Freud y Foucault: distintas lecturas acerca
de la influencia de la moral victoriana
sobre la sexualidad burguesa de fines del siglo XIX
Patricia
Salomn
El propsito del
presente trabajo es comparar las diferentes lecturas que realizan Sigmund Freud
y Michel Foucault de la relacin entre la moral victoriana de fines del siglo
XIX y las prcticas sexuales particulares que se engendraron en su seno. Desde
perspectivas distintas, ambos autores conciben de diferente manera esta
relacin, as como tambin el concepto mismo de sexualidad y las causas y
consecuencias de las diferentes prcticas sexuales.
Pero es pertinente
preguntarse si ambos juicios son realmente distintos; y, si esto es as, en qu residen esas diferencias.
Con este objetivo se
llevar adelante este trabajo. Se comenzar realizando una descripcin de la
poca victoriana, de sus correspondientes concepciones morales y del lugar
ocupado por la mujer, para luego realizar el antedicho contraste entre los
mencionados autores.
La poca victoriana
debe su nombre a la Reina Victoria I de Inglaterra, que fue coronada en 1837 a
los 18 aos de edad. Su reinado, que se extendi hasta 1901, coincidi con el
perodo de mayor apogeo de la sociedad burguesa. La burguesa, nueva clase
social engendrada a raz de la doble revolucin (industrial y francesa),
construy sus propios valores, ideas y costumbres; pero estos se fueron
difundiendo paulatinamente a otros sectores sociales, a tal punto que se impusieron
como categoras universales.
La poca victoriana se
caracteriz por una moralidad profundamente conservadora, que promova un
estricto puritanismo sexual: El libertinaje sexual ya no estaba de moda, el
matrimonio y la familia s.[1] Todo lo relacionado con la
sexualidad comenz a ser tab, algo secreto que deba ser ocultado. Se cubri
alrededor del sexo un manto de silencio: nadie hablaba de nada relacionado con
l, ni siquiera de nada que hiciese una mera alusin a l; por ejemplo, se
tena una actitud particular hacia el embarazo: (...)
El embarazo se vuelve tab: la que se encuentra en esa situacin interesante
sale poco de su casa, se deja ver lo menos posible[2]. Esta mojigatera
preconizada por la sociedad victoriana tambin se hace manifiesta en la
vestimenta:
(Refirindose a las bragas) Las
mujeres honestas las adoptan cuando el armazn del miriaque, al separar faldas
y enaguas, ventila en exceso la parte del cuerpo situada entre el cors y las
ligas. (...) Si las bragas triunfan, lo hacen
mucho ms como un smbolo: la disputa de las bragas, tema permanente
de la imaginera popular, indica la importancia de lo que est en juego...El
pantaln femenino, como ropa interior, se convierte entonces en algo
indispensable y al mismo tiempo inexpresable: es imposible nombrarlo debido
a lo que sugiere. Los muslos, las piernas mismas, se vuelven indecentes en toda
su extensin. La mojigatera victoriana llega a vestir las patas de las mesas.[3]
La rgida moral sexual
victoriana encauzaba al sexo dentro de los mrgenes de matrimonio: toda
prctica sexual fuera de esta institucin era repudiada. Es decir, el
matrimonio absorbi la sexualidad, la acapar por completo; y toda persona que
se encontrara fuera de l deba permanecer virgen, casta y pura para conservar
su honor (aunque luego veremos como esta abstinencia no era exactamente igual
para los hombres que para las mujeres): Como templo que es de la sexualidad
normal, la familia nuclear erige determinadas normas y descalifica las sexualidades
perifricas. El lecho conyugal es el altar de las celebraciones ntimas.[4] Esta sexualidad absorbida
por el matrimonio era exclusivamente procreadora: la reproduccin era su nico
fin. El culto a la virginidad, el angelismo romntico y la exaltacin del
pudor fuerzan al burgus ferviente a representarse la alcoba y el lecho
conyugal como un santuario y un altar donde tiene lugar el acto sagrado de la
reproduccin.[5]
El placer no era un objetivo, o por lo menos no deba serlo para la mujer. Se
consideraba que las mujeres respetables no experimentaban deseos erticos. A lo
sumo, se le atribua a la mujer una sexualidad secundaria subordinada al placer
masculino, una plida imitacin del deseo ertico del varn.[6] Los mdicos aconsejaban a
los varones refrenar la actividad sexual: una relacin cada siete o diez das
era suficiente. Tambin aconsejaban un coito rpido y vigoroso, para asegurar
el xito del acto reproductor y economizar las fuerzas masculinas. Este tipo de
relaciones sexuales difcilmente poda favorecer el orgasmo simultneo. Por
otro lado, se crea que mantener relaciones sexuales durante el embarazo y la
lactancia poda ser perjudicial. Esto, sumado a que muchas veces la
preocupacin por controlar la natalidad llevaba a limitar el comercio sexual,
podra conducir a pensar que la insatisfaccin sexual de la mujer casada era
una constante:
Para colmo, la ovologa (...) establece que
el goce femenino no es necesario para la fecundacin: este descubrimiento
confirma la vocacin materna de la mujer, justifica el egosmo masculino y
fundamenta la hostilidad contra el intil cltoris. En resumen, diversos
factores combinados imponen una nueva concepcin y una nueva prctica de las
relaciones sexuales: hay que evitar las fatigas del esposo, que debe realizar
un trabajo productivo; hay que consagrar a la esposa a las tareas maternales y
domsticas; por ltimo, no hay que engendrar demasiado. Para la mujer, lo
dominante no es su apetito sexual, sino las presiones a las que estn
sometidas.[7]
El matrimonio
victoriano tena origen un contrato civil. El aspirante a l deba negociar con
los padres de la novia. Si estos aceptaban la peticin, el joven poda comenzar
a hacerle la corte (siempre en la casa de la novia y en presencia de algn
familiar) hasta la fecha estipulada para la unin. Durante el noviazgo, ambas
familias se ponan de acuerdo sobre la tasa de las dotes y luego, ante un
notario, realizaban la firma del contrato matrimonial. El matrimonio era,
entonces, una forma de establecer acuerdos econmicos. Estas costumbres
reflejan que el matrimonio no iba de la mano -en la mayora de los casos- del
amor: (si las mujeres no estn de acuerdo con la
unin arreglada por sus padres) se les explica que el amor viene despus del
casamiento. Y si no viene, prescinden del amor; para ellas, el matrimonio es
mucho ms la adquisicin de una identidad social que una fuente de felicidad
afectiva. [8]
En la sociedad victoriana, la mujer ocupaba
un lugar subordinado en su matrimonio. Deba obedecer sumisamente al marido
como a un amo. (...) La ley dice que el hombre manda
y la mujer obedece.[9]
El marido extrae su superioridad de la idea de fragilidad del sexo femenino.
