El debate intelectual en las revistas culturales en

torno a la aparicin de la Revolucin Cubana

Por Valeria Suarez*

 

 

I- Preliminares

 

En la gestacin de una revista de cultura siempre hay algo de designio histrico, de astucia de la razn... No es desacertado buscar en las revistas el desarrollo del espritu pblico de un pas, la formacin, separacin o unificacin de sus capas de intelectuales[1]

 

 

Volver sobre las revistas culturales de los aos sesenta implica resituarse en una instancia del debate en la que la experiencia intelectual haba devenido cuestionadora de su propio rol en los procesos histricos y por otra parte, haba resultado tambin crtica respecto de los espacios o estructuras en los que sta se enmarcaba. Una mirada que sobrevuele aquel cielo intelectual y que pretenda unificarlo slo bajo el signo generacional suprime de alguna forma, la complejidad del movimiento de ruptura o transformacin que se estaba gestando. Las revistas culturales nos informan en principio, de una situacin de cambio. Si bien, el nacimiento de Cuadernos de Cultura, publicacin en la que focalizaremos junto con Pasado y Presente a lo largo de este trabajo, da cuenta de la intervencin activa y punzante de la direccin del Partido Comunista en el seno del campo intelectual, y por tanto, nos habla de una continuada y persistente prctica poltica, ser en esta misma revista donde se comenzarn a librar las disputas filosficas de Ernesto Gidice con Emilio Troise y Carlos Astrada y donde se desatarn las primeras herejas desde la nueva izquierda.

Precisamente, en 1963 aparece Pasado y Presente, a partir del nucleamiento de un grupo de intelectuales gramscianos, que pertenecan al Partido Comunista, en torno a la elaboracin de una reinterpretacin de todo el pensamiento argentino desde y con el marxismo. Este nacimiento indicaba que ante la imposibilidad de este sector de trabajar en el sentido de abrir los canales de expresin de Cuadernos de Cultura, la respuesta que estaban en condiciones de plantear se tornaba accin y ejecucin de un propio espacio de discusin sobre la realidad histrica. Y a partir de l se intentaba posibilitar la revisin de todo el marxismo con excepcin de su concepcin revolucionaria[2].

En este punto es interesante observar el planteo de autonoma de la cultura en relacin con la poltica tanto a nivel terico como prctico. En principio, no estara vinculado con una intencin de desarticulacin de los campos, como Aric lo seala a partir del sorpresivo enfrentamiento al interior del partido en ocasin de la publicacin en Cuadernos de Cultura de un texto de Oscar del Barco[3], en el fondo del debate sobre la potica realista as como el carcter del manentismo gramsciano en el texto de Del Barco estaba el cuestionamiento de la poltica comunista en su conjunto. Por lo que en el grupo de Pasado y Presente no se estaba formulando la ruptura absoluta del nexo, sino que se estaba auspiciando una reapertura de los horizontes del mundo terico y tambin se pretenda reconsiderar el mundo de la accin en relacin a la construccin del vnculo entre los intelectuales y la clase obrera. Todos, -dice Aric- pensbamos que se iniciaba un captulo nuevo en la historia de la izquierda argentina en la que era posible proyectar y trabajar para un encuentro con ese mundo de los trabajadores al que la experiencia peronista haba alejado de su destino de clase.

Por otra parte, se tena la percepcin de que la cultura haba resultado estratgica durante los aos del peronismo. Ms all de que est implcita una definicin del peronismo un tanto problemtica, ya que se tornaba muy prxima a la caracterizacin del fascismo, Juan Carlos Portantiero sealaba en relacin a ese perodo: Tambin entre nosotros , con todos los resguardos a que obliga una traslacin histrica, el desborde del corporativismo, la asfixia de las libertades pblicas, la degradacin cultural, slo dejaban a los jvenes el espacio de la literatura, del arte y de la reflexin crtica.

En los aos que precedieron y siguieron a la cada del peronismo, un viento de polmica sacudi a una generacin que se interrogaba con angustia acerca de las razones de su desarraigo y su frustracin, as como por las causas del atraso argentino. La problemtica del intelectual, que se encontraba ms cercana a los conflictos propios de la experiencia poltica que a las disputas de la repblica liberal de las letras, se traduca en la imperiosa necesidad de romper con sus ataduras de clase: para nosotros , jvenes intelectuales comunistas crecidos tambin a la sombra del peronismo, ese camino no exista aunque creyramos lo contrario.[4] Lo significativo es que la construccin del nexo entre intelectuales y clase obrera haba requerido histricamente la mediacin comunista; sin embargo, sobre todo despus del golpe de estado del 55, as como a partir del encuentro con otras lecturas que comenzaron a poner en cuestin la analoga entre el marxismo y el leninismo, la adscripcin al PC no resolva ningn problema.

