Espejitos, titubeos y amores calmos.
Del aprieto freudiano por nombrar su deuda con la hipnosis[1].
Mauro Vallejo
Cual demorados heraldos de la fsica epicrea, diversos historiadores del psicoanlisis se esmeraron, en una gesta tan necesaria como mal comprendida, por demostrar que ninguna cosa hay que pueda nacer de la nada. As, desde los tempranos estudios de Siegfried Bernfeld a la monumental obra de Henri Ellenberger, pasando por las pioneras investigaciones de Ola Andersson y Frank Sulloway, la mxima de la Carta a Herdoto devino aserto constante de estos estudiosos en su afn por enraizar el saber freudiano en una tradicin y un contexto cientfico; intento que, bien mirado, no tena por qu herir tantas susceptibilidades. No obstante, esas pginas han sufrido un lamentable destino, pues o bien fueron relegadas a los veraneos eruditos de los inofensivos buscadores de antigedades, o bien sus precisas conclusiones son obliteradas a travs de un pretexto que no hace otra cosa que desconocer la continuacin de la carta de Epicuro: es imposible que aquello que desaparece se diluya en el no ser. En efecto, un tal desconocimiento opera tras el decir que, aceptando abnegadamente que las teoras y las prcticas freudianas cuentan con un pasado al cual no agotan, pretende de todas formas que el acto de nacimiento del psicoanlisis es portador de una discontinuidad absoluta para con sus condiciones de posibilidad. Que el psicoanlisis posee una historia es ya un hecho establecido; usar ese argumento como parloteo amenazador es un pasatiempo que quiz rena en s todos los colores. Por tal razn, aquello que resta an establecer es el tipo de ruptura que cabe esgrimir para construir el relato histrico que sepa hacer justicia al surgimiento de la nueva disciplina. La problemtica en juego consiste, entonces, menos en reiterar evidencias que slo ahuyentan a los enclenques fanticos, que en delimitar un tipo de discontinuidad que prescinda de los buclicos relatos que ubican en Freud la iridiscente prescindencia y superacin de todo cuanto lo antecedi.
En esta oportunidad nos ocuparemos de un asunto al que hiciramos una rpida alusin en un artculo aparecido en el ltimo nmero de esta revista[2], y que seala, a nuestro entender, uno de los captulos que ms ejemplarmente cuestionan el tipo de discontinuidad que tradicionalmente encontramos en los cannicos recuentos del pasado psicoanaltico. Segn tales versiones, la prctica freudiana se habra desprendido con mucha rapidez y despreocupacin de sus apoyaturas en las tcnicas sugestivas, en tanto que la hipnosis constituira un momento an ms arcaico y superado de su construccin. Nuestro designio aqu ser revisar con cierto detenimiento las relaciones que pueden establecerse entre ese tipo de prcticas y la tcnica freudiana.
En primera instancia, podramos apelar a las repetidas ocasiones en que, al interior mismo del naciente movimiento psicoanaltico, y sin operar a espaldas del maestro viens, los precoces discpulos hacan uso de las maniobras hipnticas en las curas que dirigan. As, en el Ambulatorio Psicoanaltico Viens, abierto en el ao 1922 por algunos de los analistas vieneses ms cercanos a Freud, se combinaba en algunos tratamientos la hipnosis con el psicoanlisis[3]. Por otro lado, existen indicios innegables de que en los aos previos a 1910 tanto Wilhelm Stekel como Isidor Sadger, por ese entonces en estrecha proximidad de Freud y sus teoras, acudan a tcnicas hipnticas para la prosecucin de ciertas curas[4]. Por su parte, en una carta indita del 20 de agosto de 1905 el propio Freud recomendaba a Adler el uso de la hipnosis en un caso de psicosis[5].