En nombre de la naturaleza, el Cdigo civil establece la superioridad absoluta
del marido en la pareja y del padre en la familia, as como tambin la
incapacidad de la mujer y de la madre. La mujer casada deja de ser un individuo
responsable: clibe o viuda lo es mucho ms[10] As, el artculo 213 del
Cdigo Civil Francs rezaba: El marido debe proteccin a su mujer y la mujer
obediencia al marido. El marido tena el derecho y la obligacin de controlar
y guiar el comportamiento de su esposa. Por esto posea, por ejemplo, el
derecho de interferir su correspondencia. Tambin era el hombre el que
reglamentaba los gastos del hogar y determinaba horarios y costumbres. El
hombre concentra todo el poder. Esta desigualdad entre ambos sexos se plasm
explcitamente en la ley alrededor de diferentes problemticas, por ejemplo, el
adulterio: una infidelidad por parte de la esposa se poda probar fcilmente
por cualquier medio (especialmente cartas secuestradas)
y poda llegar a ser castigada hasta con dos aos de crcel. En cambio, una
infidelidad masculina slo era punible si se comprobaba que la concubina era
mantenida en el domicilio conyugal, en cuyo caso el hombre era obligado a pagar
una multa. Por otro lado, el marido -autorizado por el deber conyugal- poda
ejercer violencia fsica sobre la mujer: Por lo tanto, no puede hablarse de
violencia carnal, atentado al pudor o a las costumbres cuando el marido fuerza,
sin grandes sevicias, a la propia mujer a tener relaciones sexuales.[11]
La sumisin de la mujer no se limitaba al
marco matrimonial, sino que la subordinacin marital era slo una consecuencia
de una subordinacin social. El lugar que ocupaba la mujer en la sociedad era
determinado por la concepcin que se tena de ella:
(refirindose
a las mujeres) Estas eran representadas como el reverso del hombre: a las
primeras se las identificaba por su sexualidad y su cuerpo, mientras que la
identidad del hombre dependa de su mente y su energa. El tero defina a la
mujer y determinaba su comportamiento emocional y moral. Se crea que el
sistema reproductivo femenino era particularmente sensible, y la mayor
debilidad de la materia cerebral slo aumentaba esta sensibilidad. Las mujeres
eran ms frgiles desde el punto de vista muscular y
sedentarias por naturaleza. La combinacin de la debilidad mental y
muscular y la sensibilidad emocional haca que las mujeres estuvieran
preparadas, desde el punto de vista funcional, para criar hijos. As, el tero
defina el lugar que le corresponda a las mujeres en
la sociedad, es decir, el de madre.[12]
Es a partir de esta idea de mujer que se le
otorg un lugar en la sociedad y que se defini la relacin entre los sexos (la
suficiencia masculina y la dependencia femenina) y los roles sexuales.
A fines del siglo XIX el espacio social otorgado a la mujer era ms que claro:
ser esposa y madre. El valor social de la mujer lo determinaba su capacidad
para cumplir satisfactoriamente ambos roles. No vala en tanto mujer, sino en
tanto esposa y madre: esto era a lo que deba aspirar. El matrimonio era el
acontecimiento ms importante su vida, y toda su juventud estaba orientada a
prepararlo: la asistencia a bailes con el fin de conocer un candidato, la
preparacin del ajuar, el cuidado su imagen social (mediante la preservacin de
su pureza virginal), etc. Si deseaba conservar su buen nombre y honor (y
gracias a eso conseguir un marido) no deba pretender estudiar (salvo la
preparacin necesaria para lograr un buen desempeo como ama de casa, es decir,
aprendizaje de costura, cocina, higiene, etc.) ni trabajar. En su vida de
casada no existan otros mbitos para su desarrollo personal fuera del hogar.
La mujer, entonces, estaba confinada a la vida familiar y al mbito privado:
era la encargada de atender al marido y criar a los hijos.