En este punto, la construccin de una tradicin[5] a partir de Gramsci resultaba clave, no por obviar la influencia de las formulaciones de otros autores que tambin sern tenidas en cuenta[6], sino porque a partir del intelectual italiano lo que estaban buscando era la realidad. En esta mirada sobre s mismos como hombres polticos, sobre todo el grupo de Pasado y Presente, se empieza a sentir en condiciones de recuperar la densidad cultural de los hechos del mundo y de esta forma: por primera vez sealaba Jos Aric- la cultura era colocada all donde deba estar, como una dimensin insuprimible de la accin poltica ... Para bien o para mal..., Gramsci nos permita vislumbrar un sitio en la poltica desde el cual podamos ser algo ms que inestables y sospechosos compaeros de ruta del proletariado.

Desde otra posicin, Agosti, referente principal de Cuadernos de Cultura, tambin rescataba el aporte de Gramsci. En el prlogo a la edicin argentina de Literatura y Vida Nacional,[7] este intelectual, animaba a leer los Cuadernos de la Crcel con asiduidad ya que significaban un aporte primordial para la elaboracin de la teora marxista de la cultura y por otra parte, porque tenan singular inters para los argentinos por la similitud de algunos problemas de la formacin nacional de la cultura y de sus fuentes liberales. Si bien Agosti trabajaba mucho a partir de la analoga entre la realidad italiana y la argentina, y en ocasiones no necesariamente con suficiente meticulosidad, lo interesante que se puede rastrear es el diagnstico que elabor en relacin a la construccin de la cultura nacional. En su informe para la 1ra. Conferencia de Intelectuales Argentinos, realizada en 1956, sostena en relacin a la situacin italiana: Su paralelismo con el caso argentino resulta evidente, pues el incumplimiento de las premisas socioeconmicas de la revolucin democrtica ha producido entre nosotros la interrupcin de una lnea de cultura cuya originalidad nacional resulta notoria en nuestra Amrica. El provincianismo de una cultura de supuestas universalidades y la fractura entre los intelectuales y el pueblo nacin surgieron como notas tpicas en el proceso de nuestra desnacionalizacin cultural, acentuado por los sutiles aparatos de travestimiento ideolgico erigidos por el imperialismo. A partir de aqu (en alusin al aporte de Gramsci) podemos transitar con mayor seguridad por los caminos, no siempre despejados, que llevan a la reconstitucin de una literatura popular de acentos populares.[8]

A manera de un primer resumen, se podra sealar que la eleccin de trabajar a partir de estas dos revistas culturales que daran cuenta de lo que algunos definen como el gramscianismo, estara vinculada a la aspiracin por comprender el proceso de reconstruccin de una nueva organizacin intelectual. Pensar acerca de Cuadernos de Cultura y de Pasado y Presente implica ubicarse en el espacio de la controversia, en el sitio de la contradiccin, en la instancia del enfrentamiento entre lo que deja de hegemonizar y lo que recin comienza a configurarse como emergente y est en una frontera. Enmarcadas internacionalmente por el conflicto chino sovitico, la autonomizacin del comunismo italiano, las fragmentaciones partidarias y la disgregacin del marxismo-leninismo sobre las culturas de izquierda, las revistas buscan influenciar, intentan difundir su posicin, pretenden su propia coherencia (Debray, 1983)[9]. Sin embargo, este es un momento de repreguntas. A la luz de la experiencia desatada en el continente latinoamericano por Revolucin Cubana, los intelectuales encuentran en su propia mirada los rastros de la materializacin del deseo y el deber ser en el campo de lo real. Y a partir de entonces, el qu hacer se vuelve a poner complejamente en discusin aunque para ello se deba terminar de transitar por la era de la acusacin[10] y por los senderos que haba dejado el pesismismo[11].