Esas ancdotas, as relatadas, parecen simplemente traer a la memoria deslices sin importancia. En su acotada reiteracin diran, en apoyo incluso de la tesis de la ruptura existente entre el psicoanlisis y la hipnosis, los aislados o torpes retrocesos de un movimiento sin retorno. Sin embargo, la hiptesis que quisiramos proponer aqu hara de esos tropiezos los testigos de una coyuntura ms fundamental, que atae a una de las dimensiones esenciales de la constitucin del saber psicoanaltico. Nos referimos de tal forma a la controversial ligazn entre la prctica freudiana y el dominio de la medicina, en cuyo pilar se sitan las estratagemas de la sugestin. Para tal fin, desplegaremos una metodologa que no est exenta de objeciones posibles, mas que permitir describir claramente un descuidado episodio del discurso psicoanaltico. Nos dirigiremos a ciertas vacilaciones de los textos de Freud respecto del papel que es dable asignar a las tcnicas hipnticas y sugestivas en el derrotero que habra concluido con la aparicin del verdadero psicoanlisis. No para buscar en ese espacio los rastros de una otra escena, sino para reconstruir, a partir de cuanto dicen, los lindes de una radical ambigedad del discurso en juego.
Cmo cernir esa vacilacin de los enunciados psicoanalticos? Brindaremos un conciso repaso de una serie de figuras, a cuyo envs podemos apreciar una dificultad por ubicar al psicoanlisis en relacin a la medicina. En primer lugar, y en relacin a la hipnosis, sealemos la distancia existente entre los escritos en los cuales Sigmund Freud se limita a mencionar las desventajas de la tcnica hipntica, causa de su abandono, y aquellos otros en que explcitamente se define al psicoanlisis como su heredero[6]. Ms importante an, debemos recordar que a pesar de las deficiencias atribuibles a la tcnica hipntica o debido precisamente a ello-, ella es elevada por Freud al estatuto de herramienta ideal: Si se lograra hallar un recurso mediante el cual fuese posible profundizar todas estas fases del estado hipntico hasta alcanzar la hipnosis completa, quedaran eliminadas las disparidades originadas por la susceptibilidad individual y se tendra realizado el ideal de la psicoterapia[7]. Por otro lado, resulta al menos curioso constatar la imposibilidad en que Freud se hall en aludir a la sorprendente similitud existente entre las particularidades de la relacin hipntica (repeticin de la ligazn entre padre e hijo y de relacin amorosa) sealadas por l en el texto recin citado- y las caractersticas del nexo transferencial. En consonancia con ello, Chertok y Saussure harn el siguiente interrogante: Acaso [Freud] rechazaba la idea de haber sacado la transferencia de la hipnosis?[8].
Una anloga vacilacin se desprende a partir de la lectura de los fragmentos en que Freud se refiere a la sugestin. Por una parte, el creador del psicoanlisis negar en varias oportunidades cualquier parecido entre la tcnica por l inventada y la influencia sugestiva, siendo muy clebre el recurso a la distincin entre la via di porre y la via di levare[9]. Sin embargo, sern tambin muy numerosas las ocasiones en que Freud establezca efectivamente una confusin entre la sugestin y la transferencia. Es decir que disolver la particin que con tanto esmero haba edificado, y llegar a decir que ... todos los hombres son, en una cierta medida, sugestionables, particularidad que no es sino la tendencia a la transferencia, concebida en una forma algo limitada; esto es, sin considerar la transferencia negativa. [...] si antes excluimos la hipnosis de la tcnica analtica, redescubrimos ahora la sugestin bajo la forma de la transferencia.[10].
