Histeria y feminidad en el siglo XIX

Hofstetter Flavia

 

 

 

Indice

 

        Introduccin

        Histeria uterina e imaginario social

        Aspectos sociales de la histeria

        Histeria y Ana Karenina

        Histeria y bipolaridad femenina

        En la Saleptrire...

        A modo de cierre...

        Bibliografa

 

 

 

 

Introduccin.

 

La histeria como enfermedad tiene una larga historia. La etimologa de la palabra proviene de tero con lo cual indefectiblemente la histeria era una enfermedad de la mujer.

A finales de siglo XIX se produce un gran cambio en su diagnstico, y la histeria empieza a asociarse a un origen psquico, no sin antes haber pasado por un perodo en que la causa es cerebral o nerviosa. A partir de entonces la histeria se muestra como independiente del gnero. Pero las histricas siguen siendo, en su gran mayora, mujeres. Por qu? No podremos obtener una respuesta cerrada y acabada, pero s elaborar alguna hiptesis, en que la histeria se muestre indisociable de la condicin social y cultural de la mujer, fuera cual fuera la poca considerada, aunque nos abocaremos al siglo XIX.

Veremos la importancia de determinadas normas y orden sociales, en que aparentemente la mujer queda en desventaja, siendo el orden establecido por el hombre. En todos los aspectos de la vida cotidiana esto es as? La histeria era una de las formas de responder a semejantes opresiones, era una forma de protesta exclusivamente femenina o producida tambin por el hombre? Tomaremos como punto de partida el anlisis de Gladys Swain Lme, la femme, le sexe et le corps[1] sobre las metamorfosis de la histeria al final del siglo XIX, y relacionaremos sus conceptualizaciones acerca de la histeria con descripciones de la vida privada y cotidiana de las mujeres, extradas de Historia de la vida privada[2], Secretos de Alcoba. Historia de la pareja 1830-1930[3], y de la novela Ana Karenina[4] de Tolstoi, para intentar responder a estas preguntas.

 


Histeria uterina e imaginario social.

Gladys Swain nos habla acerca de la extraordinaria permanencia del fantasma anatmico indomable(la traduccin es ma)[5] en relacin a la histeria. La historia de la histeria habra estado asociada durante mucho tiempo con la teora uterina. La histeria se habra presentado as como una enfermedad de mujeres, y stas, hasta fines del XIX acudan a los gineclogos para ser tratadas. La histeria era entonces considerada una enfermedad ligada a un desorden funcional. Y esto denota la preponderancia social de las imgenes tradicionales atribuyendo la histeria a las funciones de reproduccin, asociando histeria y rganos genitales femeninos(la traduccin es ma)[6].

Pero con el desarrollo de la neurologa, los neurlogos habran cesado de relacionar histeria y sexualidad femenina (transformacin de histeria ginecolgica en neurolgica) hasta que finalmente el psicoanlisis habra hecho reaparecer la sexualidad sobre la escena, pero de una manera radicalmente distinta, surgiendo as con Freud la dimensin de ruptura y continuidad en torno a la sexualidad femenina.

Estas aclaraciones nos servirn para ilustrar como la herencia de un imaginario social de fuerte arraigo histrico (histeria y tero) sigue influyendo sobre las concepciones de la mujer, ya sea durante, a fines de siglo XIX, o incluso en la actualidad, a pesar de que la histeria haya cientficamente hablando dejado de asociarse al cuerpo de la mujer.

Gladys Swain opina que la transformacin de la histeria se dio en acto antes de darse en el pensamiento (...). Antes de cambiar en la teora, la sexualidad cambi de hecho de rostro y, por as decirlo, de cuerpo, a travs precisamente de las manifestaciones histricas(la traduccin es ma).[7] Habr que ver que dicen Georges Duby y Philippe Aris al respecto.

