segn la apropiacin foucaultiana) (p. 170) el posestructuralismo acentu demasiado el enfoque del conocimiento como institucin, como acto de poder, eliminando la referencia a algo que est ms all de lo discursivo. Aplicado este enfoque a los estudios histricos sobre identidades, se llega segn el autor a prcticas caricaturescas, como el caso de Larry Wolf, quien sostiene que Europa Oriental no existe salvo como invencin de Europa Occidental -que de hecho la habra inventado para poder dominarla-. Adamosvsky pasa revista a diversos autores, desde Lacan hasta Ricoeur, pasando por Sartre, Ortega y Gasset o Todorov, en su bsqueda de un concepto de identidad que ya no sea, seguramente, el del sustancialismo de la historiografa nacionalista del siglo XIX, pero que tampoco se diluya en una mera ilusin o arbitrariedad. Reaparece aqu el Foucault peligroso, el arma de doble filo para los historiadores desprevenidos, que ya se seal en el artculo de Godoy (1998). En este caso, el carcter destructivo de Foucault es relacionado por Adamovsky con su carcter de heredero de Nietzsche. Lo mismo sucede en el siguiente artculo analizado (Acha, 1995).
2.3) Acha, Jorge Omar (1995), El pasado que no pasa: la Historikerstreit y algunos problemas actuales de la historiografa, Entrepasados, n 9, Buenos Aires.
El propsito del autor es analizar la polmica historiogrfica desatada en Alemania a mediados de los aos 80, cuando J. Habermas sali al cruce de una serie de historiadores revisionistas -E. Nolte, A. Hillgruber, K. Hildebrand, M. Strmer- que de alguna manera parecan tal vez no rehabilitar al nazismo, pero s reescribir su historia, comparndolo con otros fenmenos similares (!), o encontrndole su justificacin (!) en la necesidad de luchar patriticamente contra el comunismo sovitico. A medida que distintos intelectuales se fueron sumando a la polmica, por supuesto, sta dej de ser meramente una cuestin de eruditos. Ms all de sus implicancias para el debate sobre la nacionalidad o el patriotismo, desde el punto de vista de la historiografa, la polmica obligaba a retomar la eterna discusin acerca de las posibilidades de la historia como ciencia. Se puede conocer el pasado? El relato del historiador es verdadero, es ficcin, es un instrumento de poder? De ah que el debate terminara tocndose con los problemas planteados por las teoras del escepticismo epistemolgico, el pan-textualismo, el linguistic turn. Y de ah la referencia de Acha a la obra de Foucault, que sera -siguiendo a Nietzsche- uno de los responsables de la eliminacin del hecho y de la idea de una narracin histrica que obedece de manera absoluta a los intereses del historiador (p. 129). Acha no niega la existencia del problema, ni pretende aferrarse a una ya superada historia empirista-positivista. Pero negar o relativizar la Shoah pone a los cultores del escepticismo epistemolgico al borde del escndalo moral. No es lo mismo decir que las cmaras de gas existieron, que decir que son parte de una construccin ficcional tan vlida como otras. Auschwitz cumple as una curiosa funcin: la de servir como lmite de buen sentido, como lmite tico, al experimento consistente en negar el hecho histrico como realidad externa al discurso. Si bien Acha discute ampliamente estos problemas, como Foucault no particip de la Historikerstreit (ya haba muerto), el autor no se detiene a demostrar si es tan cierto que el pensador francs participaba de las posturas radicalmente escpticas del linguistic turn. No es esa, por ejemplo, la opinin de R. Chartier (1996), ya comentada en este trabajo.
3.1) Girbal-Blacha, Noem M. (1997), Dichos y hechos del gobierno peronista (1946-1955). Lo fctico y lo simblico en el anlisis histrico, Entrepasados, n 13, Buenos Aires.
Se trata aqu del nico caso, del corpus en anlisis, que piensa en Foucault a la hora de la renovacin, o perfeccionamiento, de la prctica de la historia econmica. Girbal-Blacha indica algunos cambios sobresalientes en la historiografa para situar el problema de la relacin entre objetividad histrica y relato, entre hechos y discursos, y para analizar hasta qu punto estos debates pueden ser tiles a la historia econmica. Aqu es donde seala a Foucault y a H. White como figuras dominantes en los mundos francs y anglosajn. Para la autora, la influencia de Foucault en el campo historiogrfico se debi a su postura desmitificadora que puso en cuestin cualquier idea de verdad absoluta en el anlisis histrico. Dados el desafo foucaultiano y el linguistic turn, los historiadores debieron reconsiderar su disciplina, bajo el riesgo de tener que renunciar a ella. Pero de esto no se concluye que la historia tenga cerrado su camino, ni que Foucault haya sido el culpable de semejante hecho. Al contrario, historiadores como R. Chartier o K. Pomian, entre otros, respondieron a los desafos de manera creativa y constructiva. En el caso de la historia econmica no tiene por qu, segn la autora, resignarse a perder de vista las potencialidades del anlisis discursivo, especialmente si es puesto en juego, dialcticamente, con los resultados arrojados por los enfoques de la historia econmica clsica. Con estos criterios, Girbal-Blacha presenta algunos hitos de la poltica econmica peronista desde una doble ptica. Por una parte, analiza las medidas econmicas y sus resultados cuantificables. Por otra parte, saca a la luz los discursos oficiales del gobierno de Pern para confrontarlos con aquellos resultados. Esta doble va le permite a la autora destacar el complejo juego de influencias mutuas entre resultados y discursos, entre realidades y smbolos. Si el discurso del poder crea la realidad, el artculo de Girbal-Blacha muestra uno de los lmites de esa capacidad: los resultados de la economa no pueden ser ocultables o manipulables al infinito. Desde el punto de vista metodolgico, y ms all de los resultados de su estudio de caso, Girbal-Blacha defiende su apuesta: relato y cuantificacin son recursos complementarios [...]. En una historia econmica y social ambos niveles de anlisis son necesarios, aunque sus estructuras argumentativas difieran y su uso no sea exclusivo de los historiadores (p. 64). Los temores de Godoy (1998), Adamovsky (1998) y Acha (1995) no parecen perturbar a la autora.