Esto tuvo lugar en un marco
socio-cultural, econmico y poltico que favoreci este confinamiento femenino:
la separacin que se produce en el siglo XIX entre el mbito privado y el
espacio pblico. El siglo XIX es la edad de oro de lo privado. Esta realidad se
refleja en las vestimentas, las costumbres, los decorados, la arquitectura.
Todo apunta a diferenciar un espacio privado, ntimo, oculto y a mantenerlo
separado del terreno pblico. En esta divisin, la vida pblica perteneca al
dominio de los hombres (el trabajo, la poltica), mientras que la vida privada
era el reino de las mujeres (labores domsticos, crianza de los nios). Se
estableci una especie de frontera que separaba ambas esferas, donde las
frgiles mujeres quedaban del lado de lo privado en el cual quedaban
refugiadas- y el hombre del lado de lo pblico:
El hogar
era efectivamente un lugar de dulces placeres (...), pero esos placeres eran
experimentados de modo diferente por hombres y mujeres. Los hombres podan
combinar las preocupaciones, inquietudes y satisfacciones de la vida pblica
con los encantos privados del hogar, pero en lo referente a las mujeres no
sola existir esa dualidad: el hogar era su todo, el escenario natural de su
feminidad.[13]
En esta separacin de terrenos, la familia
era la frontera entre le vida privada y la vida pblica. La vida familiar era a
la vez pblica y privada, representaba el umbral entre ambas esferas. La
familia ocup un lugar central a lo largo del siglo XIX:
Como tomo que es de la sociedad
civil, la familia es la administradora de los intreses privados cuya buena
marcha es esencial para la fuerza de los Estados y el progreso de la humanidad.
En sus manos se confan un buen nmero de funciones. Clave de bveda de la
produccin, asegura el funcionamiento econmico y la transmisin de los
patrimonios. Clula de la reproduccin, proporciona los hijos, a los que
dispensa una primera socializacin. Garante de la raza, vela por su pureza y
salud. Crisol de la conciencia nacional, transmite los valores simblicos y la
memoria fundamentante. Es creadora, tanto de la ciudadana como de la
civilidad.[14]
Habiendo
realizado una descripcin de la posicin de la mujer a fines del siglo XIX,
vale la pena retomar la cuestin de la moral victoriana para hacer una
salvedad: si bien el puritanismo sexual fue un fenmeno que se produjo a nivel
general extendindose sobre toda la sociedad, exista sin embargo una especie
de doble moral, que difera en su intensidad de acuerdo al sexo. As, en el
caso de la mujer esta moral era mucho ms estricta, mientras que haba ms
tolerancia en el caso de los varones. Por ejemplo, la virginidad femenina era
un valor que deba ser conservado a toda costa. De ella cuidaba toda la
familia, ya que su prdida significaba una deshonra, no slo de la muchacha,
sino que tambin atentaba contra el buen nombre y honor de toda la familia,
manchaba el apellido para siempre. Por este motivo, la prdida de la
virginidad era imperdonable, traa aparejado un castigo social que no se
remova: la muchacha quedaba estigmatizada para siempre y nunca podra casarse.
Para evitarlo se establecan mediante la religin y la educacin ciertas
prohibiciones destinadas a proteger ese valor tan preciado. Pero
paradgicamente estaba permitido (aunque nunca explcitamente) que el varn
tuviera relaciones prematrimoniales. Era una prctica comn la frecuentacin
del burdel: Se recomienda castidad incluso a los jvenes, a pesar que se
tenda a tolerar sus excesos, como garanta de virilidad, con tal que las
muchachas se mantuvieran vrgenes.[15]
En
resumen, la sociedad victoriana coloc a la mujer en una situacin muy
particular. Su rol estereotipado de esposa y madre la confin en su hogar.
Qued atrapada por las funciones sociales que deba cumplir. No se le
permiti un desarrollo personal fuera del hogar. Vala en tanto es esposa y
madre, no en tanto mujer. A nivel social no tena
derechos: no poda participar de la vida poltica ni estudiar o trabajar si
quera conservar su estatus social. Su nico destino posible era, entonces, el
matrimonio. Pero ste se trataba de un contrato social del que no participaba,
que era arreglado por sus padres. Este matrimonio no iba -en un principio y por
lo general- de la mano del amor. Pero tampoco iba de la mano de la pasin: su
goce sexual no estaba permitido o, al lo sumo, era algo accesorio (al servicio
de la reproduccin). Estaba, por otra parte, obligada a obedecer a su marido
que tena el derecho de maltratarla y hasta de golpearla, siempre amparado por
la ley. En definitiva, la mujer, ms que un sujeto, pareca ocupar un lugar de
objeto, utilizable para la procreacin.
Freud,
padre del psicoanlisis, revolucion a la sociedad victoriana con sus ideas
acerca de la sexualidad. Lleg a autoproclamarse un conquistador que se anim
incursionar en nuevos terrenos, hasta entonces deliberadamente ignorados, entre
ellos -y fundamentalmente- el sexual. As, suele considerrselo como un
valiente que se opuso a la hipcrita moral victoriana y logr quebrar el
manto de silencio que cubra a la sexualidad. A continuacin se analizar cmo
era que Freud lea a la moral sexual de fines del siglo XIX, qu concepcin
tena de la sexualidad y cmo consideraba que la primera influa sobre la
segunda.