A fines del siglo XIX habra nacido una nueva mujer, pero antes de ello las nociones de visible e invisible, natural y sobrenatural habran teido las concepciones del mundo. El cuerpo es lo visible, la naturaleza, pero en nuestro interior nos comunicaramos con lo invisible, y de ah la aptitud convulsionaria (...), manifestacin de una desposesin corporal, expresin misma de la alteridad del cuerpo o de la trascendencia del si-mismo(la traduccin es ma)[8]. Luego Gladys Swain explica como existiran convulsiones naturales, propias de la histeria, y sobrenaturales; y la mujer, por su condicin de verse sometida a ciclos menstruales, podra fcilmente padecer convulsiones naturales, por la desposesin que vive en su cuerpo, y esto mismo facilitara la posesin sobrenatural del diablo de aquella desposeda natural. La autora habla en este caso de pocas en que se est bajo el imperio de los dioses, y hace alusin as a las posedas, nuestras histricas de la Edad Media[9]. La mujer poseera como un segundo cuerpo, y si bien los progresos de la ciencia habran pretendido terminar con estas concepciones, el imaginario social habra continuado alimentando esta idea de dualidad en la mujer, de mujer dbil versus potencia extraordinaria que se manifiesta en ese mismo sujeto dbil, potencia que se asocia a la vitalidad, al furor uterino(la traduccin es ma)[10], y la desposesin histrica que puede provenir de un desborde de deseo, deseo (...) impersonal, orgnico, (...) cuando la causa es intensa (...) puede culminar en una explosin ninfmana(la traduccin es ma)[11]. De estos dichos de Gladys Swain acerca de la dualidad en la mujer, que encontramos en los escritos de los otros autores? Alguno acenta ms un aspecto que otro, la debilidad o el furor uterino? Lo iremos desarrollando en una segunda etapa.

Retomando los desarrollos de Gladys Swain, ella insiste en la debilidad del sujeto mujer, de su propia persona, versus esas potencias anrquicas(la traduccin es ma)[12] que obran en ella. Se tratara de una escisin del cuerpo, subversivo del sujeto (mujer)(la traduccin y destacado son mos)[13].

Rescataremos este concepto de subversin cuando mencionaremos a los otros autores. Veremos as como este imaginario social que da cuenta de una lucha en la misma mujer, de una subversin de su cuerpo sobre su propia persona, es una construccin tanto de mujeres como de hombres, pero en que stos tienen la ltima palabra acerca de lo que es o no una mujer, ya que mdicos, sacerdotes, y doctores en otras ciencias, son en aquella poca todos hombres. Esta construccin social no puede entonces verse independizada de una lucha o subversin de la mujer sobre el hombre, sobre su condicin social complicada, en que la histeria aparece como una de las formas de protesta, y aquello que se dice enfermedad, nos parece en la actualidad una de las maneras de rebelarse frente a determinado orden oprimente.

Recordemos que alrededor de 1880-1900, los progresos cientficos provocan el gran cambio en la concepcin de la histeria, y la dualidad naturaleza y persona, la idea de cuerpo externo, de alteridad al sujeto, son remplazadas por la nocin de identidad, y en todo caso de desdoblamiento psquico en el seno de la misma persona. Esto no va sin embargo a provocar que el imaginario social se modifique tan rpidamente, pero s que sea a propsito de la mujer que deba sentirse con la mayor agudeza la contradiccin de las pocas (...). Porque la histrica (...) se mantiene, en el medio de todos estos avatares, como el cuerpo de la verdad, (...) o ms bien del teatro de la verdad sobre el cuerpo.(la traduccin es ma)[14].

As, el cuerpo de la mujer como cuerpo externo, como cuerpo posedo, pasa a ser cuerpo de la verdad. Que de este demonio, de esta alteridad, de esta verdad, nos dicen los autores anteriormente presentados?

 

Aspectos sociales de la histeria.

A lo largo del siglo XIX, en un mundo dominado por el hombre, no se puede sin embargo negar que la mujer tiene cierto poder en la vida del hogar, que su condicin se ve revalorizada, que est ms protegida, tiene ms margen de accin, ms longevidad. Pero conviene ser cautos en cuanto a este poder, que siempre presenta algn tipo de ambigedad. As en Historia de la vida privada, leemos como la esfera privada y los papeles femeninos no han dejado de revalorizarse, durante el siglo XIX gracias a una sociedad preocupada por la utilidad, llena de ansiedad por sus hijos (...). Cmo resolver (...) la afirmacin contradictoria del derecho personal -la mujer es una persona- y el derecho conyugal del amo, de esencia monrquica?[15].