3.2) Garavaglia, Juan Carlos (1996), El teatro del poder: ceremonias, tensiones y conflictos en el estado colonial, Boletn del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani, tercera serie, n 14, Buenos Aires.
Este artculo analiza una serie de cambios operados en Buenos Aires desde fines del siglo XVIII hasta los primeros aos posteriores a la Revolucin de Mayo. Se trata de las transformaciones del ceremonial y protocolo, entendidos no como meros detalles curiosos sino como elementos centrales que hacen a la estructura de poder y a la cohesin social rioplatenses. Porque, dado que el ceremonial expresa ciertas relaciones sociales mediante un determinado comportamiento ritualizado (p. 8), entonces cualquier desviacin en el papel que le tocara a cada actor, sera visto y entendido por todos como una falta o un desafo, con implicancias simblicas a menudo graves. El ritual parece escrito de una vez y para siempre, pero al contrario, su libreto es un campo donde se juegan los poderes relativos de los distintos actores sociales en cada coyuntura. En la poca analizada por Garavaglia, tales actores incluan al virrey, el obispo, el cabildo, la audiencia, los cuerpos militares, y por supuesto a la gente comn. No debe desdearse el poder del pueblo, porque si bien se le reservaba apenas el papel de espectador, justamente como tal era el testigo de casi cualquier prdida de prestigio que sufrieran los dems actores, vergenza que ninguno de estos poda permitirse. Sin duda, ciertos momentos concentraban mayor carga simblica: la llegada de un nuevo virrey, la muerte del soberano y la entronizacin del sucesor, las grandes fechas del calendario litrgico, fiestas civiles, o acontecimientos judiciales como los ajusticiamientos. No sorprende que los nombres de N. Elias, E. P. Thompson, P. Bourdieu o Foucault aparezcan en el trabajo de Garavaglia como citas ineludibles. En el caso de Foucault, el autor lo menciona como la referencia clsica (p. 11) para el tema de las condenas a muerte. El autor no intenta una discusin metodolgica, ni menos epistemolgica, sobre los aportes del francs. No deja de ser significativo que Garavaglia lo cite, simplemente, como un historiador ms, al que se puede recurrir para iluminar un objeto de estudio, y no como una influencia perturbadora en la prctica de la disciplina. No es el Foucault terico de la historia el que le interesa, sino el Foucault historiador. Garavaglia concluye su trabajo sealando que, si bien el famoso Decreto de supresin de honores de M. Moreno parece cerrar este ciclo del ritual barroco, muchos de sus elementos siguen, an hoy, presentes.
3.3) Lorandi, Ana Mara (2000), Constitucin de un nuevo perfil social del Tucumn en el siglo XVIII, Boletn del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani, tercera serie, n 21, Buenos Aires.
