Prefacio a la edicin inglesa 

de Las palabras y las cosas

Michel Foucault


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Quizas sera necesario titular este prefacio modo de empleo. No se trata de que el lector no sea a mis ojos digno de confianza es libre de hacer lo que quiera del libro que ha tenido la amabilidad de leer. Qu derecho tengo entonces de sugerir que se haga de este libro tal uso antes que tal otro? Muchas cosas, cuando las escriba, no estaban claras para m: algunas parecan demasiado evidentes, otras demasiado obscuras. Me he dicho entonces: he aqu como mi lector ideal habra abordado mi libro si mis intenciones hubieran sido ms claras y mi proyecto hubiera tomado mejor forma.

 

1) l reconocera que se trataba aqu de un estudio en un campo relativamente descuidado. Al menos en Francia, la historia de la ciencia y del pensamiento es sobrepasada por las matemticas, la cosmologa y la fsica, ciencias nobles, ciencias rigurosas, ciencias de lo necesario, muy prximas a la filosofa: uno puede leer, en sus historias la emergencia casi ininterrumpida de la verdad y de la razn pura. Pero se considera a las otras disciplinas las que por ejemplo, conciernen a los seres vivos, las lenguas o los hechos econmicos como demasiado teidos del pensamiento emprico, demasiado expuestos a los caprichos del azar o las figuras de la retrica, las tradiciones seculares y los eventos exteriores como para que se les suponga otra cosa que una historia irregular. De ellas a lo sumo se espera que testimonien de un estado del espritu, de una moda intelectual, de una mezcla de arcaismos e imputaciones arriesgadas, intuicin y ceguera. Y si el saber emprico, en una poca y en una cultura dadas, poseyesen efectivamente una regularidad bien definida? Si la posibilidad misma de registrar los hechos, de dejarse convencer de forzarlos a entrar en tradiciones o de hacer de ellos un uso puramente especulativo, si incluso esto no estuviese sometido al azar? Si los errores (y las verdades), la prctica de viejas creencias entre las cules se cuentan no solamente los verdaderos descubrimientos sino tambin las ideas ms ingenuas si todo esto obedeciese, en un momento dado, a las leyes de un cierto cdigo de saber? Si, abreviando, la historia del saber no formalizado poseyese ella misma un sistema? Tal ha sido mi hiptesis de partida el primer riesgo que he tomado.

 

2) Este libro debe ser ledo como un estudio comparado, y no como un estudio sintomatolgico. Mi intencin no ha sido partir de un tipo particular de saber o de un corpus de ideas, para esbozar el retrato de un perodo o reconstituir el espritu de un siglo. He querido presentar, unos al lado de otros, un nmero muy preciso de elementos el conocimiento de seres vivos, el conocimiento de las leyes del lenguaje y el conocimiento de los hechos econmicos ligndolos al discurso filosfico de su tiempo, durante un perodo que se extiende desde el siglo XVII al siglo XIX. Esto no deba ser un anlisis del clacisismo en general o la bsqueda de una Weltanschauung, sino un estudio estrictamente regional.[1]

Pero, entre otras cosas, este mtodo comparativo produce resultados que frecuentemente son sorprendentemente diferentes de aquellos que arrojan los estudios unidisciplinarios. (El lector no debe esperar entonces aqu encontrar yuxtapuestas una historia de la biologa, una historia de la lingstica, una historia de la economa poltica y una historia de la filosofa). Algunas cosas han predominado sobre otras: el calendario de los santos y de los hroes ha sido modificado un poco (se hace un lugar ms grande a Linneo que a Buffon, a Destutt de Tracy que a Rousseau; se opone slo a Cantillon a todos los fisicratras). Las fronteras han sido retrazadas, se han operado acercamientos entre cosas habitualmente distintas e inversamente: en lugar de ligar las taxinomias biolgicas a otro saber concerniente al ser vivo (la teora de la germinacin, o la fisiologa del movimiento animal o incluso la esttica de las plantas) las he comparado a lo que habra podido decirse, en la misma poca, de los signos lingusticos, la formacin de las ideas generales, el lenguaje de la accin, la jerarqua de las necesidades y el intercambio de mercancas.

