MATHILDE FRIGARD, CIENTIFICA Y CRIMINAL. CUANDO
LA HISTORIA DE LAS CIENCIAS SE CRUZA CON
LA CRÓNICA DE SUCESOS
(1)
Jacqueline Carroy
Natalie Richard

 

 

El 13 de mayo de 1867 un cochero descubre en el bosque de Fontainebleau un cadáver de mujer parcialmente descompuesto. Ni el comisario de policía personado en el lugar de los hechos ni los médicos pueden pronunciarse sobre la causa de la muerte. Sin embargo, el atestado autoriza al Fiscal del Imperio a requerir una investigación por asesinato. La víctima, identificada como Sidonie Mertens, llegó a Fontainebleau acompañada por una amiga, Mathilde Frigard, que regresó sola a París. El juez de instrucción de Fontainebleau, Hippolyte Bouilly, da orden de buscar a Mme. Frigard en París. El registro realizado en su vivienda permite descubrir un revólver y una biblioteca con obras de medicina. Durante los diecinueve interrogatorios que tienen lugar entre mayo y julio de 1867, Mme. Frigard no reconoce nada. Afirma que el objetivo del viaje de Mme. Mertens era Melun, donde debía sufrir un aborto, y acusa a un tal Williams, un hombre misterioso.

La incertidumbre que subsiste desde el principio de esta encuesta es esencial en este caso. Desde luego, Mathilde Frigard aparece como muy probablemente culpable, pues numerosos indicios contradicen su versión. La autopsia de Mme. Mertens demuestra que no estaba encinta y nadie confirma la existencia de Williams. Y sobre todo, la encuesta revela que el asesinato ha podido tener por móvil el robo. En efecto, la inculpada ha adquirido una cantidad de comestibles para sacar adelante a su familia, cuando inmediatamente antes parecía no tener dinero. Justifica su enriquecimiento por el hecho de haber sostenido un salón de espiritismo y sobre todo por haber servido de proxeneta a su amiga. Pero la cuenta bancaria de ésta ha sido vaciada por medio de falsificaciones que un experto atribuye a Mme. Frigard. A pesar de estos indicios, nada prueba directamente la culpabilidad de ésta en el asesinato: ningún testigo ha presenciado el crimen; los médicos, a despecho de las tres autopsias realizadas sobre la víctima, son incapaces de pronunciarse sobre la causa de la muerte. Se pronuncian por la asfixia. Pero la ausencia de signos de lucha sigue representando un problema, y la posibilidad del uso de un veneno queda en el aire.

Por todo esto, cuando se abre el proceso el nueve de agosto en Melun, la acusación debe esforzarse en aportar el mayor número posible de pruebas indirectas de la culpabilidad de la acusada. A tal efecto, se insiste sobre las personalidades de la víctima y de la criminal, y se reactiva un proceso con tres años de antigüedad. Mme. Frigard realizó excavaciones en un castillo de Normandía, en Crèvecoeur-en-Auge, para encontrar un tesoro con la ayuda de una doméstica normanda, Léonie Leboulanger, a la que magnetizó. Al fracasar las investigaciones, el propietario del castillo se sintió embaucado y presentó una querella contra la autora de las excavaciones por no haber dejado tapadas las practicadas en el jardín. Arruinada por este asunto, esta comerciante hasta entonces respetable, dejando marido e hijos fue a París a buscar fortuna, y es así como encontró a Mme. Mertens.

El proceso hizo mucho ruido. Concluyó el catorce de agosto con una condena a cadena perpetua, condena extremada para una mujer teniendo en cuenta la época (Shapiro, 1996), sobre todo porque había sido defendida por una estrella del foro, Charles Alexandre Lachaud,(2) especialista en causas delicadas, que se hizo célebre por sus defensas de los casos Laffargue, en 1841, y Troppmann, en 1867 (Perrot, 1981; Plaidoyers..., 1885). Sin embargo, Mme. Frigard rehusó la apelación, reclamó la presencia del fiscal en la prisión de Melun y le reveló dos secretos: su embarazo (dará a luz en prisión en diciembre de 1867) y el modo como habría matado a Mme. Mertens haciéndole respirar ácido prúsico.