Segn la autora, el Tucumn del siglo XVIII sufri una serie de transformaciones sociales fundamentales. Por un lado, la disolucin de las comunidades indgenas las elimin como actor colectivo, laboral, fiscal y cultural. Muertes, migraciones forzadas, prdida de tierras, obligaron a la poblacin indgena a salir del estrecho marco de las relaciones con sus encomenderos. Esto llev a un proceso de individualizacin de los indgenas y aument la convivencia multitnica. Por otra parte, el crecimiento de la poblacin mestiza no se detuvo, generando un fenmeno de difcil insercin en la estructura social. Sumado a ello, la llegada de nuevos inmigrantes espaoles -prestos a celebrar alianzas con las elites locales, a menudo ms pobres en cuanto a capital econmico, pero con mayor capital social- aument la distancia social y cultural de los blancos respecto del movedizo mundo de las castas. Otra transformacin, el intento por parte de la corona de aumentar su poder y control en la regin, le permite a Lorandi aprovechar ideas foucaultianas. Por cierto, las elites locales saben que la pretensin de un mayor control metropolitano solo es posible a expensas de su propio poder, y por eso desarrollan una serie de estrategias destinadas a eludir -ms que a enfrentar- aquella pretensin. Lorandi habla de un sometimiento virtual y una resistencia encubierta, que recurra a pervertir, a ignorar, a apelar y reapelar, a licuar responsabilidades, a apartarse del campo donde deberan plantearse las contradicciones o conflictos y dejar al enemigo en un no lugar, en un espacio vaco, liminar, como bien lo expresa Foucault (p. 101). Lorandi da cuenta de una capacidad de los miembros de los cabildos, por ejemplo, para conservar sus privilegios, que no encaja con la interpretacin que a veces se ha hecho de Vigilar y castigar, que planteara la exixtencia de un poder siempre manipulador, siempre triunfante. Al contrario, y citando la Microfsica del poder, Lorandi piensa en la elites tucumanas como quien introducindose en el complejo aparato lo har funcionar de tal modo que los dominadores se encontrarn dominados por sus propias reglas (p. 102)
3.4) Alonso, Mara Ernestina (1995), Ciencias sociales sin proceso histrico? Anlisis crtico de los nuevos contenidos bsicos comunes de ciencias sociales para la educacin general, Entrepasados, n 8, Buenos Aires.
La intencin de la autora es denunciar las implicancias ideolgico-polticas que se esconden tras la reforma educativa argentina de principios de los aos 90. Segn Alonso, ciertos enfoques y contenidos aparentemente neutrales de la enseanza, estn sin embargo puestos al servicio del mantenimiento de una situacin social, econmica y polticamente injusta. De esta manera, segn la autora, es que hay que ver el hecho de que en la reforma educativa est ausente el concepto de conflicto social, o que la enseanza de la geografa no relacione los fenmenos fsicos con los humanos, o que la cultura occidental sea vista como naturalmente superior. La interpretacin de la autora sigue la lnea de anlisis de Thomas Popkewitz, y es a travs de este autor que llega a Foucault. Sostiene Alonso: Segn la lectura que Popkewitz hace de Foucault, en la sociedad y en cualquier momento de su historia, existen unos cdigos fundamentales de cultura que son los que gobiernan el discurso de la sociedad, sus relaciones, sus tcnicas, sus valores y la jerarqua de sus prcticas. Estos cdigos se convierten en un rgimen de verdad: conforman y definen lo que debe decirse y lo que debe callarse [...]. De acuerdo con estos cdigos de cultura, dice Foucault, se establecen las relaciones de poder (p. 160). De manera que, segn Popkewitz -y Alonso est de acuerdo- la escuela es funcional al poder y reproductora del orden social no a travs de la fuerza explcita sino a travs del proceso de produccin y reproduccin del conocimiento (p. 160-161).
3.5) Bertoni, Lilia Ana (1996), Soldados, gimnastas y escolares. La escuela y la formacin de la nacionalidad a fines del siglo XIX, Boletn del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani, tercera serie, n 13, Buenos Aires.
Si el trabajo de Alonso recin comentado insista en el papel de la escuela como instrumento de imposicin de un rgimen de verdad al servicio del poder, resulta interesante entonces, mostrar los lmites de esa interpretacin a travs de este artculo de Bertoni. La autora analiza la situacin de la escuela argentina a fines del siglo XIX como terreno donde se plantearon modelos alternativos de educacin y de patriotismo. A medida que se fue fortaleciendo en ciertos sectores de la elite, una concepcin cerrada y esencialista de la nacionalidad, a medida que la inmigracin pareca poner en peligro la unidad nacional, y a medida que las tensiones diplomticas con Chile fueron aumentando la amenaza de un eventual conflicto, se gest un grupo -en parte civil, en parte militar- que crey encontrar en la educacin fsica de la escuela una va para la formacin militar de los futuros soldados desde la infancia. Se puso en movimiento entonces toda una maquinaria de presin: los militares, algunos clubes deportivos -como GEBA y el Tiro Federal- ciertos polticos y hombres de prestigio, insistieron en la conversin de la gimnasia escolar en un programa de ejercicios militares. Se lleg a plantear ms de una vez la formacin de batallones escolares con grados y uniformes. Hasta aqu, pues, todo coincide con la opinin de Alonso. Pero Bertoni reacciona contra los enfoques que, a partir de una lectura simplificada de Bourdieu o de Foucault, ven las instituciones educativas exclusivamente como reproductoras de la cultura dominante, perspectiva que parcializa este complejo procso cultural (p. 37). La autora muestra que la toma de decisiones en el terreno educativo no era completamente verticalista, y que ms all de las autoridades ministeriales o de los grupos de presin de la elite, los propios docentes tuvieron una capacidad de reaccin ante el peligro de la militarizacin educativa, y pudieron frenarla con xito. Las Conferencias Pedaggicas, las asambleas de maestros, las publicaciones en revistas especializadas, crearon un contrapoder efectivo. Por otra parte, no deja de ser cierto que, como reconoce Bertoni, la militarizacin educativa fue saludada con entusiasmo en algunas provincias, o en mbitos como el Patronato de la Infancia. La ventaja de un trabajo como este es, entonces, que al confrontar un enfoque terico con la documentacin correspondiente a un caso concreto, puede medirse el alcance de su poder explicativo y de su aplicabilidad al caso en cuestin. La idea de la escuela como reproductora de los intereses del poder no tiene por qu ser aceptada como verdad inexorable, ni tiene por qu ser rechazada de plano. La clave est en los matices.