Vemos por lo tanto como el poder de la mujer en el hogar no es tan genuino, sino que se relaciona con la utilidad, y adems se da esta contradiccin entre mujer como persona independiente, y mujer como pertenencia del hombre, contradiccin en que la histeria puede manifestarse. La cuestin del derecho de la mujer aparece en el centro de los debates, lo cual se puede ilustrar con un pasaje de Ana Karenina, escrito en 1877, en que hombres cultos conversan:

-La mujer se ve privada de derechos porque carece de instruccin, y la falta de instruccin proviene de la ausencia de tales derechos. No olvidemos que la esclavitud de la mujer es muy antigua. Y eso nos impide con frecuencia percibir el abismo legal que la separa de nosotros.

-Habla usted de derechos intervino Sergio Ivanovich-. Se refiere al derecho de ejercer las funciones, de consejero municipal, de funcionario pblico, de miembros de Parlamento?

-Desde luego.

-(...) No sera ms exacto dar a esos derechos el nombre de deberes? (...) Digamos, pues, que las mujeres buscan, y muy legtimamente- deberes. Por tanto es loable su deseo de participar en las ocupaciones de los hombres.

-(...) Slo falta saber si ellas estn capacitadas para cumplir esos deberes.

-Lo estarn ciertamente, cuando reciban una instruccin adecuada (...)

-Y ese proverbio...? (...) La mujer tiene los cabellos largos...

-As se juzgaba a los negros antes de la abolicin de la esclavitud- repuso Peszov, descontento.

-Lo que me extraa (...) es que las mujeres ambicionen deberes que con frecuencia los hombres tratan de eludir.

-Esos deberes van acompaados de derechos:los honores, el poder, el dinero...He aqu lo que buscan las mujeres.[16]

 

Aparece la problemtica de sus derechos, y la ltima rplica traduce una crtica a las ansias de poder de la mujer, en un momento en que sus derechos son claramente inferiores a los de los hombres. Mujer devoradora y dbil a la vez?

El poder en el hogar tiene muchas contracaras: en Historia de la vida privada vemos como la violacin es algo usual en que la denuncia es inconcebible (aunque a finales del siglo XIX se comienza a considerar el problema del laxismo penal ante la violacin); vemos como, si bien la ama de casa de las clases populares tiene el poder de administrar el salario del marido, tiene que pagar las consecuencias con sacrificios, renunciando a la carne y el vino, alimentos masculinos, en favor del jefe de familia, y al azcar en beneficio de los nios, contentndose (...) con el caf con leche y con el queso; la chuleta de la costurera es una porcin de queso Brie[17].

La mujer de clases populares no debe quejarse, debe ser buena ama de casa, no debe ser infiel, ya que de otra manera arriesga ser golpeada e incluso en casos extremos asesinada.

La mujer de la clase burguesa, tampoco debe quejarse, ya que el cuidado de las apariencias hace ver a la excentricidad como una forma de escndalo[18].

Laure Adler hace tambin una aguda descripcin de la complicada posicin de la mujer. Quisiera hacer un recorrido por ciertas citas de su libro Secretos de alcoba (...), para darnos una idea del lugar de la mujer durante el siglo XIX.

El hombre es siempre el salvador. El marido aplaca los instintos de su mujer. Ocurre a la mayora de las mujeres jvenes despus que se casan: alcanzan el equilibrio cuando la madre Naturaleza queda satisfecha.[19] No solo la mujer tiene instintos desmesurados, sino que adems es el hombre quien puede atemperar ese exceso. Podemos intuir un orden social creado por el hombre para su conveniencia, pero no podemos omitir que el orden social es obra cambiante de hombres y mujeres, y por ello hoy, 2004, muchas cuestiones que describimos sobre el siglo XIX parecen una aberracin, pero otras no tanto. La histeria pareciera entonces una produccin conjunta entre mujeres... y hombres.