Los
casos con los que Freud fue topndose en la clnica como mdico neurlogo le
fueron presentando desafos que lo incitaron a reflexionar y a investigar. En
ese momento se consideraba a la neurosis como una alteracin del funcionamiento
del sistema nervioso central, aunque no se haba logrado comprender de qu
manera se produca la alteracin. Pero Freud, a partir del tratamiento de
neurticos, recondujo la etiologa hacia el terreno de lo psquico,
despegndola del fisiolgico. La observacin clnica le permiti irle dando al
factor sexual un lugar cada vez ms importante en la causacin de las neurosis,
hasta que finalmente termin otorgndole el papel principal. A partir de este
descubrimiento, Freud se pregunt acerca la relacin entre sexualidad y
neurosis, acerca el mecanismo de causacin de la enfermedad, y lleg a
construir una slida tesis que se encuentra entre una de las bases del
psicoanlisis.
Esta
tesis postulaba que por el hecho de vivir inserto en una cultura el ser humano
debe reprimir sus pulsiones sexuales en pos de una vida comunitaria:
En trminos universales, nuestra cultura se
edifica sobre la sofocacin de las pulsiones. Cada individuo ha cedido un
fragmento de su patrimonio, de la plenitud de sus poderes, de las inclinaciones
agresivas y vindicativas de su personalidad; de estos aportes ha nacido el
patrimonio cultural comn de bienes materiales e ideales.[16]
La cultura impone la represin
pulsional. Mediante la sublimacin (capacidad de cambiar la meta sexual
originaria por otra, ya no sexual) es posible poner a disposicin del trabajo
cultural gran cantidad de energa desexualizada. Esto hace posible los logros
culturales. Pero Freud aclar, sin embargo, que una cierta medida de
satisfaccin sexual directa es indispensable para conservar la salud y que
(...) la denegacin de esta medida individualmente variable se castiga con
fenmenos que nos vemos precisados a incluir entre los patolgicos a
consecuencia de su carcter nocivo en lo funcional y displacentero en lo
subjetivo.[17]
Es decir, Freud sostena que todo ser humano, en mayor o en menos proporcin,
reprime sus pulsiones sexuales y esto es lo que le permite vivir en sociedad.
Pero mientras conserve y se permita cierta satisfaccin de orden sexual se
mantiene saludable; si no, se produce la patologa. Es decir, la insatisfaccin
sexual es una de las causas de la neurosis, y los sntomas son una suerte de
satisfaccin sustitutiva: La experiencia ensea que para la mayora de los
seres humanos existe un lmite ms all del cul su constitucin no puede
obedecer al reclamo de la cultura[18]
Al parecer, Freud
consideraba que el reclamo de renuncia pulsional que la sociedad victoriana
realizaba a sus individuos era demasiado intenso; y que con el afn de
responder a ese reclamo cultural muchos de ellos caan vctimas de la neurosis.
Para Freud, este reclamo cultural consista en prohibir todo quehacer sexual
fuera del matrimonio legtimo. Esta abstinencia sexual hasta el matrimonio (y
por consiguiente para toda la vida para aquellos que no se casen) atentaba
contra la salud:
Es lcito decir que la tarea de
dominar una mocin tan poderosa como la pulsin sexual por un camino que no sea
la satisfaccin es tal que puede requerir todas la fuerzas de un ser humano.
Slo una minora consigue el dominio por sublimacin, por desvo de las fuerzas
pulsionales sexuales desde sus metas especficas hasta metas culturales ms
elevadas; y an esa minora, slo temporalmente, y con mxima dificultad en la
poca de su ardoroso vigor juvenil. Los ms se vuelven neurticos o reciben
algn otro dao. La experiencia muestra que la mayora de las personas que
componen nuestra sociedad no estn constitucionalmente a la altura de la
abstinencia.[19]
Podra pensarse que el matrimonio
brindaba un resarcimiento por la limitacin anterior a l, pero Freud sostena
que la moral sexual cultural -por diversos motivos- tambin afectaba a la
sexualidad de los esposos, impidiendo un comercio sexual satisfactorio:
Recordemos, sobre todo, que nuestra moral sexual cultural limita el comercio
sexual aun dentro del matrimonio mismo(...)[20]
Freud llega a la
conclusin de que la limitacin de los quehaceres sexuales que foment la moral
victoriana fue la causa del aumento de los casos de neurosis que se produjo a
fines del siglo XIX, ya que impona una represin intensa de la sexualidad que
se encontraba ms all de lo que el individuo poda tolerar sanamente: Me
refiero a la nerviosidad moderna, o sea, a la que se difunde con rapidez en la
sociedad de nuestros das y cuya promocin es reconducible a aquella moral.[21] Sin embargo, Freud
realiz una distincin: aclar que exista una doble moral que penaba con menor
rigor las faltas del varn., lo que le permita obtener una mayor libertad
sexual y, por lo tanto, una mayor cuota de satisfaccin pulsional. En cambio,
sobre la mujer pesaba una mayor exigencia de sofocacin pulsional, lo que
conduca a la contraccin de graves neurosis que la perturbaban para toda la
vida. As explic Freud la explosin de histeria femenina que tuvo lugar a
fines del siglo XIX, patologa que ocup un lugar casi exclusivo en sus
primeros tratamientos.