 

 

II-

 

 

Resulta imposible pensar los procesos de alineamientos sociales, polticos e ideolgicos que se desarrollaron tanto en la dcada del cincuenta como en la del sesenta sin tomar en cuenta al peronismo. Este clivage no gravit exclusivamente en lo que podramos llamar la vida poltica del pas, sino que tambin influy en el campo de la vida cultural, en la vida de los grupos intelectuales. Con respecto al peronismo, en especial, el Partido Comunista despleg una estrategia que podramos caracterizar como astuta en relacin con la llevada adelante por otros sectores de izquierda como el Partido Socialista.[12] En los aos cincuenta, en principio, el PC no retom aquellas definiciones que haba formulado oficialmente en 1946, en las que caracterizaba al peronismo como una dictadura de tipo fascista. Por el contrario, comenz a predicar una tctica de unidad en la accin con peronistas y no peronistas pertenecientes a los sectores populares, contra otros sectores que pertenecan al campo de los enemigos del pueblo.[13] En 1952, de hecho dentro del comunismo local se produce un viraje hacia el peronismo, que implic una ruptura en el plano cultural con los intelectuales liberales democrticos que eran aliados naturales de los comunistas desde mediados de los 30. Por entonces, exhortaron a la formacin de organizaciones nacionales nicas, abandonaron los cargos que ocupaban en el Colegio Libre de Estudios Superiores, promovieron la disolucin de la SADE y su integracin en un nuevo sindicato de escritores.

En realidad, la intencin era tambin la de evitar la definicin de la naturaleza del rgimen. Pretendan entonces superar la antinomia que divida ferozmente la vida poltica argentina en peronismo/antiperonismo. Despus del golpe del 55, los comunistas volvieron a tener una peculiar consideracin respecto a la situacin emergente. Hay que tener en cuenta que no haban participado del golpe de Estado, ms an, lo haban considerado como una salida reaccionaria. Sin embargo, una vez instalada la llamada Revolucin Libertadora, oscilaron entre el apoyo y la oposicin. Pero ms all de eso, tras la cada del peronismo y al tener que volver a reflexionar sobre su existencia, el significado de lo que haba sido, y fundamentalmente sobre el arraigo popular de la identidad peronista se gener una revisin que implic no slo a la poltica argentina, sino que se extendi a una revisin general en lo relativo a la historia de la cultura e incluso a lo que la izquierda haba hecho con ese pasado.

Las primeras revisiones surgieron al margen y en litigio con los partidos principales de izquierda. Desde otras corrientes se empez a explorar la concepcin de que el peronismo haba puesto en escena algo sustantivo de la realidad nacional argentina. El peronismo apareca entonces como un enigma, como revelador de algo. Ese algo poda remitir tanto a la oposicin entre civilizacin y barbarie; a una reedicin del rosismo (una interpretacin negativa del hecho peronista); o bien, a una interpretacin positiva, el peronismo haba revelado tambin la distancia existente entre las elites polticas, las elites intelectuales y las masas populares.

 

El contexto poltico de los aos posteriores a 1955 y que alcanz al golpe de estado de 1966 podra delinearse bajo la siguiente pregunta: qu fue la cuestin peronista. Por otra parte, ms all de que la vida haba sido puesta en tensin a partir de esta fractura, encontramos que efectivamente desde entrados los aos cincuenta comienzaba a crecer la conflictividad social. Una conflictividad social que poda ser encarada o por lo menos considerada en trminos de lucha de clases. Jos Aric recuerda que tras la expulsin del PC, descubren una potencialidad revolucionaria alojada en la sociedad argentina que estaba en condiciones de ofrecer una base de sustentacin para una izquierda colocada objetivamente fuera del sistema, por otra parte podan focalizar en la emergencia del clasismo en las empresas fabriles cordobesas. Pero los actores polticos (y fundamentalmente los peronistas) se negaban en principio a una formulacin en trminos de lucha clasista. En cambio, estaban dispuestos a reivindicar su condicin de pueblo peronista y de reclamar el derecho del peronismo a participar legalmente en el juego poltico nacional. Este proletariado numeroso se segua expresando en el interior de la antinomia peronismo- antiperonismo, es decir, en trminos polticos refractarios a una inteleccin clasista.

Para el grupo de Pasado y Presente, as como para los partidos tradicionales de la izquierda argentina, la paradoja continuaba al acecho, ya que, a pesar ser aquellos que estaban en condiciones de representar tericamente al partido del proletariado, el proletariado segua aferrado a una lealtad poltica que ellos haban diagnosticado pasajera. En este punto, se tornaba crtico y contradictorio el camino a recorrer en busca de la individualizacin de un interlocutor de clase, del anclaje orgnico en el mundo de los trabajadores argentinos.