En continuidad con estos someros periplos, vale apuntar otros dos curiosos titubeos del decir freudiano, pues ambos guardan ntima relacin con nuestro asunto. En lo atinente a la enunciacin misma del concepto de transferencia, Guy le Gaufey ha tenido el atino de recortar la contradiccin que habita el texto freudiano, pues el hecho nominado por dicha nocin es presentado por Freud a un mismo tiempo como algo sorpresivo, algo que irrumpe para sobresalto del observador, y como un fenmeno ineludible, esencial al fenmeno clnico[11]. La relacin del paciente con el mdico, los afectos y fantasas que aquel pone all en acto seran en los trabajos de Freud lo completamente esperable y lo absolutamente turbador e impredecible. Incluso ms, la teora freudiana permanece en un cerrado mutismo acerca de cmo responder a un interrogante que subtiende estos problemas: por qu aparece la persona del mdico?, por qu esa figura invade y monopoliza la escena? Recordemos que ya en el texto sobre los sueos Freud postulaba, sin dar demasiadas explicaciones, que una de las dos representaciones meta ineliminables de toda cadena asociativa del paciente es la referida a la persona del mdico[12]. Asimismo, en varias oportunidades sugerir que cada vez que las asociaciones se detienen debe colegirse que el pensamiento del enfermo est dominado por una idea acerca de la persona del analista[13]. Pues bien, cmo cabe explicar esa omnipresencia del mdico, tan sorprendente como natural, segn el paradjico decir de Freud? Se trata acaso de una esencia de las relaciones humanas?
Si hemos inscripto esa pregunta en este derrotero, el lector imaginar que lejos estamos de una respuesta tan ingenua. La solucin que postulamos tiende a hacer inteligible la serie de fluctuaciones que hemos ido sealando a lo largo de los prrafos anteriores. Tanto el tropiezo de Freud por asignarle a la hipnosis un seguro emplazamiento en cuanto concierne a la constitucin del dispositivo analtico, como las insalvables diferencias entre sus aserciones acerca de la sugestin, hacen, a nuestro entender, a un fenmeno que slo Michel Foucault tuvo el mrito de subrayar en su texto sobre la locura: El mdico, en tanto que figura alienante, sigue siendo la clave del psicoanlisis[14]. Freud, a travs del centramiento de la cura en la relacin mdico-enfermo no haca otras cosa que continuar y extremar el artilugio de la psiquiatra. Estableca all todas las revoluciones y disrupciones que es justo asignarle. Transformaba tambin la naturaleza de los objetos que en ese terreno se desplegaban. Pero jams cometi el traspi de vaciar a su doctrina de los medios por los cuales tematizar la sugestin, eterno arcano de su prctica, perpetuo obstculo en el armado de un espejo que pretenda ser apacible azogue.
Consecuentemente, y volviendo a la pregunta que hace instantes hiciramos acerca de la misteriosa silueta del mdico, creemos que la solucin para explicar su al parecer incomprensible convocatoria reside en una atencin literal a un enunciado que delata, en su lacnica irrupcin, el resorte esencial de la construccin de la tcnica freudiana: El primer fin del tratamiento es siempre ligar al paciente a la cura y a la persona del mdico[15]. Por supuesto que esa prescripcin podra encadenarse con otras que la precisan, como ser el consejo de aplazar la interpretacin hasta tanto el paciente ...se encuentre lo bastante ligado al mdico (transferencia)...[16]. Prosiguiendo por tal senda, podramos enmarcar esas aserciones dentro del marco conformado por la muy numerosa cantidad bamos a decir excesiva- de enunciados en que Freud asienta claramente, por un lado, la necesariedad de mantener una relacin disimtrica y jerrquica con el paciente, y por otro, la naturaleza pedaggica del lazo a establecer. Sin embargo, nos interesa ligar ms bien esa seduccin que el psicoanalista debe dirigir hacia su paciente con la quejumbrosa constatacin de Freud de que el xito futuro de la terapia por l creada dependera de la autoridad que socialmente le fuese asignada[17].