Los mdicos -hombres claro est- del siglo XIX tienen una importancia considerable ya que dictaron las leyes de la felicidad legtima y establecieron la cartografa del coito conyugal.[20] Las jvenes an solteras deben hacer gimnasia ms que nada como obligacin porque as se secreta poco a poco por el pequeo orificio sin fondo, ese fluido siempre dispuesto a acumularse y condensarse en mil tormentas.[21] La noche de bodas, muchas veces considerada violacin legal, es sin embargo la solucin a una sexualidad de la mujer ms y ms obsesionante... Antes de la noche de bodas (...) la histeria amenaza. El matrimonio es una necesidad fisiolgica de la mujer. (...)Una buena higiene conyugal evita las histerias. La mujer es (...) una enfermedad, una herida que sufre flujo y reflujo de lo que Michelet llama el ocano menstrual. Asociamos desde luego estas visiones a la histeria uterina expuesta por Gladys Swain. Los mismos mdicos que (...) defendieron los derechos de las mujeres en el lecho nupcial, les aconsejan poco despus que no abusen de los placeres fsicos; llegan, incluso, a recomendar que no se marchen de luna de miel(1837). Las mentalidades van cambiando a lo largo del siglo, y si bien el hombre ya no se comporta como un violador, el goce fsico an no se comparte: La falta de dolor no significa que la mujer goce! El artculo 214 del Cdigo Civil declara que la mujer est obligada a vivir con su marido y a seguirlo dondequiera decida residir. L. Daudet, citado por Laure Adler nos comenta lo mismo acerca del aspecto subversivo de la mujer que venimos recorriendo: cada mujer casada es una potencial subversiva y (...) cada marido un virtual carcelero. (...) Al engaarlo y burlarlo, la mujer tambin est desafiando a todo un cdigo brbaro, a todo un sistema odioso(el destacado es mo). Pensamos en histeria y subversin, en histeria y aspectos sociales de la mujer. Al tero, ese rgano vaco, emblema del menos se lo debe llenar regularmente, y as evitar los espasmos (...) que llevan a la locura. (...) El esperma por lo tanto, libera a la mujer.[22]

Histeria y Ana Karenina.

Ana Karenina, tras cometer adulterio debe esconderse de la buena sociedad; en una ocasin decide ir al teatro a pesar de las splicas de su amante quien considera esta actitud inaceptable, dicindole a Ana:

-Ana, en nombre del cielo, Qu te pasa?- Inquiri l queriendo hacerla volver a la realidad, como ya lo haba intentado su marido ms de una vez. (...) Tu sabes muy bien que no puedes ir.(...)

-Por qu? (...)No me arrepiento en absoluto de lo que he hecho, no, no y no.(...) Slo hay una cosa que cuenta para ti y para m, y es saber si realmente nos queremos. Lo dems no tiene valor. (...) Por qu no puedo ir donde mejor me parezca? (...) Yo te pido que me expliques por que razn no he de ir.

-Porque eso puede atraerte...No se atrevi a terminar.[23]

 

Ana Karenina termina yendo al teatro y pasa un momento horrible que luego le comenta a su amante el conde Vronski: Aunque viva cien aos no lo olvidar jams. Aquella mujer me dijo que era una deshonra para ella estar sentada cerca de m.[24] Con lo cual las otras mujeres adaptadas a las apariencias contribuyen a este lugar difcil de la mujer. Este ejemplo de Ana Karenina da cuenta de cmo no solo es el hombre el que oprime y domina sino que la misma mujer ayuda a mantener el statu quo. Ana Karenina es una histrica ms, a quien su amante le pregunta En nombre del cielo, qu te pasa? y la insta a volver a la realidad, sorprendido por su comportamiento extrao, de desubicada, de loca, de histrica. En la actualidad podramos ver en Ana a una de esas mujeres (histricas) que lucharon por sus derechos. Pero, como tantas otras, no vivir esos cien aos que nombra, su situacin difcil la har elegir el suicidio despus de haber sido infiel, con los juicios nefastos que ello implica por parte de su medio social, con el divorcio negado por el marido, sin autorizacin para ver a su hijo, debiendo esconderse en el extranjero o en todo caso lejos de su antigua vida mundana en la ciudad, y por sobre todo percibiendo ella misma a un amante que ya no parece tan apasionado como en el momento de la conquista. Bien podran aplicarse a Ana Karenina las palabras de Laure Adler: En cualquier caso, la mujer no se librar fcilmente de las huellas y heridas del adulterio.(el destacado es mo)[25]