 

Por otra parte, despus del 55 ya fue muy notorio que los dos grandes partidos de la izquierda, el Partido Socialista y el Comunista, eran fuerzas secundarias en el juego poltico argentino. Para Carlos Altamirano, [14]el juego poltico se jugaba en primer trmino, con el radicalismo; en segundo trmino, con las Fuerzas Armadas, que era el otro gran actor poltico y en tercer trmino, con el movimiento sindical peronista. Los partidos de izquierda eran dbiles en la escena poltica y sindical. Sin embargo, en el campo de la opinin, en la escena cultural, conservaban una considerable gravitacin. Como lo sugiere Oscar Massota, an en los inicios de los 70, la actitud frente al PC era el punto obligado de referencia de todo intelectual de izquierda que se planteara el problema crucial de la vinculacin con la poltica.[15]

El principal receptor de estos partidos de izquierda se encontraba en el mbito de los sectores medios urbanos por lo que no podan arrogarse fcilmente la representacin de la clase obrera cuando estaba no siendo activada precisamente por ellos. El lugar entonces que quedaba era el del debate terico y en algn sentido, el del monopolio del discurso marxista. Sin embargo, el proceso de resignificacin del peronismo, poco a poco alcanz tambin a estos sectores de intelectuales. Este volver a repensar, recategorizar, este volver a discutir no slo se alimentaba de la situacin nacional sino que tambin se sustenta en procesos que despus de la segunda mitad de la dcada del 50 se estaban desarrollando dinmicamente: los movimientos de liberacin anticolonialista, anti-imperialista. Y , que desde el primero de enero del 59 se haban situado justo en el nervio de Amrica Latina, la Isla Cubana.

 

III-

 

 

Si desde 1945, el peronismo se haba desplegado como el eje central de la realidad terrenal, la revolucin cubana haba hecho estallar por los aires el horizonte de las posibilidades, reafirmando lo augurado por Shakespeare: un cielo tan sucio no se aclara sin una tempestad[16]. Esto no significa que el acontecer no siguiera impregnado de las resignificaciones de la cuestin peronista, sino ms bien que, por fin, el dios de la Revolucin se haba encarnado[17]. El proceso cubano se haba desatado un primero de enero por lo que el auspicio de su originalidad era evidente: haba nacido una nueva poca.

En este sentido, resulta interesante contraponer otra percepcin temporal, la que sobrevolaba en el campo intelectual en relacin al hecho peronista. Un rasgo comn a las versiones que impugnaran el discurso tradicional, -sugiere Altamirano- es que todas remitirn la cuestin del significado del peronismo al esclarecimiento de sus comienzos y a la caracterizacin de la era justicialista: esto es, a los orgenes ... y al ciclo de gobierno interrumpido en 1955. Como si el ser del peronismo pudiera ser aprehendido en su gnesis, antes que en su actualidad[18]

Este movimiento hacia el pasado indicaba una intencin de desciframiento de la identidad peronista en el que se podra caracterizar al intelectual principalmente como intrprete de una experiencia[19] nacional. Esta fuga permanente hacia atrs a partir de un abordaje necesariamente histrico[20] tambin da cuenta de la consideracin de un determinado presente, que si bien era real de hecho, se viva como provisional. Se estaba a la espera de la resolucin de la diyuntiva que variaba entre la radicalizacin del proceso o la crisis disolutiva. Una cita del primer editorial de Pasado y Presente puede resultar ejemplificadora: Si la vida nos plantea la necesidad objetiva de la formacin de un nuevo bloque histrico de fuerzas y si ello presupone como condicin imprescindible la presencia hegemnica del proletariado, es lgico que debamos buscar en el pasado especialmente en el pasado ms reciente- las razones que impidieron la concrecin de una voluntad colectiva nacional de tipo revolucionario[21] No slo esta percepcin puede vincularse a las aspiraciones de los sectores de izquierda, sino que tambin se puede encontrar en la visin del peronismo sindical, que a partir de este movimiento hacia el pasado estaba reafirmando su identidad poltica, como va de resistencia a la proscripcin y como aspiracin del eventual retorno al poder.