El caso, que llegó a ser una causa célebre, dejó muchas huellas. El texto casi completo de la instrucción se conserva en los archivos departamentales de Seine-et-Marne.(3) El proceso fue comentado en numerosos periódicos nacionales o locales, destinados al público culto o al popular. Dio lugar a informes muy detallados, como los del cronista judicial Jérôme Baïssas en la Situation y en el Temps. Provocó también el interés de la prensa satírica, que publicó una coplilla (La Vie parisienne, 7 de septiembre de 1867). El proceso suscitó también una literatura posterior. Baïssas prolongó sus informes con un folletín centrado en las excavaciones del castillo de Crévecoeur-en-Auge (La Situation, 8 de septiembre- 5 de octubre de 1867; Baïssas, 1867). El caso Frigard figura en las memorias apócrifas de M. Claude, jefe de policía del Segundo Imperio (Mémoires...., 1881-1882, IV: 42-74). Será también objeto de un relato de tema judicial titulado La femme à lombrelle (Bouchardon, 1930).

A pesar de su gran disparidad, estas fuentes convergen sobre la culpabilidad y las motivaciones del crimen. Construyen un discurso coherente sobre aquello que convenció de la culpabilidad de Mathilde Frigard a sus contemporáneos. Pero los argumentos aducidos pueden parecer poco convincentes. El misterio persiste y parece reclamar una investigación complementaria que algunas fuentes disponibles hacen posible.

No cuesta demasiado trabajo dar el paso que, en algunos casos, separa al historiador del detective, y podríamos cómodamente tomarnos por algún personaje de las novelas de Emile Gaboriau, contemporáneo del caso. Es difícil resistir a la tentación de proponer una nueva solución al enigma, y como Pierre Bayard a propósito de El asesinato de Roger Ackroyd (1998), cederemos al placer intelectual de sugerir al menos algunas pistas contrarias al acta de acusación. Este juego de especulaciones no es tan gratuito como parece, pues apunta a otras lecturas de las fuentes. Situadas fuera de la lógica judicial, estas lecturas permiten proponer un retrato diferente del de ese monstruo criminal bosquejado con ocasión del proceso, el de una mujer sometida a las culturas y a los códigos propios de su época y, por eso mismo, atravesada por múltiples contradicciones. Estas lecturas autorizan también a buscar en este material algunos indicios acerca del ambiguo estatuto de ciertos saberes como el magnetismo y la arqueología. De este modo, la historia de un suceso y la de las ciencias van a entrecruzarse.

 

Retrato de una criminal en hábito de científica.

Los acusadores de Mathilde Frigard se esfuerzan por diversos medios en dar la imagen de una mujer potencialmente criminal por el hecho de ser científica.

En la prensa, los cronistas insisten sobre el misterio del crimen de Fontainebleau. "Algo misterioso parece planear sobre este asunto", escribe el corresponsal del Droit el 10 de agosto de 1867. "En un caso en el que faltan absolutamente pruebas directas y materiales" (Le Figaro, 14 de agosto de 1867), todos señalan la importancia del examen de la personalidad y del pasado de la acusada, al que está totalmente consagrada la audiencia del 12 de agosto de 1867. Retomando algunos elementos sobre los que ya se había detenido el juez de instrucción, el presidente llama la atención del tribunal sobre ciertos hechos que se presentan como indicios de la naturaleza criminal de la acusada. Los episodios de malestar de Mme. Mertens antes de su muerte, que sugieren un envenenamiento, son objeto de una atención particular (La Situation, 14 de agosto de 1867; Le Temps, 14 de agosto de 1867). En este punto la acusación se interesa sobre todo por los conocimientos médicos de Mme. Frigard. El doctor Bergeron recibe del juez de instrucción el encargo de examinar los libros de medicina descubiertos en su casa, que dice haber heredado de su padre. En su informe del 2 de julio de 1867 (UP 51 640), el médico intenta explicar "el fin que podría buscar la Frigard procurándose y leyendo estas obras". Insiste en el hecho de que poseía un diccionario de toxicología y un tratado del arte de componer fórmulas, con una señal en la página de los estupefacientes y los calmantes. Señala, además, que se trata de obras destinadas a técnicos "que no suelen leer las personas corrientes". Se sugiere, así, que Mme. Frigard habría intentado tener acceso de manera indebida a un saber reservado a los especialistas.