Con el ejemplo de Ana Karenina vislumbramos un orden ms cmodo para el hombre, en que la mujer debe sacrificarse para adaptarse a l, y si protesta puede ser simplemente una histrica. Pensemos tan solo en el hecho de que la ms perjudicada con el adulterio es Ana y no su amante (aunque despus del suicidio cabe reformularse la pregunta). La situacin de l no se ve tan perjudicada, y pensamos as en la relacin despareja de los gneros con respecto a la infidelidad, que hemos ledo tanto en Historia de la vida privada como en Secretos de Alcoba. All Laure Adler comenta: La mujer lo arriesga todo: su fama, su vida, sus hijos. El hombre en cambio, tiene poco que perder, a excepcin de las observaciones desagradables que le puede hacer su mujer en privado o en pblico y la obligacin de mantener a una o dos amantes.[26] Los argumentos de los juristas para explicar tal simetra son en 1884 que no le corresponde a la mujer, inferior, controlar la conducta de un marido a quien ella ha de presumir fiel; y por otra parte, slo el adulterio femenino amenaza con hacer perderse los bienes patrimoniales entre las manos de hijos ajenos.[27]

Ana Karenina es una especie de subversiva, trmino que hemos citado ms arriba en dos oportunidades. Ana Karenina fue escrito justo en la poca en que se produce la metamorfsis de la histeria. Ella expresa en su comportamiento su verdad (lo que importa es que el conde Vronski y ella se amen) frente a un orden social, en que se ve criticada por otras mujeres de su sociedad y por su propio amante que le implora volver a la realidad, como tantas otras veces se lo haba pedido su marido, Karenin. No podemos menos que preguntarnos si en el juicio de su comportamiento por parte de sus contemporneos no subsisten vestigios de una visin de mujer loca, desubicada, histrica... Demonaca sera muy arriesgado; traer hasta la poca de Ana Karenina la Edad Media es demasiado, pero igualmente podemos encontrar un paralelo entre las histricas posedas del Medioevo y Ana Karenina que subvierte las normas de su poca. Son las histricas. Es una hiptesis, que implica situar en un nivel de igualdad la subversin como verdad propia y como alejamiento de la realidad (citado por su amante), alteridad.

Pero la histrica no solo se suicida, la muerte puede provenir por parte de otros. As la mujer descuartizada, un hecho tantas veces repetido como para constituir una categora, ilustra de modo paroxstico una realidad del siglo XIX: el furor contra una mujer cuya emancipacin no se admite.[28] Estamos hablando claro, de casos extremos.

Pero sin ir tan lejos, en Historia de la vida privada logramos dar apoyo a los dichos de Gladys Swain acerca del imaginario social viendo en la mujer ese aspecto de vitalidad, de potencia extraordinaria. Efectivamente se describe all acerca del exceso de la mujer, que la hace desviarse constantemente, ya que la simple iniciativa femenina representa una desviacin.[29]

 

Histeria y bipolaridad femenina.