En contraste con este escape hacia lo que en algn momento haba sido y tambin, en contraposicin con esta percepcin generalizada de una resolucin que haba quedado pendiente, la revolucin cubana vuelve a poner en juego la reafirmacin radical del presente.

 

En una etapa en que la hegemona norteamericana se afirmaba en casi toda Latinoamrica con vigor sin precedentes, y en Centroamrica y el Caribe se desplegaba como un casi desembozado dominio, la Revolucin Cubana devolva al nacionalismo antiimperialista al centro mismo de la problemtica poltica continental. Por otra parte, aunque en principio no se definiera como socialista, prometa ya desde un comienzo profundas reformas socioeconmicas, que tan pocos signos parecan auspiciar en la Cuba de mediados de siglo XX. Como seala Halpern, la revolucin que triunfa en el Ao Nuevo de 1959, que no es por entonces una revolucin social, es en cambio la siempre renaciente revolucin cubana, que sigue aspirando a una rehabilitacin a la vez moral y nacional, y est esta vez resuelta a no dejarse extraviar en el camino; es esa decisin la que, mientras termina por ponerla en el rumbo del socialismo, conserva para la inesperada opcin socialista un apoyo que est sin dudas ya alejado de la unanimidad que celebr la victoria revolucionaria, pero es con todo suficiente para mantener a Cuba en el cauce abierto por esa victoria, frente a obstculos que llegan a ser abrumadores.[22]

Desde su irrupcin, la Revolucin Cubana intervino en los debates de los intelectuales locales, no slo en los grupos de izquierda, sino en el amplio espectro cultural[23]. En principio, encontramos en el campo una disposicin colectiva de adhesin o por lo menos de aprobacin generalizada al derrocamiento de la tirana de Bastista. Sin embargo, despus de los primeros meses del proceso comenzarn a notarse un corrimiento hacia la disidencia desde sectores que podramos denominar como bendistas[24]. De todas formas, el debate quizs ms interesante y rico es el que se complejiza a partir de la revolucin. Este se dio en torno a los modos de intervencin de los intelectuales en los procesos histrico-polticos: el dilema del compromiso.

En el seno de Cuadernos de Cultura, en especial a partir de la preocupacin que puede observarse en Agosti, se impona la necesidad de una reconstruccin de la consciencia social de la cultura. Esto implicaba sobreponerse a la figura del histrico nexo entre intelligentsia y pueblo. Siempre considerando que la direccin orgnica y la orientacin transformadora se daran desde la estructura partidaria. Para generar una mudanza apreciable en la conducta de la intelectualidad argentina era necesario transformar sus tradiciones y funciones. Sin embargo, si el principal movimiento reflexivo giraba en torno a la interpretacin histrica ya que la posibilidad de la accin haba quedado relegada provisoriamente, a partir del encuentro entre el proletariado y el peronismo, pareciera que al interior de la estructura partidaria del PC, poco se poda renovar.

Pero la Revolucin Cubana abre una grieta por la cual se poda reconsiderar la participacin del intelectual en un proceso transformador en el marco latinoamericano. Hay que tener en cuenta que los debates que aqu tomamos se desarrollan entre hombres de la cultura que son militantes, sin revolucin, y hasta en algunos casos se trata de intelectuales que por su generacin tampoco militaron antes del gobierno peronista. Las lneas vinculadas al gramscianismo, tanto Pasado y Presente como con los necesarios resguardos- Cuadernos de Cultura, recuperan la experiencia cubana fundamentalmente para demostrar la viabilidad de la revolucin en Latinoamrica, mientras que para otros, los grupos sartreanos, la Revolucin Cubana serva para mostrar al interior de un debate de carcter interno, el fracaso de la poltica reformista y etapista del PC. Lo problemtico, para stos ltimos, entonces aparecera cuando tuvieran que reconsiderar los lmites de la virtuosa inorganicidad.

Quizs una cita de Fidel Castro en el Congreso Cultural de La Habana nos conduzca a uno de los nudos: La revolucin acosa ms severamente que en ninguna parte al intelectual, por la simple presencia y contigidad del ejemplo guerrillero.[25] La figura trgica del dilema pareciera enhebrar los debates de aquellos intelectuales desclasados que buscaban su propia reconstruccin como intelectuales-guerrilleros. Las revistas culturales, se observa en Pasado y Presente, arman en sus redacciones una organicidad sustitutiva a la partidaria. La necesidad de reemplazar la rgida estructura del partido, que a la vez se manifestaba como la unvoca interpretacin terica del marxismo-leninismo, se desplegaba a partir de la autocomprensin como nueva generacin y de una vigorosa revalorizacin de rasgos de la subjetividad.