3.6) Geli, Patricio (1992), Los anarquistas en el gabinete antropomtrico. Anarquismo y criminologa en la sociedad argentina del 900, Entrepasados, n 2, Buenos Aires.
El autor analiza los desarrollos de la criminologa en la Argentina desde fines del siglo XIX hasta principios del XX. Por supuesto, se trat de una poca de grandes transformaciones sociodemogrficas, y particularmente los resultados no queridos de la inmigracin masiva dieron el marco a distintas reflexiones acerca del delito, del delincuente y de los mecanismos para contenerlos. En el cruce entre medicina, psiquiatra y derecho, la criminologa estuvo fuertemente aferrada al inters del Estado. Sin embargo, segn Geli esa identificacin nunca fue completa, y en su artculo destaca la aparicin de nuevas voces pblicas al respecto. Es particularmente llamativo el caso de los anarquistas, quienes fueron vistos por los sectores dominantes como un peligro para el orden social y por lo tanto fueron objeto del anlisis criminolgico, pero al mismo tiempo ellos mismos desarrollaron sus propias concepciones del crimen y sus posibles remedios. En este contexto, a Geli no le interesa el Foucault filsofo o el terico de la historia sino el historiador de Vigilar y castigar. Geli confirma en la Argentina una serie de tendencias en el pensamiento penal que Foucault haba descripto para el caso europeo: el proceso de taxonomizacin de los crmenes y las penas que culminara en la instancia de la codificacin y por otra parte la propensin a adecuar las penas a los caracteres particulares de cada infractor (individualizacin) (p. 10). Un curioso ejemplo argentino de esta ltima evolucin del pensamiento penal fue segn Geli la iniciativa del comisario Jos Alvarez, de formar un catlogo de los delincuentes de Buenos Aires, que incluyera todos los datos posibles -retratos, descripciones, costumbres-. Se iba a la definicin de una naturaleza criminal, que por cierto se reflejaba claramente en los caracteres fsicos de las personas. Geli sigue haciendo hincapie en el paralelo entre Europa y la Argentina, de lo cual es ejemplo la gran recepcin que tuvieron las ideas lombrosianas en Buenos Aires.
3.7) Armus, Diego (2001), Cuando los enfermos hacen huelga. Argentina, 1900-1940, Estudios Sociales, n 20, Santa Fe.
El autor investiga las acciones, reclamos y conflictos, tanto individuales como colectivos, de los enfermos tuberculosos en la Argentina de principios del siglo XX. Armus seala que la historia de la medicina tradicional apenas era poco ms que una sucesin de biografas de mdicos famosos y de remedios descubiertos. Hacia la dcada del 60, comenzaron a desarrollarse tres tendencias renovadoras: la nueva historia de la medicina, que agudiza y ampla los mtodos de la tradicional; la historia de la salud pblica, que prioriza el aspecto poltico, el rol del Estado; y la historia sociocultural de la enfermedad, campo interdisciplinario que rene a historiadores, socilogos, antroplogos, crticos culturales, etc. Es en esta tercera variante, en la que las interpretaciones foucaultianas de la medicalizacin y el disciplinamiento fueron y siguen siendo una referencia indudablemente inspiradora (p. 55). Ahora bien, si Armus destaca la relevancia de ese aporte, tambin seala su costado dbil: este enfoque revisionista no hizo otra cosa que reforzar el lugar central de los mdicos en la historia de la enfermedad y de la salud [...], el enfermo no es otra cosa que una creacin de la mirada profesional, un sujeto que existe slo como parte del sistema mdico y, lo ms importante, un sujeto fundamentalmente pasivo (p. 55). Se trata, segn Armus, de una mirada que prescinde del conflicto, entre otras razones porque asume que no hay discurso de oposicin al discurso del poder (p. 79). Dado que, justamente, la investigacin de Armus se centra en la capacidad de los enfermos para protestar ante diversos abusos, reclamar derechos, organizarse, tener una voz pblica, el autor puede sostener que entre los intersticios de las estructuras de poder y autoridad que marcan a la relacin entre mdicos y pacientes se despliega una compleja trama, saturada de situaciones de duplicidad y complicidad, de hegemona y subversin, de control y resistencia (p. 79). Se trata entonces de devolverle a los enfermos su carcter de sujetos histricos. Podra decirse que este artculo es solidario con el planteo de Bertoni: la capacidad de reaccin que esta autora detectaba en los maestros para oponerse a la militarizacin educativa, Armus la encuentra -ms sorprendentemente an- en los enfermos internados. Ni la escuela ni el hospital son, entonces, instituciones omnipotentes.