En el tomo 8 de Historia de la vida privada, encontramos una descripcin de la mujer que apoya los dichos de Gladys Swain acerca de la dualidad femenina y de la influencia de un imaginario social heredado desde el Medioevo (la alianza con el demonio) para producir un determinado tipo de mujer en el siglo XIX: se trata de la bipolaridad femenina. La mujer est siempre por pecar debido a su naturaleza ms prxima a lo orgnico. Efectivamente El rgano que la desestabiliza es... el tero: La mujer produce ms sangre, pero el hombre ms pensamientos[30]. Debe ser exorcizada, vive bajo la amenaza de fuerzas que delatan su exceso, propio de la histrica y la ninfmana, el sexo dbil es insaciable en sus amores, fantico en sus creencias, espantoso como el loco en sus gesticulaciones[31]. Los novelistas ayudan a la creacin de esta imagen de mujer devoradora, que provoca el miedo del hombre a la mujer y se impone ms que nunca la urgencia de apaciguar la sexualidad de su compaera y someterla al orden masculino.[32] Pero quien dice demonio, dice ngel tambin, y al parecer el siglo XIX se va a encargar, con la ayuda de la religin, de dar cuenta de la mujer como ngel bueno del hombre.[33] Una vez ms leemos como la mujer es en funcin del hombre; l est en el centro, en el orden, en la ley, y ella se las arregla como puede a su alrededor, ya sea siendo ngel, demonio, histrica, pero en todo caso siempre definida por el hombre. Michelet dice al respecto Sostengo que la mujer, en cuanto tal, slo se salva si realiza la felicidad del hombre.[34] No olvidemos que histricamente hablando el hombre est primero. Basta con leer las palabras del cura ante los futuros flamantes esposos Kitty y Levin, de Ana Karenina para comprenderlo: Seor Dios nuestro (...), vos que habis criado el hombre desde el principio del mundo y le habis dado la mujer para venir en su ayuda y perpetuar el gnero humano...[35] Esto se asemeja mucho a una cita de Laure Adler: (...) Dios (...) cre el matrimonio al crear al hombre y al extraer la mujer desde el hombre, como carne de su carne[36]

Los hombres, ya sean provenientes de la religin, de las leyes, mdicos o maridos deciden que es lo que la mujer puede o no hacer, y la mujer en este orden transgrede a travs de conductas que son entonces definidas como histricas. Ante el descubrimiento de una conducta desviada de una mujer, como por ejemplo el adulterio, el hombre para proteger su vanidad y justificar la conducta de su esposa, apelar si es preciso a la patologa mental.[37] Como dice tambin Laure Adler: Ms vale calificar de algo histrica a una mujer que juzgar y reconocer la impotencia de un hombre[38] Nos encontramos entonces en un terreno delicado... La mujer acabar por creerse enferma o continuar su subversin en pos a ms derechos? Es una pregunta que sobrepasa los objetivos de este trabajo y dejamos abierta, pero que podr ser pensada en otro espacio, teniendo en cuenta los cambios de la mujer a lo largo del siglo XX.

Pero retomando a la mujer ngel y demonio, el texto de Historia de la vida privada nos muestra como esta concepcin de la mujer alimenta la imaginacin acerca de su voluptuosidad, Un cuerpo demasiado indiscreto en el placer impone, despus del xtasis, las posturas redentoras de la pureza[39], as En 1846 (...) una mujer de la burguesa, cuando acaba de hacer la bestia, tiene que hacer el ngel.[40]

 

En la Saleptrire...

Veamos ahora que ocurre con la mujer histrica en el hospital parisino de la Saleptrire, entre 1862 y 1963, donde se condensa una fascinante teatralizacin del mal[41].

Gladys Swain mencion que los cambios de la histeria se dieron primero en acto a travs de las manifestaciones histricas, para luego darse en pensamiento. Pero si leemos lo que ocurre en la Saleptrire, no termina de quedar claro quien produce a quien, si solamente la mujer acta, o si ambos, hombres y mujeres, actan para en conjunto producir un modo de pensamiento. No sabemos si las histricas de aquel teatro escenifican lo que aquellos mdicos, y por aadidura artistas, escritores, publicistas, polticos del siglo XIX, fascinados, desean ver y pensar, o si el acto (la manifestacin histrica) antecede al pensamiento, como escribe Gladys Swain. No sabemos si disfrutan seduciendo o sufren, o ambas cosas a la vez. Los autores plantean, pero sin aseverarlo, que este teatro de la histeria puede no ser ms que una tctica de la economa del deseo masculino, una inconsciente teraputica del malestar del hombre[42], donde se observa un complejo juego entre exhibicionismo y voyeurismo. Al parecer el deseo del hombre interviene en las manifestaciones erticas de estas mujeres convertidas en vedettes, y la dialctica entre acto, pensamiento y deseo parece ser de suma complejidad.