En principio, hablamos de generacin porque aparece en sus escritos una definicin explcita en estos trminos, aunque a partir de este concepto aclaraban, no estaban buscando un eficaz sustituto a aquel ms peligroso de clase social.[26] La idea de generacin ofrece una significacin de referencia y de identidad de este grupo. Cuando hacemos esta alusin, no pretendemos encerrarnos en una categora biolgica sino ms bien, vislumbrar la frontera que estaba operando entre estos jvenes gramscianos y los adultos, los padres del PC. Por lo tanto, ms que un dato biolgico es cultural ya que remite directamente a una experiencia vivida y compartida. Porque es muy problemtico definirse a partir de su pertenencia a una clase social.

Por otra parte, esta apelacin a generacin implicaba considerarse insertos en un momento clave dentro de la historia. La generacin no siempre se da en la historia, se da en momentos de ruptura revolucionaria[27]. Con este reposicionamiento se estaba girando en la misma direccin que la propia Revolucin Cubana. Se pretenda dejar de rendir cuentas a la historia, que los haba dejado fuera de la movilizacin poltica y que haba imposibilitado su ensamble con la clase obrera. Se trataba de volver a reinstaurar el presente, tener la posibilidad de vivenciarlo como actores sociales claves dentro de un proceso transformador que slo puede plantearse como posible a partir de la concrecin de un hecho revolucionario. Y la Revolucin se haba encarnado en la isla cubana.

Para estudiar los procesos que se desatan a partir de la Revolucin Cubana es preciso adems, retener que la existencia de un estado revolucionario desestructuraba una fuerte tradicin que esgrima para el pensamiento, el valor principal de la negatividad, a la cual corresponda la definicin del intelectual como conciencia crtica de la sociedad. Muchas de las posiciones oficiales del gobierno cubano trastocaron esta concepcin del intelectual como conciencia critica de la sociedad y como contrapartida, propusieron un nuevo modelo, el intelectual de Estado.

Esto gener menores inconvenientes en el mbito de Cuadernos de Cultura, donde en general, ante el problema de la inorganicidad de sus miembros, se defina rpidamente el deber ser o sino se desterraba la hereja. Desde la irrupcin del proceso cubano, en esta revista, se privilegiaron los artculos concernientes a destacar los logros revolucionarios a partir de las polticas culturales, sobre todo en materia de educacin, a partir de los relatos de Juan Marinello, presidente del Partido Socialista Popular de Cuba y de Armando Hart, Ministro de Educacin. Y fue tambin en sus pginas donde se public las clebres Palabras a los intelectuales donde Fidel Castro deca: Porque el revolucionario pone algo por encima de todo las dems cuestiones ; el revolucionario pone algo por encima an de su propio espritu creador: pone la Revolucin por encima de todo lo dems y el artista ms revolucionario sera aquel que estuviera dispuesto a sacrificar hasta su propia vocacin artstica por la Revolucin. (Aplausos).[28]

El camino continuaba entonces en la bsqueda de una nueva funcionalidad que cada vez ms perentoria, revelara un carcter inmediato y prctico en el hacer del intelectual-revolucionario. En la frontera de las viejas tradiciones y las incipientes herejas, la Revolucin Cubana delimitaba otra fisura, la de quien poda moverse entre el deber ser, el deseo y lo real. Y en este corte se volva a otorgar el beneficio de participar en la historia, de la que haban quedado desplazados a partir del nexo estrechado entre peronismo-clase obrera. La dcada del sesenta nos permite explorar el proceso de radicalizacin en la reconsideracin de cuestiones polticamente claves y de radicalizacin de los intelectuales mismos. La realidad se pudo volver a hallar partir del retorno de un presente. Quedan en esta presentacin muchos puntos pendientes para poder terminar de delinear este corte. Sobre todo en relacin a la interpretacin de la tica guevarista que hace el grupo de Pasado y Presente y que influir en la va de consenso con la lucha armada en los aos siguientes. Pero de todas formas, se intent rescatar los principales ejes que nos permiten volver a presentar un mapa epocal ms que territorial, ya que se vuelve a poner en juego la pretensin de construir una idea de Latinoamrica, y por otra parte, se quiso seguir explorando a partir de este acontecimiento, las recomposiciones que nos conducen al dilema de los setenta.