Detrs de estas
elucidaciones se esconde un concepto particular de sexualidad. Freud conceba
una sexualidad natural, universal, que se encontraba ms all de toda
construccin humana. Se trata de una sexualidad que irrumpe en el cuerpo como
una fuerza pulsionante que el individuo slo a duras penas logra dominar.
Entonces, la sexualidad se encuentra en la naturaleza misma del ser humano, y
la cultura intenta dominarla, reprimirla (con diferente grado de xito).
Por ltimo, es
pertinente hacer una aclaracin: Freud forma su opinin acerca de la
sexualidad, de la moral victoriana y del modo en que se relacionan
encontrndose inserto en esta ltima. Form parte de esta sociedad y, aunque la
critic y se opuso a ella, tena incorporados sus valores y costumbres, y
tambin esa moral que con tanto afn critic:
Freud participaba de
gran parte de la mojigatera de su poca, para la cul toda alusin a los
miembros inferiores era considerada incorrecta. He aqu lo que escriba sobre
un incidente, ocho meses despus de ocurrido: T no sabes, al parecer, hasta
qu punto soy observador. Recuerdas cuando pasebamos con Mina por el Beethovengang
y t te apartaste para levantarte las medias? Es un atrevimiento de mi parte el
mencionarlo, pero confo en que no lo tomars a mal. haba que pedir disculpas
por la ms leve de las alusiones. Al compararla a la robusta mujer de dos mil
aos atrs, observaba que el pie de la Venus de Milo podra comprender dos
veces el de ella. Perdname que haga esta comparacin, pero esa antigua dama
no tiene manos A mediados de 1885 Marta expres su deseo de permanecer en casa
de una vieja amiga que, como ella lo deca delicadamente, se haba casado
antes de la boda. Rigurosamente le prohibi el contacto con semejante fuente
de contaminacin moral, si bien es justo decir que la dama en cuestin le
mereca adems otra clase de objeciones.[22]
Por otro lado, tambin
comparti con sus contemporneos la concepcin de la mujer como un ser dbil al
que se deba proteger y que, por lo tanto, deba ocupar un determinado el lugar en la sociedad:
Acerca del tipo de
mujer que l prefera escribi en cierta ocasin: Una mujer robusta, que en
caso de necesidad fuera capaz, por s sola, de arrojar de la casa al marido y a
la servidumbre, nunca fue mi ideal, por mucho que pueda decirse en elogio de la
salud femenina. Lo que siempre me atrajo fue un tipo de persona delicada, a
quin yo pudiera proteger.[23]
(En una carta a Marta de 1883) Seguramente
ests de acuerdo conmigo en que el manejo de una casa, el cuidado y la crianza
de los nios exigen de un ser humano la ms completa consagracin y excluyen
casi en absoluto toda posibilidad de un trabajo remunerado (...) La idea de
arrojar a la mujer a una lucha por la existencia tal como la que afronta el
hombre es realmente una idea que naci muerta. Si yo me imaginara, por ejemplo,
a mi gentil amada como una competidora, ello slo podra conducir a que le
dijera, como lo he hecho hace diecisiete meses, que la quiero y a implorarle
que se retire de la contienda para refugiarse en la tranquila actividad de mi
hogar, al margen de toda competencia (...) Mucho es lo que la ley y las
costumbres pueden dar a la mujer, de lo que hasta ahora le ha sido negado, pero
su posicin, por cierto, seguir siendo la misma de ahora: un ser adorado en su
juventud, y en sus aos de madurez, una querida esposa.[24]
Por ltimo, tambin
particip de la caracterstica de la poca de desear separar un mbito pblico
(donde desarrollarse profesionalmente), de un espacio privado (donde refugiarse
al calor del hogar familiar). Esto queda reflejado, por ejemplo, en el hecho de que Freud raramente mencion a
Marta y a la relacin que con ella mantena en las innumerables cartas que
intercambi con sus amigos: Toda la vida amorosa de Freud nos habla de un
notable esfuerzo de ocultamiento. Acaso pueda decirse que era algo que requera
ser cuidadosamente protegido.[25] Asimismo es posible
pesquisar ese afn por construir una esfera privada en la siguiente descripcin
que hizo Freud de su ideal de felicidad en una carta a su prometida en 1882
(sobre todo cuando hace referencia al manojo de llaves que deber repiquetear
ruidosamente):
Necesitamos
apenas dos o tres pequeas habitaciones donde podamos vivir y comer, y
recibir a un husped, y un hogar donde el fuego para cocinar no se extinga
nunca. Y stas son las cosas que en ellas pondremos: mesas y sillas, camas, un
espejo, un reloj que recuerde a los felices mortales el correr del tiempo, un
silln en el que se pueda pasar una hora en agradables ensoaciones, alfombras
que hagan ms fcil a la duea de casa la tarea de mantener limpios los pisos,
bonitas cintas adornando los anaqueles, ropas hechas a la ltima moda y
sombreros con flores artificiales, cuadros en las paredes, vasos para el agua
de todos los das y para el vino de las ocasiones festivas, platos y fuentes,
una despensa en que haya algo para cuando nos sintamos repentinamente con
hambre o cuando llegue una visita inesperada, un manojo de llaves que deber