3.8) Salvatore, Ricardo (2001), Sobre el surgimiento del estado mdico legal en la Argentina (1890-1940), Estudios Sociales, n 20, Santa Fe.
Entre los artculos del corpus, el de Salvatore es, tal vez, aquel en el cual la impronta foucaultiana es ms amplia, ya que no se limita a alguna cita aislada, sino que parece constituir el presupuesto terico ms importante de todo el trbajo. El perodo analizado es uno de los ms estudiados de la historia argentina, el de la consolidacin del estado nacional. Sin embargo, segn Salvatore, los historiadores habran transitado siempre por las mismas temticas -modernizacin econmica, inmigracin, reforma electoral, etc- y habran dejado mucho por investigar(11) en cuanto a los aspectos culturales y disciplinarios de la construccin del estado (p. 82). En ese punto, la tesis de Salvatore es atribuirle al positivismo un rol esencial, pues contribuy a redefinir el alcance de la soberana, los instrumentos de poder y las pretensiones hegemnicas del estado oligrquico y dio a la elite dirigente los espacios institucionales, las tecnologas de poder y la retrica que necesitaba (p. 83). Particularmente, el inters de Salvatore est en la criminologa positivista, que fue ampliando su esfera de influencia, creando instituciones, conceptos y procedimientos, que terminaron por desbordar el rea especficamente criminolgica e invadir, a la larga, toda la prctica de gobierno, estableciendo una nueva microfsica del poder (p. 105). Segn el autor, las similitudes en el tratamiento de las poblaciones dependientes en hospitales, prisiones, escuelas, manicomios y orfanatos marcan el xito del reformismo positivista en estos nichos especficos del poder disciplinario (p. 105). La relacin entre los reformadores positivistas y la elite gobernante se asentaba sobre un acuerdo bsico: los principios fundamentales del orden conservador -como la propiedad o la forma de las instituciones de gobierno- estaban fuera del campo de experimentacin. La ventaja para la elite era obvia: los positivistas parecan ofrecerles una nueva utopa poltica: la posibilidad de un conocimiento total de las clases subalternas como precondicin para gobernar. Los mtodos de control social propuestos por los positivistas eran relativamente ms eficientes, justamente porque producan un conocimiento general, detallado, verificable y sistemtico de las poblaciones dependientes, una caracterstica que los medios ms tradicionales, de control social (clientelismo, patronazgo, represin policial) no podan ofrecer. Adems, la institucionalizacin de los desviados entraaba la despolitizacin e individualizacin de grupos sociales que hasta entonces haban sido amenazantes para el estado (p. 107). En definitiva, para Salvatore dentro del estado funcionaba una maquinaria diferente, ms eficiente y silenciosa, que controlaba y disciplinaba los cuerpos, las almas y las mentes de vastos segmentos de la poblacin (p.114). Ahora bien, cabe preguntar el estado mdico-legal fue una aspiracin, un objetivo, un proyecto siempre a medio terminar, o fue una realidad triunfante? Ya se han visto las opiniones de Bertoni y Armus en cuanto a escuelas y hospitales. Y en el siguiente artculo comentado (Gonzlez Bollo, 1999a), se notar algo similar en cuanto al alcance de las estadsticas demogrficas como instrumento de control sobre la poblacin. Por otra parte, sin negarle efectividad a los procedimientos positivistas de control social, no conviene olvidar que los mecanismos ms tradiconales -entre los que Salvatore sealaba clientelismo, patronazgo y represin policial- nunca fueron abandonados, y que la despolitizacin e individualizacin de los grupos peligrosos no impidi que, por ejemplo, la izquierda fuera combatida, en aquellos aos, en tanto izquierda. En cualquier caso, el interesante artculo de Salvatore no nos exige una adhesin dogmtica. Sern nuevos estudios de caso lo que nos dirn qu hubo de aspiracin y qu hubo de realidad en el estado mdico-legal.
3.9) Gonzlez Bollo, Hernn (1999a), Estado, ciencia y sociedad: los manuales estadsticos y geogrficos en los orgenes de la Argentina moderna, 1852-1876, Anuario del IEHS, n 14, Tandil.