Al comienzo traamos a colacin la tesis epicrea que sostiene que cuanto desaparece no se diluye en el no ser. El eclipse del hipnotizador, el descrdito que abrum al alienista, el estigma que recay sobre los taumatrgicos poderes de la sugestin directa, conforman el hueco que el personaje del psicoanalista vino a colmar. All blandi cada una de las tesis que alteraron por siempre el saber sobre lo humano. Y el alcance de la ruptura producida es proporcional a la transformacin que supo operar respecto de las figuras que lo antecedieron. Los enunciados aqu repasados delatan que el nuevo saber continu solicitando las prerrogativas de autoridad sin la cual esas prcticas no operan; y si se sorprenda al constatar que la figura del mdico era trada a escena cada vez, se debe a que haba olvidado que ello responda a una exigencia que su misma prctica renovaba a cada momento. De tanto en tanto un velo se descorra y Freud vea en su divn la indirecta herencia del mesmerismo, pero con mayor asiduidad su pluma titubeaba al reconstruir la filiacin de su transferencia con el deslucido orgullo de la escuela de Nancy.
[1] Publicado en Psicoanlisis y el hospital, ao 16, nmero 31: La eficacia teraputica, Ediciones del seminario, Junio 2007, pp. 121-126
[2] Cf. Mauro Vallejo, Dos versiones freudianas del padre: sifiltico y seductor, Psicoanlisis y el hospital, N 30, Buenos Aires, 2006, pp. 32-36.
[3] Cf. Karl Fallend, Peculiares, soadores, sensitivos, Universidad de la Repblica Oriental del Uruguay, Montevideo, 1997, pp. 95ss.
[4] Cf. Franck Rexand, Stekel ou la question de la forme de la cure (1906-1908), Topique, N 76, Pars, 2001, pp. 59-72.
[5] Cf. Martin Fiebert, In and out of Freuds shadow: a chronology of Adlers relationship with Freud, Individual Psychology, Volume 53, 3, Texas, 1997, pp. 241-269.
[6] Cf. S. Freud, Conferencia XXVIII: La terapia analtica, Obras Completas, Biblioteca Nueva, Madrid, 1973, Tomo II, p. 2411; Recuerdo, repeticin y elaboracin, op. cit., p. 1683.
[7] S. Freud, Psicoterapia (tratamiento por el espritu), op. cit., Tomo I, pgina 1025; el destacado me pertenece.
[8] L. Chertok & R. de Saussure, Nacimiento del psicoanalista, Gedisa, Barcelona, 1980, p. 185.
[9] Cf. S. Freud, Sobre psicoterapia, op cit, Tomo I, p. 1009; vase asimismo Consejos al mdico en el tratamiento psicoanaltico, op. cit., Tomo II, p. 1658; La iniciacin del tratamiento, op. cit., p. 1674.
[10] S. Freud, Conferencia XXVII, op. cit., Tomo II, pgina 2401. Enunciados del mismo tenor pueden hallarse en Historia del movimiento psicoanaltico, op. cit., pgina 1898; Autobiografa, op. cit., Tomo III, pgina 2781; Psicoanlisis: escuela freudiana, op. cit., pgina 2908.
[11] Cf. Guy Le Gaufey, Anatoma de la tercera persona, EDELP, Buenos Aires, 2001, pp. 23-27.
[12] Cf. S. Freud, La interpretacin de los sueos, op. cit., Tomo I, p. 669.
[13] Cf. S. Freud, La dinmica de la transferencia, op. cit., Tomo II, p. 1649; Psicologa de las masas y anlisis del yo, op. cit., Tomo III, p. 2599 n.
[14] Michel Foucault, Historia de la locura en la poca clsica, FCE, Mxico, 1998, Tomo II, p, 262.
[15] S. Freud, La iniciacin del tratamiento, op. cit., Tomo II, p. 1672. Tanto en su carta a Jung del 6-12-1906 como en sus intervenciones en la Sociedad Psicolgica de los Mircoles de los das 21 de noviembre del mismo ao y del 30 de enero siguiente, Freud dir explcitamente que el tratamiento psicoanaltico es una cura basada en el amor del paciente hacia el mdico.
[16] S. Freud, El psicoanlisis silvestre, op. cit., p. 1574.
[17] Cf. S. Freud, El porvenir de la terapia psicoanaltica, op. cit., Tomo II, p. 1567. Vuelve a afirmarlo en la reunin del 30 de enero de 1907 de la futura Sociedad Psicoanaltica de Viena.