 

 

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Revistas

 

CUADERNOS DE CULTURA

PASADO Y PRESENTE (fundamentalmente primera etapa)

 

Fuente:

Suarez, Valeria: El debate intelectual en las revistas culturales en torno a la aparicin de la Revolucin Cubana. Presentado en las 4tas Jornadas de investigadores de la cultura, 16, 17 y 18 de noviembre de 1998. Facultad de Ciencias Sociales. UBA.

 



* Valeria Suarez, Ciencias de la Comunicacin, Facultad de Ciencias Sociales, UBA.

[1] Jos Aric en primer editorial de Pasado y Presente, abril-junio de 1963

[2] A propsito de esto, Hctor Schmucler comentaba en Problemas del Tercer Mundo en Pasado y Presente nmero 4: Lo nico irrevocable para el marxismo es la idea de revolucin concebida como gestacin del nuevo hombre.

[3] El texto al que se hace referencia es: Notas sobre A. Gramsci y el problema de la objetividad publicado finalmente en Cuadernos de Cultura, septiembre octubre de 1962, nmero 59, pp29-41. La redaccin lo acompaa con una nota aclaratoria : Los conceptos vertidos en el presente ensayo han suscitado discusiones en la redaccin de CC y en la Comisin de Estudios Filosficos del PC, a la cual fue girado oportunamente. Hemos credo conveniente , por tanto, encargar una rplica a un miembro de dicha comisin, que publicaremos en una prxima entrega de la revista. En aquella ocasin, Del Barco sealaba como el materialismo metafsico , al igual que el idealismo, se situaba en una perspectiva meramente especulativa. Segn la reconstruccin del pensamiento gramsciano, el materialismo histrico recuperaba la idea de creatividad del idealismo alemn. Su punto de partida no era ni el objeto ni el sujeto, sino la inescindible unidad de los dos como momentos de la praxis. Se parte del hombre, pero el hombre no es solo la sntesis de las relaciones existentes sino tambin la historia de estas relaciones, el resumen de todo el pasado que revive y se actualiza (como lenguaje y como cultura) en cada hombre El marxismo pasaba a ser una concepcin creativa, en el sentido de pensamiento que modifica el modo de sentir del mayor nmero y en consecuencia, la propia realidad, que no puede ser pensada sin este mayor nmero. Creativo, tambin en el sentido de que plantea la inexistencia de una realidad fija por s misma, sino solamente en relacin con los hombres que la modifican segn palabras del propio Gramsci.. Segn esta consideracin de Del Barco, quedaba atrs el marxismo-leninismo.

[4] En Aric Jos, op. citada

[5] La invencin de tradiciones busca una continuidad determinada entre pasado y presente, es decir, se propone una legitimacin del presente mostrndola como prosecusin de una gesta pasada. Si su fin es, en este sentido poltico, la bsqueda de un linaje implica constituir y recuperar valores, acontecimientos y figuras que contribuyan a cierto proceso poltico, a la creacin de voluntades colectivas, de un nosotros que se articule como identidad poltica.

[6] En este sentido pueden considerarse las lecturas del existencialismo sartreano, la fenomenologa de Husserl, las obras de Claude Levi Strauss y el estructuralismo en general, Braudel y la nueva historia y hasta las corrientes modernas del psicoanlisis que giraban en torno a Lacan.

[7] En Gramsci, A. Literatura y Vida Nacional, prlogo de Agosti, P., Buenos Aires, Editorial Lautaro, 1961, p. 9.

[8] En Agosti, op. citada.

[9] En Los intelectuales y las instituciones de la cultura, Jos Joaqun Brunner y Angel Flisfisch, Flacso, Chile, 1983.

[10] Concepto empleado por Alberto O. Hischman en Latin American Issues, Essays and Comments, N. Y., The Twentieth Century Fund, 1961, pg. 7. Citado en Marsal, Juan, Cambio Social en Amrica Latina. Crtica de algunas interpretaciones dominantes en las Ciencias Sociales, Editorial Solar/Hachette, Dimensin Americana, Buenos Aires, 1967.