El propsito del autor es dar cuenta de otra temtica poco explorada en el contexto de la organizacin del estado argentino, en este caso la construccin de un aparato estadstico de alcance nacional [...], focalizando la circulacin y los usos polticos de las cifras oficiales que produjeron (p. 24). El desarrollo de la estadstica es pensado como funcional al aumento del poder simblico del Estado. Segn el autor emerge el esfuerzo de un precario aparato estatal en su intento por establecer una de las fuentes de legitimidad en el espacio pblico (p. 25). Por cierto, tambin est presente la dimensin disciplinaria, como en todo acto por el cual un estado cuenta y clasifica a sus habitantes. Sin duda, la creacin de la Oficina Nacional de Estadstica en 1864 fue un hito en este proceso, como tambin, poco despus, la confeccin del I Censo Nacional, en 1869. La naturaleza de las clasificaciones utilizadas en ese censo le permite a Gonzlez Bollo recordar, con Foucault, su carcter arbitrario, an cuando, al mismo tiempo, el saber estadstico se presenta a s mismo como cientfico y objetivo. Pero lo ms llamativo es que el poder no poda controlar a su antojo la realidad que someta a anlisis, porque los propios habitantes, objeto del censo, tambin oponan sus propias estrategias de distorsin de los datos. La situacin relatada por Gonzlez Bollo no est exenta de cierto humor: Diego Gregorio de la Fuente, superintendente del censo, desconfiaba de sus resultados porque saba, a su vez, que los censados desconfiaban de los censistas. Es fcil imaginar a algn habitante de aquella poca preguntndose por el derecho del gobierno a meterse en sus cosas. As, como dice el autor -y como tema el superintendente- el vago pasaba por jornalero, la prostituta casi siempre por costurera, el curandero por mdico (p. 37). Una vez ms, la disciplina que bajaba desde el poder se encontraba con resistencias molestas. El poder que pretenda monologar, terminaba dialogando.
3.10) Alonso, Luciano (1995), La mutilacin corporal como institucin de control social, Estudios Sociales, n 9, Santa Fe.
El ttulo de este trabajo es a la vez su tesis principal. A su autor le interesa destacar que, en tanto institucin, la mutilacin corporal no es un crimen pasajero, un desborde, un exceso: es al contrario una prctica estable, con una funcin social especfica. Alonso inicia un recorrido histrico a partir de la Edad Media para describir las caractersticas concretas que tuvo esa institucin en la historia de Occidente, y sobre todo para mostrar su permanencia en el tiempo: del feudalismo a la modernidad, a la conquista de Amrica, a la guerra de Vietnam, a los grupos de tareas argentinos. Su objetivo, reafirmar la visceral relacin entre dominadores y dominados (p. 83). Segn Alonso, la mutilacin constituira una institucin vehiculizadora del poder tanto en la aplicacin cotidiana de la ley como en la excepcionalidad de la guerra civil (de la lucha de clases?) (p. 84). El autor hace hincapie en la dimensin poltica del problema, en trminos de una lucha entre dominadores y dominados, donde la mutilacin es un recurso al que los primeros saben apelar siempre que sea necesario. Sobre los conceptos de poder, clase y razn (p. 86) gira todo el enfoque de Alonso. Polemizando con Enrique Mar, quien ha propuesto entender al poder como un dispositivo formado por la fuerza, el discurso de orden y el imaginario social, Alonso prefiere ver cmo en esa concepcin la fuerza es el origen y reaseguro del poder; all es donde nace y all donde vuelve (p. 88). Vigilar y castigar y la Microfsica del poder estn presentes en la estructura conceptual de todo el artculo. Y si bien Alonso aclara en una nota que a la visin omnipresente del poder en Foucault le caben muy bien los reparos esbozados por Marshall Berman (p. 89), esos reparos no parecen formar parte del cuerpo principal de su argumentacin.
3.11) Mases, Enrique (1994), Entre historiadores y anticuarios. Acerca del proyecto de recuperacin, proteccin y clasificacin del Archivo de la Justicia Letrada del Territorio Nacional del Neuqun, Entrepasados, n 7, Buenos Aires.
El autor explica el proceso -casi casual- por el cual tom conocimiento de la existencia de un archivo judicial regional que estaba a punto de ser eliminado. Dicho corpus, rescatado y en proceso de clasificacin, se revel como una importante va de acceso a una serie de temas y problemas relevantes para investigadores en historia y otras ciencias sociales: condiciones de trabajo, mundo del delito, cuestiones de gnero, cultura popular, etc. Salvados de la destruccin, estos documentos permiten construir una historia en el cruce de dos procesos: el de la conformacin de la organizacin poltica, administrativa y jurdica de estos territorios y el de las condiciones de vida de los sectores populares (p. 172). En este contexto, Mases seala las investigaciones de Foucault, C. Ginzburg, G. Rud y R. Darnton como clsicos en el uso de ese tipo de fuentes no tradicionales, y en la construccin de una historia desde abajo, toda vez que el inters pasa del estudio de las elites al de la experiencia de la mayora de la poblacin. Como vemos, la referencia a Foucault se limita a mencionarlo como pionero en el aprovechamiento de nuevas fuentes, sin hacer hincapie en sus planteos terico-metodolgicos, que siempre son ms polmicos, y menos utilizados en la prctica de los historiadores. En todo caso, valga aclarar que el artculo de Mases slo pretende dar la noticia del trabajo que se est realizando, sin desarrollar, por lo menos en estas pginas, una investigacin en particular. Quienes s han realizado estudios sobre la base de esa documentacin, fueron otros dos investigadores de la Universidad Nacional del Comahue que trabajan con Mases, Rafart (1994) y Lvovich (1993), que sern comentados a continuacin.