Idéntico interés despierta su práctica del magnetismo. La acusación plantea la legitimidad discutible de este saber, calificado por el presidente del tribunal de "ciencia sobrenatural" (Le Figaro, 11 de agosto de 1867). El testimonio de la sonámbula Léonie suninistra la ocasión de insistir sobre los abusos magnéticos de Mme. Frigard, que habría hecho dormir con demasiada frecuencia a la joven con desprecio de su salud. En este punto la acusada se defiende vigorosamente. Por ejemplo, responde al presidente: "No sé si estas ciencias son, como dice usted, sobrenaturales" (Le Figaro, 11 de agosto de 1867). Del mismo modo, la posesión de un revólver contribuye al descrédito de Mme. Frigard. El armero que le vendió el arma fue llamado a testificar, y corrió el rumor de que la habrían visto disparar sobre flores y gatos, acerca de lo que, interrogada por el presidente, se defiende (La Situation, 14 de agosto de 1867). Se plantea un paralelismo entre la acusación de poseer armas (lo que constituye un privilegio del ciudadano) y las afirmaciones hechas a propósito de la usurpación de saberes reservados a los especialistas masculinos.

Estas líneas argumentales desembocan en la presentación de Mme. Frigard como mujer "viril", desnaturalizada, verdadera "señor de la casa", "hombre de la familia" (Le Droit, 10 de agosto de 1867; Le Figaro, 15 de agosto de 1867), cuyas "costumbres no son las de todas las mujeres" (L:e Figaro, 11 de agosto de 1867). Los saberes que posee son presentados como ilegítimos y peligrosos: peligrosos porque son, de por sí, instrumentos posibles de asesinato o de falsificación; ilegítimos, porque son imperfectamente dominados por una persona a la que ni su sexo ni su educación autorizan el acceso a ellos. En ausencia de pruebas más directas de culpabilidad, tal parece ser uno de los argumentos centrales de la acusación, condensado por el presidente del tribunal al final de su resumen de los debates:

"Es una mujer viril. Es también un espíritu entregado a todos los apetitos, a todas las ambiciones, a todas las quimeras, para llegar al objeto de sus deseos, la fortuna. Para ella no hay nada imposible; si la tierra se niega a darle los tesoros que guarda, los buscará en el mar, y para triunfar acude a todos los medios, incluso los medios sobrenaturales, el magnetismo, el espiritismo" (Gazette des tribunaux, 15 de agosto de 1867).

En este caso los temas escogidos por la acusación y por los comentaristas del proceso pueden parecer extraños. Podrían haberse planteado argumentos más clásicos propios de los procesos de mujeres criminales, como la pasión amorosa o la depravación de las costumbres la prostitución, el proxenetismo o el abandono del hogar conyugal- entre otros (Shapiro, 1996). Semejante elección parece responder a la intención de jugar con el sensacionalismo vinculado al magnetismo y a la arqueología. Los periodistas, intentando atraer lectores, organizan el espectáculo seleccionando y amplificando ciertos elementos del caso. Así ocurre en el folletín de Baïssas: en su "comedia seria" (1867: 63), varias curiosidades asociadas a numerosos enigmas se conjugan y se refuerzan: el misterio de un crimen y el de una criminal, el de un tesoro escondido y el de un fluido de propiedades extraordinarias.