Esto ha tenido dos consecuencias: en primer lugar he sido conducido a abandonar las grandes clasificaciones que hoy nos son familiares a todos. No he ido a buscar en el siglo XVII y en el XVIII los comienzos de la biologa del XIX (o de la filosofa, o de la economa). Pero he visto la emergencia de figuras propias de la poca clsica: una taxinomia o una historia natural relativamente poco contaminada por el saber que exista entonces en la fisiologa animal o vegetal; un anlisis de las riquezas que se cuidaba poco de los postulados de la aritmtica poltica que le era contempornea; en fin, una gramtica general que no tena nada en comn con los anlisis histricos y los trabajos de exgesis que se proseguan simultneamente. En efecto, se trataba de figuras epistemolgicas que no estaban sobreimpresas a las ciencias tal como fueron individualizadas y nombradas en el siglo XIX. Tambin he visto emerger entre estas diferentes figuras, una red de analogas que trascendan a las proximidades tradicionales: entre la clasificacin de las plantas y la teora del acuamiento de las monedas, entre la nocin del carcter genrico y el anlisis de los intercambios comerciales, uno encuentra, en las ciencias de la poca clsica, isomorfismos que parecen desdear la extrema diversidad de los objetos considerados. El espacio del saber, en la edad clsica, est organizado de una manera enteramente diferente de aquella, sistematizada por Comte o Spencer, que domina el siglo XIX. Est aqu el segundo riesgo que he tomado: haber escogido describir no tanto la gnesis de nuestras ciencias sino un espacio epistemolgico propio de un perodo particular.

 

3) En consecuencia, no he operado en el nivel que es habitual al historiador de las ciencias debera decir de los dos niveles que le son habituales. En efecto, por un lado, la historia de la ciencia retraza el progreso de los descubrimientos, la formulacin de los problemas, registra el tumulto de las controversias; analiza tambin las teoras en su economa interna; brevemente ella describe los procesos y los productos de la conciencia cientfica. Por otro lado, sin embargo, intenta restituir lo que ha escapado a esta conciencia: las influencias que la han marcado, las filosofas implcitas que la subtienden, las temticas no formuladas, los obstculos invisibles; ella describe el inconsciente de la ciencia. Este inconsciente es siempre la vertiente negativa de la ciencia esto que la resiste, la hace desviar o la perturba. Quisiera, en cuanto a m, poner al da, un inconsciente positivo del saber: un nivel que escapa a la conciencia del investigador y que sin embargo forma parte del discurso cientfico, en lugar de cuestionar su validez y disminuir su naturaleza cientfica. Lo que la historia natural, la economa y la gramtica de la poca clsica tenan en comn no estaba ciertamente presente en la conciencia del cientfico; o, entonces, la parte de la conciencia era superficial, limitada y casi de pura fantasa (Adanson, por ejemplo, soaba con establecer una denominacin artificial de las plantas; Turgot comparaba la acuacin de monedas al lenguaje); pero, sin que ellos fuesen conscientes, los naturalistas, los economistas y los gramticos utilizaban las mismas reglas para definir los objetos propios de sus campos de estudio, para formar sus conceptos, construir sus teoras. Son estas reglas de formacin que no tendrn jams formulacin distinta y que no se perciben ms que a travs de las teoras, los conceptos y los objetos de estudio ms extremadamente diferentes, las que intent poner de relieve, aislando, como su lugar especfico, un nivel que he llamado, quizas de manera un tanto arbitraria, arqueolgico. Tomando como ejemplo el perodo cubierto por este libro, he intentado determinar el fundamento o sistema arqueolgico comn a toda una serie de representaciones o productos cientficos dispersos a travs de la historia natural, la economa y la filosofa de la edad clsica.

 

4) Deseara que el lector penetre en este libro como en un sitio abierto. Numerosas cuestiones han sido aqu planteadas que no han encontrado an respuestas; y entre las lagunas, hay muchas que reenvan ya sea a trabajos anteriores, ya sea a trabajos que no estn an acabados, ni incluso comenzados. Pero deseara evocar tres problemas.