[11] Juan Marsal establece una diferenciacin entre los intelectuales latinoamericanos en relacin al cambio social. Divide a stos en dos grupos: los optimistas y los pesimistas. Los primeros ven al pasado como una pesadilla y al futuro como esperanzador. Los segundos, principalmente los argentinos del siglo XX, ven al pasado como una desdicha y al futuro como azaroso. (Marsal, op. cit.) Si bien esta caracterizacin no fue formulada a partir del perodo aqu estudiado es interesante observar este balanceo permanente en relacin a la visin de los intelectuales respecto a las posiciones asumidas por la clase obrera.

[12] Una oposicin sistemtica y permanente al rgimen peronista se encuentra en slo tras las posiciones del Partido Socialista. El PC en cambio, en los primeros aos del primero gobierno de Pern, dej de lado la identificacin del rgimen con el fascismo y disolvi los sindicatos paralelos dirigidos por militantes comunistas. Se centr en la tctica de apoyar lo positivo y criticar lo negativo . Segn Juan Jos Real, segunda figura de la direccin del PC, la primera parte de esta tctica (apoyo a lo positivo) fue absorbida por la segunda (lucha contra lo negativo) a los pocos aos. Y cuando bajo la direccin interina de Juan Jos real se intent impulsar la alianza con el peronismo, la tentativa fue abortada y reapareci la vieja denominacin de gobierno tipo corporativo-fascista. (Ver Altamirano, C. Peronismo y Cultura de Izquierda (1955-1965), Rockefeller Humanities resident Fellow, 1991-92, Latin American Studies Center Series, Nro. 6, University of Maryland at College Park, 1992.

[13] La consigna se conoce como amplia coalicin democrtica.

[14] En Altamirano, C. op. citada.

[15] En Aric, Jos, La cola del diablo. Itinerario de Gramsci en Amrica Latina, Puntosur, Bs. As., 1988.

[16] Esta cita era usada por Cuenca, H, para caracterizar a la revolucin cubana en el Prlogo clandestino desde la Crcel Modelo a su libro, Ejrcito, Universidad y Revolucin, ediciones Movimiento, Bs. As., 1962

[17] Tern, Oscar , Nuestros aos sesentas, La formacin de la nueva izquierda intelectual argentina, Ediciones el Cielo por Asalto, 1993, p. 123

[18] En Altamirano, C. op. cit., p. 18. Un tpico trabajo en el que opera este desplazamiento es el de Perelman A., Como hicimos el 17 de octubre, Bs. As., Coyoacn, 1961.

[19] Caracterizacin del intelectual que encontramos en Marsal, J, op. cit.

[20] En el primer editorial de Pasado y Presente se definen del siguiente modo: la vanguardia poltica de una clase... tiene como misin histrica esa doble tarea de adecuacin interpretativa y de insercin profunda del marxismo en la prctica social . Y ms adelante agregan: el poltico revolucionario es historiador en la medida en que obrando sobre el presente, interpreta el pasado.

[21] Aric, J. Editorial en Pasado y Presente, nro. 1, abril-junio de 1963, p. 5.

[22] Halpern Donghi, T. El agotamiento del orden neocolonial en Historia contempornea de Amrica Latina, Alianza editorial, Madrid, 1996.

[23] La revolucin cubana fue un punto de inflexin definitivo en la medida en que exiga de los intelectuales posiciones afirmativas y lea sus colocaciones en trminos de lealtad o deslealtad a la revolucin. Gilman, C. La situacin del escritor latinoamericano: la voluntad de politizacin en Cultura y Poltica en los aos 60, Instituto de Investigaciones Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales, UBA, Oficina de Publicaciones del CBC, Buenos Aires, 1997.

[24] En alusin al grupo Sur y a sectores liberales, en Mangone, C., Revolucin Cubana y compromiso poltico en las revistas culturales, en Cultura y Poltica en los aos 60, Instituto de Investigaciones Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales, UBA, Oficina de Publicaciones del CBC, Buenos Aires, 1997.

[25] Conclusin del Congreso Cultural de la Habana, 1968.

[26] En Aric, J. primer Editorial, Pasado y Presente, nmero 1.

[27] En Aric, op. cit.

[28] Castro, F. Palabras a los intelectuales, en el marco de las reuniones en las que particip la intelectualidad cubana, 13, 23 y 30 de junio de 1961 en Cuadernos de Cultura, nmero 55, enero-febrero de 1962.