repiquetear ruidosamente. Son muchas las cosas que podrn darnos gusto: la
biblioteca y el canastillo de la costura, la lmpara cordial. Y todo deber ser
mantenido en orden, no sea que la hausfrau (duea de casa), que ha
repartido su corazn en pequeos fragmentos, uno para cada mueble, tenga motivo
de queja. Y aqu se ver una cosa que es testigo de la seria labor que asegura
la solidez del hogar, y ms all de otra que hablar de nuestro amor a lo bello
o de los queridos amigos cuyo recuerdo nos es grato, o las ciudades que uno ha
visto, o de las horas que uno no quiere olvidar. En conjunto, un pequeo mundo
de felicidad, de callados amigos y de smbolos honrosos de humanidad.[26]
Michel Foucault (1926-1984)
Foucault
introdujo un punto de vista diferente al presentado por Freud: se opuso a los
autores que adheran a una hiptesis represiva -entre los que puede contarse
a este ltimo-. Tal hiptesis consiste en suponer que en la historia de la
sexualidad pueden efectuarse dos cortes:
a) Siglo XVII: antes de este momento
exista libertad en relacin a la sexualidad, no haba demasiadas
restricciones. Pero a partir de este siglo se inicia un perodo represivo: nacen
grandes prohibiciones que limitan a la sexualidad (por ejemplo, la sexualidad
queda reducida a la reproduccin y al matrimonio) y la silencian. Comienza as
una etapa signada por una sexualidad reprimida, muda e hipcrita, que es
explicada a partir del advenimiento del capitalismo. Aparece la enfermiza
necesidad de producir: hay que ahorrar la energa de los hombres para que
puedan utilizarla para trabajar y producir, lo que hace que la sexualidad sea
reducida a un mnimo indispensable para la reproduccin.
b) Siglo XX: se produce una
liberacin sexual. Los mecanismos se represin se aflojan, la sexualidad queda
librada del poder que la mantena reprimida y recupera la libertad.
Foucault
se opuso por diferentes motivos a esta hiptesis represiva. Pero su objetivo no
fue derribarla sino construir una historia de la sexualidad. Su hiptesis fue
la siguiente: La sociedad que se desarrolla en el siglo XVIII -llmesela cmo
se quiera, burguesa, capitalista o industrial-, no opuso al sexo un rechazo
fundamental a reconocerlo. Al contrario, puso en accin todo un aparato para
producir sobre l discursos verdaderos. No slo habl mucho de l y constri a
todos a hacerlo, sino que se lanz a la empresa de formular su verdad
regulada.[27]
Para comprobarla propuso analizar los discursos que se produjeron alrededor de
la sexualidad, lo que fue dicho en relacin a ella; y tambin las relaciones de
saber y de poder que se articularon en los discursos.
Segn la hiptesis
represiva cabra esperar una abrupta disminucin de discursos respecto al sexo
a partir del siglo XVII, ya que la censura que ste impondra un mutismo
general. Pero, paradjicamente, Foucault encontr que desde fines del siglo XVI
comenz a haber una progresiva proliferacin de los discursos acerca del sexo
(aunque con cierta censura del vocabulario). En este momento fue cuando el
concilio de Trento reglament la prctica de la confesin, un dispositivo a
travs del cul el individuo tuvo que empezar a dar cuenta de todo lo que
haca, senta y pensaba; y que pona el acento en todo lo relacionado al pecado
carnal. Esta reglamentacin difundi sus efectos a toda la sociedad: se comenz
a dar un extremo valor a algo que antes no lo tena: incit a hablar de la
sexualidad: (...) el sexo se ha convertido en algo que debe ser dicho, y dicho
exhaustivamente segn dispositivos discursivos diversos pero todos, cada uno a
su manera, coercitivos.[28] Foucault afirm que en
todo momento se estaba hablando de alguna manera del sexo, que ste estaba
siempre presente: en los actos, las palabras y aun en los silencios: Lo propio
de las sociedades modernas no es que hayan obligado al sexo a permanecer en la
sombra, sino que ellas se hallan destinado a hablar del sexo siempre,
hacindolo valer, ponindolo de relieve como el secreto.[29] El sexo era un peligro
que se deba prevenir, y se implementaron gran cantidad de controles (por
ejemplo, diversos dispositivos institucionales) para sealar y evitar el
peligro. Exista una especie de alerta generalizada, que haca que el sexo
fuera tenido en cuenta constantemente. Paradjicamente, se hablaba de lo que se
ocultaba.
El sexo tom un lugar
tan relevante en este momento que la ciencia comenz a ocuparse de l. Empez a
surgir una voluntad de saber la verdad acerca del sexo (aunque al principio
atada a un deseo de no saber, a una negacin a ver y a or): Era un momento en
que los placeres ms singulares eran llamados a formular sobre ellos mismos un
discurso verdico que ya no deba articularse con el que habla del pecado y la
salvacin, de la muerte y la eternidad, sino con el que habla del cuerpo y de
la vida con el discurso de la ciencia.[30] Entonces, tanto la
confesin como el discurso cientfico se afanaban por descubrir una verdad en
relacin a la sexualidad.