3.12) Rafart, Carlos Gabriel (1994), Crimen y castigo en el Territorio Nacional del Neuqun, 1884-1920, Estudios Sociales, n 6, Santa Fe.
El autor parte de un hecho que no debe ser dejado de lado: si la construccin del estado nacional argentino ha sido compleja, y no estuvo exenta de resistencias y tensiones, estas dificultades fueron an ms notables en el caso de los Territorios Nacionales, reas enormes, lejanas y vacas, de difcil sometimiento. Por eso, en el caso del Neuqun, conviene situar el problema del delito, segn Rafart, en el contexto de una sociedad en permanente tensin entre la prctica de la libertad y la progresiva construccin de un orden formado esencialmente en el despliegue de la coaccin (p. 73). Coaccin que por cierto se presenta, en el discurso de la criminologa positivista, como reaccin natural de la parte sana de la sociedad contra su parte enferma. Coaccin que, en otras palabras, se dirige contra individuos y no tiene -parece no tener- carcter poltico. El autor toma de Vigilar y castigar una definicin de crimen como desorden, como escndalo, ejemplo e incitacin que segn sus fuentes se adecuan plenamente al discurso del poder en Neuqun. Y de ah que, si bien la poltica contra el crimen sea a menudo incoherente e ineficaz, nadie discute la necesidad de la represin, que goza de un amplio consenso. Como resultado de este proceso, el delito qued sin resolver, pero se gest y reforz una estructura de poder donde el elemento coactivo era esencial para la produccin de un orden social (p. 81). Si bien Rafart no hace explcita la cita, no es difcil recordar aqu el planteo bsico del captulo sobre Ilegalismos y delincuencia de Vigilar y castigar: o el sistema represivo es un fracaso, y su mantenimiento es escandalosamente intil, o hay que darle la vuelta al problema y preguntarse de qu sirve el fracaso [...]. No se puede ver ah ms que una contradiccin, una consecuencia? (Foucault, 1976: 277).
3.13) Lvovich, Daniel (1993), Pobres, borrachos, enfermos e inmorales. La cuestin del orden en los ncleos urbanos del Territorio del Neuqun (1900-1930), Estudios Sociales, n 5, Santa Fe.
Como en el caso de Salvatore (2000), aqu Foucault no est presente slo como alguna cita aislada, sino como uno de los presupuestos bsicos del artculo. El tema de Lvovich es el del control social operado sobre los sectores populares, que para ejercerse con mayor efectividad, implicaba clasificarlos en diversas categoras delictivas como paso previo a su represin. El autor define el proceso como una batalla sorda por el establecimiento de un orden que implicaba la emergencia de ciertos discursos y procedimientos (p. 83). En el plano de los discursos, la criminologa positivista y un darwinismo social en su versin de sentido comn aportaban un aspecto cientfico a lo que para Lvovich eran prejuicios de clase. En el plano de los procedimientos, normativas y prohibiciones, disputas en los espacios festivos, incriminaciones y encierros, formaban parte de su arsenal (p. 89). El autor analiza particularmente tres casos: los de las polticas hacia los pobres, hacia la prostitucin y hacia las fiestas populares. Los primeros estaban siempre al borde de ser objeto de encierros especficos: en tanto vagos, a la crcel; en tanto enfermos, al hospital; en tanto pobres, al circuito de la beneficencia. En cuanto a las prostitutas, ese eterno mal necesario, a travs de las tcnicas de encierro y control se pretenda por un lado, eliminar de la vista de la sociedad sana y de los espacios pblicos a las portadoras de la depravacin, dando, segn un principio de clausura, a cada individuo su propio lugar. Pero por otro lado, al decir de Foucault, ... el ejercicio de la disciplina supone una disposicin que coacciona por el juego de la mirada, un aparato donde... los medios de coercin hacen claramente visibles aquellos sobre quienes se aplican (p. 86). En cuanto a las fiestas, y especialmente en el caso del carnaval, Lvovich analiza cmo fue objeto de una desnaturalizacin, en la medida en que se trat de que perdiera su carcter popular y liberador -bajtiniano, diramos- para ser reemplazado por una fiesta de elite y de buen gusto, donde a los sectores populares se les reserv un carcter de meros espectadores. Lvovich finaliza advirtiendo que las fuentes en general le dan la palabra a los sectores dominantes, mientras que dejan en el silencio a los sectores populares. Confa, sin embargo, en que nuevos estudios podrn devolverles parte de su voz.
Conclusiones provisorias.
Esta recorrida por el corpus seleccionado permite sacar algunas conclusiones, aunque -es necesario insistir- no pueden ser generalizadas si no se ampla el universo analizado.
En primer trmino, todava Foucault conserva una imagen polmica, pero en especial cuando lo que es puesto en discusin es su aporte terico: como filsofo, como epistemlogo de la historia, ha dejado pginas que parecen enojar a algunos historiadores, que tal vez sienten que su campo de trabajo es minado desde los cimientos. En cualquier caso, este Foucault terico es el que menos aparece analizado en los artculos del corpus.