La histeria adquiere tintes de moda y ciertos escritores se reconocen como histricos.

A pesar de que con Charcot, estamos ya ante la histeria como trastorno cerebral, la histeria sigue concibindose como la manifestacin de un cuerpo exterior al sujeto[43], esto apoya los dichos de Gladys Swain; aunque el diagnstico de la histeria se modifique, los vestigios de una idea de cuerpo externo que se expresa en la mujer continan vigentes a la hora de hablar de histeria. Philippe Aris y George Duby relatan al igual que Gladys Swain, como la actitud convulsionaria de exterioridad va dejando paso a una fractura interna del sujeto, a una divisin del yo, pero las manifestaciones espectaculares de las histricas siguen relacionndose con la arcaica posesin diablica; otras se sitan en la prolongacin de los ritos convulsionarios.[44] Parece que la historia pesa, no?

En una descripcin acerca de unas histricas de Morzine (1857), estas mujeres manifiestan su enfermedad: (...) rechazo por parte de las mujeres que se ponen a jugar a las cartas, se beben los licores reservados a los hombres, desdean las patatas y exigen no comer en adelante sino pan blanco.[45] Es clara ac la enfermedad como reclamo de un lugar que les otorgue los privilegios de los hombres a los cuales se ven vedadas. No olvidemos como unas pginas atrs citbamos los sacrificios de las mujeres en torno a la alimentacin a fin de satisfacer a sus maridos e hijos.

 

A modo de cierre...

Despus de haber situado la metamorfosis del diagnstico de histeria a fines de siglo XIX, y si bien hemos recorrido la vida privada de la mujer a lo largo de todo aquel siglo, hemos podido observar como la mujer histrica es en un punto resultado de una concepcin histricamente arraigada de la histeria como enfermedad orgnica ligada a los rganos genitales femeninos. Pero este origen biolgico esta ntimamente ligado al rol social que la mujer vena ocupando desde siglos anteriores, rol social producido por mujeres y hombres, pero en que hemos intentado mostrar la importancia del hombre en la construccin de un orden conveniente a sus fines y dificultando la adaptacin social de la mujer. Esta ha encontrado una brecha para subvertir el orden oprimente, no sin hacerse etiquetar de enferma, histrica, por hombres y mujeres... La lucha ha sido en torno a los derechos de un gnero que tradicionalmente ha sido propiedad privada del hombre, de un gnero que hasta hace muy poco tiempo no tena acceso a la instruccin, puestos de trabajo de igual condicin que los hombres, etc... En la actualidad la histeria deja de considerarse una enfermedad, pasa a ser una estructura, en trminos de Jacques Lacan, o desaparece de la teora, si hacemos alusin al DSM. Pero la histrica sigue siendo predominantemente la mujer. Se podra entonces comenzar un nuevo anlisis, para preguntarnos dnde estamos parados hoy, mujeres y hombres.

Mientras tanto podemos quedarnos con la idea de que la histeria es producto de un mutuo intercambio entre hombres y mujeres (y poca y lugares), y que a pesar de los avatares de sus diferencias, siguen intentando hallar un modo de relacin ms armonioso, no exento jams de complicaciones, pero relacin necesaria, imposible, placentera o no, fallida o no, difcil al fin, esperanzada tal vez.

 

 

Bibliografa

 

        Adler, Laure: Secretos de alcoba. Historia de la pareja 1830-1930, Barcelona, Coleccin plural historia, Granica, 1987.

        Aris, Philippe; Duby, George: Historia de la vida Privada, Tomo 7, Madrid, Taurus, 1989.