Pero lo ms importante es que esta
produccin discursiva estaba regulada por un mecanismo de poder. Por detrs
exista una estrategia que atravesaba a los mltiples discursos; stos
respondan a determinadas exigencias de poder, que ejercan un control. Pero no
se trata de un poder como el concebido por la hiptesis represiva: un poder
piramidal, que va de arriba hacia abajo, una cpula de dominacin que se impone
masivamente, un grupo que se impone sobre otro. Es decir, no se trata de un
poder direccional, sino de una multiplicidad de relaciones de fuerza:
(...) el poder se ejerce a partir de
innumerables puntos, y en el juego de relaciones mviles y no igualitarias
(...) El poder viene desde abajo; es decir, no hay, en el principio de las
relaciones de poder y como matriz general, una oposicin binaria y global entre
dominadores y dominados (...) la red de las relaciones de poder concluye por
construir un espeso tejido que atraviesa los aparatos y las instituciones (...)
Omnipresencia del poder: no porque tenga el privilegio de reagruparlo todo bajo
su invencible unidad, sino porque se est produciendo a cada instante, en todos
los puntos, o ms bien en toda relacin de un punto con otro. El poder est en
todas partes, no porque lo englobe todo, sino porque viene de todas partes.[31]
Por otro lado la idea
de Foucault acerca de cmo funciona el poder es radicalmente distinta a la
concebida por la hiptesis represiva. Esta ltima concibe al capitalismo como
un poder represor. En cambio para Foucault el poder no reprime, sino que
produce y sostiene (aunque tambin prohibe):
En todo caso, la hiptesis de un poder de
represin ejercido por nuestra sociedad sobre el sexo por motivos de economa
parece muy exigua (...) Mucho ms
que mecanismo de exclusin y rechazo, se
trata de un encendido de una red sutil de discursos, de saberes, de placeres,
de poderes; no se trata de un movimiento que se obstinara en rechazar el sexo
salvaje hacia una regin oscura e inaccesible, sino, por el contrario, de
procesos que lo diseminan en la superficie de las cosas y los cuerpos, que lo
excitan, lo manifiestan y lo hacen hablar, lo implantan en lo real y lo
conminan a decir la verdad: toda una titilacin
visible de lo sexual que emana de la multiplicidad de los discursos, de
la obstinacin de los poderes y de los juegos del saber con el placer.[32]
Existen
prcticas y dispositivos que, siguiendo ciertas estrategias, permiten
reproducir un determinado sistema de poder. Foucault sostiene que no existe
ningn poder que no se ejerza sin una serie de miras y objetivos:
(...) la racionalidad del poder es la de las tcticas (...)
que encadenndose unas con otras, solicitndose mutuamente y propagndose,
encontrando en otras partes sus apoyos y su condicin, dibujan finalmente
dispositivos de conjunto: ah, la lgica es an perfectamente clara, las miras
descifrables, y, sin embargo, sucede que no hay nadie para concebirlas y muy
pocos para formularlas: carcter implcito de las grandes estrategias annimas,
casi mudas (...)[33]
Ahora
bien, son mecanismos de poder y saber que mediante ciertas prcticas y
dispositivos, creando discursos guiados por claras estrategias, van
construyendo las sexualidades a lo largo de la historia. As sucedi tambin a
fines del siglo XIX: no existi un poder represivo y autoritario que sofoc la
sexualidad, sino que esta fue creada a partir de diferentes discursos que
fueron impulsados por estrategias de poder que eran el resultado de la
interaccin de fuerzas, de una red de relaciones. Es decir, no hay vctimas ni victimarios, sino creacin conjunta y continua.
Es en este punto en
donde puede encontrarse la mayor distancia entre la hiptesis represiva y la de
Foucault: la primera est apoyada sobre una concepcin naturalista de la
sexualidad: es algo que est presente en la naturaleza del ser humano, que fue
reprimido y debi ser liberado. Mientras que la segunda sostiene la idea de una
sexualidad construida, situada en un contexto social, cultural, poltico,
econmico, religioso, ideolgico, etc. Aqu tambin se enfrentan las dos
concepciones de poder: un poder que reprime algo natural contra otro que
produce una construccin humana:
En realidad, se trata ms bien de la
produccin misma de la sexualidad, a lo que no hay que concebir como una
especie dada de la naturaleza que el poder intentara reducir, o como un
dominio oscuro que el saber intentara, poco a poco, descubrir. Es el nombre
que se le puede dar a un dispositivo histrico: no una realidad por debajo en
la que se ejerceran difciles apresamientos, sino una gran red superficial
donde la estimulacin de los cuerpos, la intensificacin de los placeres, la
incitacin al discurso, la formacin de conocimientos, el refuerzo de los
controles y la resistencias se encadenan unos con otros segn grandes estrategias
de saber y de poder.[34]
Luego
de lo expuesto, puede arribarse a la conclusin de que ambos autores realizaron
lecturas totalmente diferentes de la sexualidad practicada por la sociedad
burguesa de fines del siglo XIX. Freud la vio como una sexualidad reprimida por
las costumbres y la moral (y encontr en este hecho la causa de la neurosis),
mientras Foucault percibi estas prcticas sexuales como una de las tantas
formas posibles de construir la sexualidad (producto de las relaciones de poder
que imperaban en ese momento).