 

El problema del cambio. Se ha dicho de este libro que negaba la posibilidad misma del cambio. Y sin embargo la cuestin del cambio es lo que ha constituido mi preocupacin principal. En efecto, dos cosas en particular me han sorprendido: por un lado la manera sbita y radical con la cual algunas ciencias fueron objeto algunas veces de una reorganizacin; y por otra parte el hecho que en la misma poca cambios similares han intervenido en disciplinas en apariencia muy diferentes. En el espacio de algunos aos (alrededor de 1800) se remplaz la tradicin de la gramtica general por una filologa esencialmente histrica; se ordenaron las clasificaciones naturales segn los anlisis de la anatoma comparada; se fund una economa poltica cuyos temas principales eran el trabajo y la produccin. Frente a una combinacin de fenmenos tan sorprendente me pareci que era necesario examinar estos cambios de ms cerca sin buscar, en nombre de la continuidad, reducir su desencadenamiento sbito o restringir su alcance. De entrada me pareci que en el interior del discurso cientfico se operaban diferentes tipos de cambio cambios que no intervenan en el mismo nivel ni progresaban al mismo ritmo ni obedecan a las mismas leyes; la manera en la que en el interior de una ciencia particular se elaboraban nuevas proposiciones, eran aislados nuevos hechos y eran forjados nuevos conceptos (todos eventos que constituyen la vida cotidiana de una ciencia) no provenan, probablemente, del mismo modelo que la aparicin de nuevos campos de estudio (y la frecuente desaparicin concomitante de los antiguos); pero la aparicin de nuevos campos de estudio, a su vez, no debe ser confundida con estas redistribuciones globales que modifican no solamente la forma general de una ciencia sino tambin sus relaciones con otros dominios del saber. En consecuencia me pareci que no era necesario reducir todos estos cambios a un mismo nivel, ni hacerlos confluir en un solo punto, ni referirlos al genio de un individuo o un nuevo espritu colectivo o incluso a la fecundidad de un solo descubrimiento; que sera mejor respetar estas diferencias e incluso intentar aprehenderlas en su especificidad. Es con este espritu que emprend la descripcin de la combinacin de las transformaciones concomitantes al nacimiento de la biologa, la economa poltica, la filologa, de un cierto nmero de ciencias humanas y de un nuevo tipo de filosofa al comienzo del siglo XIX.

 

El problema de la causalidad. No siempre es fcil determinar lo que entraa un cambio especfico en el interior de una ciencia. Qu es lo que ha vuelto posible este descubrimiento? Por qu ha aparecido este nuevo concepto? De donde ha venido esta teora? Y aquella otra? Tales preguntas frecuentemente son extremadamente embarazosas porque no existen principios metodolgicos bien definidos sobre los cules uno pueda fundar este tipo de anlisis. El embarazo aumenta en el caso de los cambios generales que transforman globalmente a una ciencia. Incluso se acrecientan en el caso en el que tenemos que vrnoslas con muchos cambios que se corresponden. Pero sin duda alcanzan el mximo en el caso de las ciencias empricas, porque si el rol de los instrumentos, de las tcnicas, las instituciones, los eventos, las ideologas y los intereses es totalmente manifiesto, no se sabe verdaderamente cmo opera una articulacin a la vez compleja y diversamente compuesta. Me pareci que no sera prudente, por el momento, imponer una solucin que, lo admito, me senta incapaz de proponer: las explicaciones tradicionales el espritu del tiempo, los cambios tecnolgicos o sociales, las influencias de todo tipo me han parecido, en su mayor parte, ms mgicas que efectivas. Por tanto en este libro he dejado de lado el problema de las causas[2] para elegir limitarme a la descripcin de las transformaciones mismas, considerando que sto constituira una etapa indispensable si una teora del cambio cientfico y la causalidad epistemolgica deba, un da, tomar forma.