        Aris, Philippe; Duby, George: Sociedad burguesa: aspectos de la vida privada. Historia de la vida Privada, Tomo 8, Madrid, Taurus, 1989.

        Roudinesco Elisabeth, La Batalla de cien aos. Historia del psicoanlisis en Francia. Tomo 1 (1885-1939), Madrid, Editorial Fundamentos, 1988.

        Swain, Gladys: Lme, la femme, le sexe et le corps en Swain, Gladys, Dialogue avec linsens, Paris, Gallimard, 1994.

        Tolstoi, Lev: Ana Karenina, Barcelona, Coleccin Lagunas, Ediciones B, 1995.

 

 



Notas

 

[1] Gladys Swain: Lme, la femme, le sexe et le corps en Swain, Gladys, Dialogue avec linsens, Paris, Gallimard, 1994.

[2] Philippe Aris; George Duby: Historia de la vida Privada, Tomos 7 y 8, Madrid, Taurus, 1989.

[3] Laure Adler: Secretos de alcoba. Historia de la pareja 1830-1930, Barcelona, Coleccin plural historia, Granica, 1987.

[4] Lev Tolstoi: Ana Karenina, Barcelona, Coleccin Lagunas, Ediciones B, 1995.

[5] Gladys Swain, ob cit. p. 216

[6] Idem anterior, p. 217

[7] Idem anterior, p. 219

[8] Idem anterior, p. 221

[9] Elisabeth Roudinesco, La Batalla de cien aos. Historia del psicoanlisis en Francia. Tomo 1 (1885-1939), Madrid, Editorial Fundamentos, 1988.

[10] Gladys Swain, ob cit. p. 224

[11] Idem anterior, p. 224-225

[12] Idem anterior, p. 227

[13] Idem anterior, p. 228

[14] Idem anterior, p. 233

[15] Philippe Aris y George Duby, ob cit., tomo 7, p. 144

[16] Lev Tolstoi, ob cit., p. 386-387.

[17] Philippe Aris y George Duby, ob cit., tomo 7, p. 152

[18] Idem anterior, p. 277

[19] Marthe, Seuil, 1982, citado por Laure Adler, ob cit., Prlogo, p. 12

[20] Laure Adler, ob cit., p. 16

[21] Dr. Abrand, Educacin de la joven en vistas del casamiento(la traduccin es ma), citado por Laure Adler, ob cit., captulo Los noviazgos p. 23

[22] Laure Adler, ob cit., recopilacin de pasajes.

[23] Lev Tolstoi, ob cit., p. 531

[24] Idem anterior, p. 537

[25] Laure Adler, ob cit., p. 167

[26] Laure Adler, ob cit., captulo El adulterio, p. 146-147

[27] Philippe Aris y George Duby, ob. cit., tomo 8, captulo Entre bastidores, la relacin ntima o los placeres del intercambio, p. 221

[28] Philippe Aris y George Duby, ob cit., tomo 7, p. 283

[29] Trlat (1861) citado por Philippe Aris y George Duby, ob cit., tomo 7, p. 288.

[30] Laure Adler y A. Mayer citado por Laure Adler, ob cit., p. 83

[31] Philippe Aris y George Duby, ob. cit., tomo 8, p. 221

[32] Idem anterior

[33] Idem anterior

[34] Michelet citado por Laure Adler, ob cit., p. 89

[35] Lev Tolstoi, ob cit., p. 451.

[36] P. Fval, citado por Laure Adler, ob cit., p. 212

[37] Philippe Aris y George Duby, ob cit., tomo 8, p. 259

[38] Laure Adler, ob cit., p. 98

[39] Philippe Aris y george Duby, ob cit., tomo 8, p. 232

[40] Jean-Paul Sartre citado por Philippe Aris y George Duby, ob cit., tomo 8, p. 232

[41] Philippe Aris y George Duby, ob. cit., tomo 8, captulo Entre bastidores. Gritos y susurros., p. 278

[42] Idem anterior, p. 281

[43] Idem anterior, p. 276

[44] Idem anterior, p. 277

[45] Idem anterior, p. 277