En segundo trmino, cuando Foucault es visto como colega, como otro historiador, sus aportes son mucho ms utilizados. Los temas foucaultianos, especialmente los vinculados con Vigilar y castigar, evidentemente estaban poco trabajados en la Argentina hasta hace pocos aos, y tal vez gracias a Foucault han comenzado a ser investigados, lo cual es por cierto saludable.
En tercer trmino, el perodo de la formacin del estado nacional parece ser el preferido por parte de los historiadores que se dedican a temas foucaultianos. Si bien no tiene por qu ser necesariamente as, no deja de ser previsible en la medida en que durante ese perodo se gest una red de instituciones, prcticas y discursos de control social, que se prestan para ser pensados en los trminos del filsofo francs.
En cuarto trmino, el mayor aprovechamiento de Foucault no parece coincidir con alguno de los gneros historiogrficos puros, sino con los estudios que relacionan varios de ellos entre s. Tal vez sea posible decir que los enfoques foucaultianos permitieron destacar la fuerte connotacin poltica de todos ellos, casi como si hubiera un solo gnero historiogrfico, la historia poltica.
En quinto lugar, si el modelo de la disciplina foucaultiana ha sido tentador para muchos historiadores, otros parecen temer que su aplicacin unilateral genere excesos. Aparecen entonces, trabajos que ponen lmites o sealan matices a ese modelo que corre el riesgo de ser simplificado y convertido en una receta. Los cabildos desafan al rey de Espaa (Lorandi, 2000); los maestros boicotean las directivas del ministerio (Bertoni, 1996); los enfermos hacen huelga (Armus, 2001); los censados le mienten al censista (Gonzlez Bollo, 1999a). Aunque por cierto, resistirse al control no niega, sino que ms bien confirma, que ese control existe.
De nada sirve convertir a Foucault -o a cualquier otro pensador- en una moda, ni darle la razn siempre, o no darle la razn nunca. Lo deseable, es que nuevos trabajos continen precisando el enfoque y los resultados -que como en toda ciencia, nunca sern definitivos-.
(1) Esta revista ha sido, efectivamente, revisada. No obstante, no se citar ningn artculo de ella. La razn es muy simple: Foucault brilla por su ausencia en la publicacin de la Academia Nacional de la Historia, lo cual no deja de ser un dato con cierta significacin.
(2) Ver por ejemplo la crtica de Pierre Vilar a Foucault citada por Halpern Donghi (Halpern Donghi, 1992: 98-99)
(3) Foucault tampoco es mencionado en otros dos textos sobre historia de la historiografa: Casanova (1991) y Hobsbawm (1998). Es cierto sin embargo, que el segundo de los textos mecionados es una compilacin de artculos sobre temas especficos, no un tratado sistemtico.
(4) Esta es precisamente, segn Oscar Cornblit, una de las principales discusiones historiogrficas que plante Foucault, al haber puesto en duda la posibilidad de evadirse de una relatividad de puntos de vista que encierra ineludiblemente cada ptica en los trminos de sus propios conceptos (Cornblit, 1992: 8).
(5) En otro plano, esta misma capacidad de Foucault para problematizar la supuesta racionalidad de los discursos, en vez de aceptarlos como naturales, le permite a Arlette Farge incluirlo entre los autores con los que deberamos contar para una lucha poltica por un mundo menos violento (Farge, 1995: 145 y 154).
(6) Tambin Oscar Tern se alegra de que aunque todava en La arqueologa del saber pesara la tendencia a la intratextualidad, de todos modos era posible saludar en este libro la aparicin del llamado principio de exterioridad, que postulaba la relacin del enunciado con acontecimientos tcnicos, econmicos, sociales y polticos. (Herrero y Herrero, 1994: 164).
(7) Estos estudios han tenido tambin sus crticos. Emilia Viotti da Costa se queja, por ejemplo, de que si bien han ampliado las fronteras de la disciplina histrica, no han logrado establecer una conexin entre macro y microfsica del poder por lo que quedaron como fragmentos aislados a la espera de que alguien los unifique. No obstante, la autora sostiene que eso se debi a una lectura simplista de Foucault por parte de sus seguidores. No era esa la intencin del filsofo francs. (Costa, 1999: 88).
(8) Sin entrar, por lo dems, en una discusin an ms difcil: qu se entiende por historiografa nacional? se medir objetivamente por el pasaporte de sus cultores?
(9) Por ejemplo, no han sido includos en el corpus los trabajos de Yannoulas (1996), Debattista y otros (1998), Gonzlez Bollo (1999b) y Paura (1999). Pero ciertos temas, conceptos o preocupaciones de estos autores indican que Foucault -directa o indirectamente- estuvo presente a la hora de emprender sus investigaciones.
(10) Se prefiri llamarlos as, provisoriamente, antes que iniciar una discusin extensa acerca de su denominacin ms ajustada.
(11) El autor seala La locura en la Argentina, de H. Vezzetti, entre las excepciones.
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