 

El problema del sujeto. Distinguiendo entre el nivel epistemolgico del saber (o de la conciencia cientfica) y el nivel arqueolgico, he tenido conciencia de comprometerme en una va muy difcil. Se puede hablar de la ciencia y de su historia (y por lo tanto de sus condiciones de existencia, de sus transformaciones, de los errores que cometi, de los sbitos avances que la han proyectado en una direccin nueva) sin hacer referencia al cientfico mismo y no hablo solamente del individuo concreto representado por un nombre propio, sino de su obra y de la forma particular de su pensamiento? Se puede apuntar con cierta validez, a una historia de la ciencia que retraze desde el comienzo hasta el fin todo el movimiento espontneo de un cuerpo de saber annimo? Es legtimo, incluso til, reemplazar el tradicional X pensaba que... por un se saba que...? Pero no era precisamente ste el proyecto que me haba planteado. No busco negar la validez de las biografas intelectuales, o la posibilidad de una historia de las teoras, de los conceptos o los temas. Me pregunto simplemente si tales descripciones son en s mismas suficientes, si ellas rinden justicia a la extraordinaria densidad del discurso cientfico, si no existen, fuera de sus fronteras habituales, sistemas de regularidad que juegan un rol decisivo en la historia de las ciencias. Quisiera saber si los sujetos responsables del discurso cientfico no estn determinados en su situacin, en su funcin, en su capacidad de percepcin y en sus posibilidades prcticas por las condiciones qui los dominan e incluso los aplastan. Brevemente, he intentado explorar el discurso cientfico no desde el punto de vista de los individuos que hablan ni desde el punto de vista de las estructuras formales que regan lo que ellos decan, sino desde el punto de vista de reglas que entran en juego en la existencia misma de tal discurso; qu condiciones deba cumplir Linneo (o Petty, o Arnauld) no para que su discurso fuese, de una manera general, coherente y verdadero, sino para tuviese, en la poca que estaba escrito y aceptado, un valor y una aplicacin prctica en tanto que discurso cientfico o ms exactamente, en tanto que discurso naturalista, econmico o gramatical?

Sobre este punto tambin soy consciente de no haber progresado mucho. Pero no quisiera que el esfuerzo que he cumplido en una direccin fuese tomado como un rechazo de todas las otras aproximaciones posibles. El discurso en general, y el discurso cientfico en particular, constituye una realidad tan compleja que no es solamente posible sino necesario abordarlo en niveles diferentes y segn mtodos diferentes. Si hay una aproximacin que rechazo categricamente es la que (llammosla en grueso, fenomenolgica) da una prioridad absoluta al sujeto de la observacin, atribuye un rol constitutivo a un acto y plantea su punto de vista como origen de toda historicidad es la que, brevemente, desemboca en una conciencia trascendental. Me parece que el anlisis histrico del discurso cientfico debera, en ltimo trmino, concernir a una teora de las prcticas discursivas ms que a una teora del sujeto del conocimiento.

 

5) Quisiera, para terminar, dirigir un ruego al lector de lengua inglesa. En Francia algunos comentaristas limitados persisten en pegarme la etiqueta de estructuralista. No he logrado imprimir en sus espritus estrechos que yo no he utilizado ninguno de los mtodos, ninguno de los conceptos o de las palabras claves que caracterizan al anlisis estructural. Estara reconocido a un pblico ms serio por liberarme de una asociacin que, ciertamente, me hace honor, pero que no merezco. Pueda que existan ciertas similitudes entre mi trabajo y el de los estructuralistas. Me sentara mal a m ms que a cualquier otro- pretender que mi discurso es independiente de condiciones y reglas de las que soy en buena parte, inconsciente, y que determinan otros trabajos que se hacen hoy. Pero es demasiado fcil sustraerse a la tarea de analizar un trabajo pegndole una etiqueta rimbombante pero inadecuada.

 

 

 

Notas:

[1] Algunas veces utilizo trminos como pensamiento o ciencia clsica, pero ellos casi siempre reenvan a la disciplina particular que es examinada.

[2] He abordado esta cuestin en relacin con la psiquiatra y la medicina clnica en dos obras anteriores.

 

 

Fuente:

Foreword to the English Edition; trad. F. Durand-Bogaert. En M. Foucault, The 
Order of Things
, Londres, Tavistock, 1970, pp.IX-XIV.
Traducido de M. Foucault, 
Dits et crits II
(1970-1975), Paris, Gallimard, 1994.

 

 

Traduccin:

Adrian Ortiz.