La
diferencia principal reside en sus distintas maneras de concebir la sexualidad:
para uno es algo natural, fijo, predeterminado; mientras para el otro es una
construccin, una creacin histrica mvil, que va cambiando de acuerdo a las
modificaciones que se van produciendo en la articulacin entre un saber y un
poder que generan una serie de prcticas y discursos. Pero aun frente a este
abismo que separa ambas concepciones puede detectarse un punto de contacto: a pesar
de que su idea acerca de la sexualidad es diferente, ambos creen que las
prcticas sexuales estn determinadas por otras prcticas: sociales,
econmicas, polticas, filosficas, ideolgicas, jurdicas, religiosas, etc; es
decir, que estn inmersas en una trama social y cultural ms amplia que influye
sobre ellas. Esto fue lo que sucedi a fines del siglo XIX en la sociedad
victoriana: un contexto ms amplio influy sobre las prcticas sexuales que se
generaron en ella.
Quiz
pueda uno aventurarse a reflexionar el por qu ambos autores interpretaron de
diferente manera el puritanismo sexual de la sociedad victoriana. Quiz sea por
sus diferentes profesiones. Freud era un mdico que se topaba en la clnica con
enfermedades que deba comprender, tratar y curar. Esto fue sin duda lo que lo
llev a interpretar a la rgida moral sexual como la causa de estos trastornos.
Se concentr entonces en analizar las consecuencias prcticas de ese
puritanismo sexual. Por otro lado, Foucault era filsofo, y su profesin lo
llev a reflexionar acerca de las causas de esa construccin social. Es decir,
uno se dedic a analizar las causas y otro las consecuencias.
Pero,
con mayor certeza, podra asegurarse que sus diferencias surgen de miradas que
se efectuaron en momentos radicalmente distintos. Freud realiz una lectura
desde adentro, ya que se encontraba inmerso en esa sociedad que criticaba. En
cambio Foucault pudo hacer una lectura desde afuera, ya que interpreta una
sociedad que le era ajena; se encontraba habilitado para efectuar una mirada
iluminada por otras miradas: haba corrido mucha agua bajo el puente y muchas
fueron las personas que haban interpretado y criticado a esa sociedad. Por lo
tanto, Foucault pudo hacer su crtica a partir de otras crticas, anlisis y
conocimientos. En definitiva, sus
perspectivas fueron distintas, y es pertinente tener en cuenta este detalle a
la hora de realizar toda comparacin entre ambos autores.
-Aris, Philippe y Duby,
Georges; Historia de la Vida
Privada, Tomo 4, Madrid, Taurus, 1989.
-Duby, Georges y Perrot,
Michelle: Historia de las Mujeres,
Tomo 8 y 9, Madrid, Taurus, 1993.
-Foucault, Michel; Historia de la sexualidad, Tomo I: La voluntad de saber, Mxico, Siglo XXI,
1977.
-Freud, Sigmund: La moral sexual
cultural y la nerviosidad moderna (1908), Tomo IX, Bs. AS., Amorrortu,
1999.
-Jones, Ernest; Vida y obra de Sigmund Freud, Tomo I, Bs.
As., Paidos, 1989.
[1] Aris,
Philippe y Duby, Georges; Historia
de la Vida Privada, Tomo 4, Madrid, Taurus, 1989, pg. 55
[2] Duby,
Georges y Perrot, Michelle: Historia de
las Mujeres, Tomo 8, Madrid, Taurus, 1993, pgs. 21-22.
[3] Idem,, pg. 19
[4] Aris,
Philippe y Duby, Georges; Historia
de la Vida Privada, Tomo 4, Madrid, Taurus, 1989, pg.121
[5] Idem, pg.549
[6] Duby,
Georges y Perrot, Michelle: Historia de
las Mujeres, Tomo 8, Madrid, Taurus, 1993, pg. 64
[7] Duby,
Georges y Perrot, Michelle: Historia de
las Mujeres, Tomo 8, Madrid, Taurus, 1993, pgs. 29-30
[8] Idem, pg.53
[9] Duby,
Georges y Perrot, Michelle: Historia de
las Mujeres, Tomo 7, Madrid, Taurus, 1993, pg. 59
[10] Aris,
Philippe y Duby, Georges; Historia
de la Vida Privada, Tomo 4, Madrid, Taurus, 1989, pg127
[11] Duby,
Georges y Perrot, Michelle: Historia de
las Mujeres, Tomo 7, Madrid, Taurus, 1993, pg. 113
[12] Aris,
Philippe y Duby, Georges; Historia
de la Vida Privada, Tomo 4, Madrid, Taurus, 1989, pg. 51
[13] Aris,
Philippe y Duby, Georges; Historia
de la Vida Privada, Tomo 4, Madrid, Taurus, 1989, pg. 93
[14] Idem, pg.111
[15] Idem, pg. 121
[16] Freud, Sigmund: La moral
sexual cultural y la nerviosidad moderna (1908), Tomo IX, Bs. AS., Amorrortu,
1999, pg. 167-168
[17] Idem. Pg.169
[18] Idem, pg. 171
[19] Idem, pg. 173
[20]
Idem, pg.174
[21] Idem, pg. 164
[22] Jones, Ernest; Vida y
obra de Sigmund Freud; Tomo I, Bs. As.: Paidos,
1989, pg. 139
[23] Idem, pg. 175
[24] Idem, pgs. 186-187
[25] Idem, pg. 134
[26] Idem, pgs. 149-150)
[27] Idem, pg. 87
[28] Idem, pg. 43
[29] Idem, pg. 47
[30] Idem, pg. 81
[31] Idem, pgs. 113-114-117
[32] Idem, Pgs. 90-91
[33] Idem, pgs.115-116
[34] Idem, pg. 129