Por otra parte, el guión desarrollado en el curso del proceso nos parece parcialmente suscitado por los silencios y las provocaciones de la propia acusada. Por un lado, la actitud de Mme. Frigard presenta el aspecto de un desafío a los médicos incapaces de comprender cómo se ha producido la muerte de su amiga cuando "revela" que ha empleado ácido prúsico. La hipótesis de una provocación resulta apoyada por la medicina legal actual, que confirma la verosimilitud de la declaración de Mme. Frigard. El doctor Emmanuel Lemettre, a quien hemos pedido opinión sobre el expediente, concluye, en efecto, que "la hipótesis de un envenenamiento por ácido cianhídrico (nombre actual del ácido prúsico) [...] parece menos fantástica que la formulada por los forenses de la época".(4) Esto prueba al menos que Mme. Frigard poseía buenos conocimientos toxicológicos y que era capaz de describir, si no de realizar, un argumento de asesinato científicamente verosímil.

Por otro lado, la actitud impenetrable de la acusada reforzó la tesis de la acusación. Para explicar esta actitud se podría sugerir que aquella intentaba ante todo, a lo largo del proceso judicial, esconder su embarazo ilegítimo. De ser así, es posible que quisiera obstaculizar, en el curso de los interrogatorios, toda interpretación de su crimen que hubiera puesto de relieve elementos vinculados a la naturaleza femenina tal como se la concebía en la época. Enredada en esta estrategia a corto plazo, Mme. Frigard prefirió tal vez sufrir una dura condena por asesinato a hacer saber que esperaba un hijo, sabiendo que el reconocimiento de su embarazo habría conllevado una atenuación de su condena. Así, después de la lectura del veredicto de culpabilidad, en el momento en que el tribunal va a pronunciarse sobre la duración de la sentencia, Mme Frigard rehusa exponer argumentos, aparentemente conocidos por su abogado, susceptibles de reducir la pena (Le Figaro, 16-17 de agosto de 1867). Bloqueada sobre su secreto, logra engañar a los jueces y a los periodistas que, sin embargo, describen detalladamente su aspecto físico. Todos describen su forma extraña de mantenerse inclinada, y sobre todo la máscara impenetrable que parece llevar sobre su rostro, pero lo interpretan como un signo de indiferencia. Incluso tras el anuncio de su embarazo en la prensa, el retrato de una mujer fría y asexuada, "viril", científica y culpable, persiste.

Si se acepta esta interpretación, Mme. Frigard aparece como una mujer presa de las convenciones morales y sociales de la época, pero también como una asesina contestataria frente a un orden masculino. Este doble retrato posee sin duda una parte de verosimilitud, pero no es el único posible. Apartándonos de la lógica judicial, podemos trazar otro retrato, quizá más conforme a las representaciones de la época: el de una mujer interesada por la medicina, partícipe de una "cultura magnética" y cuya visión de las relaciones humanas es tributaria de las categorías propias de esa cultura.

 

Una hija de médico, magnetizadora y médium.

En el curso de los interrogatorios, Mme. Frigard entabla con el juez una justa verbal compleja, en la que se muestra como hija de médico poseedora de elementos del saber médico. En este campo aparece sobre todo como impregnada de una cultura magnética, utilizando un lenguaje que su interlocutor no puede o no quiere entender y que, por eso mismo, la hace sospechosa.

Así, describe clínicamente los síntomas del supuesto embarazo de Mme. Mertens, evocando los "ojos hundidos" (14 int., 26 de junio de 1867). Cuando Hippolyte Bouilly la interroga sobre los "desvanecimientos" de Mme. Mertens, ella habla de un "ataque de nervios" que recuerda "la epilepsia", así como de una tentativa de suicidio (6 int., 4 de junio). En esta ocasión moviliza un diagnóstico médico para oponerse a la acusación de envenenamiento. Pura ostentación, pura invención? No es tan seguro, pues, en algunas cartas a su madre, Sidonie Mertens se describe a sí misma en términos análogos y, en el curso del proceso, un testigo dirá que la vio sufrir una crisis de "catalepsia". Estos ejemplos hacen pensar que Mathilde Frigard dispone de unos conocimientos médicos no despreciables. El uso provocativo que hace de ellos en el curso del proceso apunta contra los médicos parisinos investidos del título de expertos, que no son, como su padre, simples médicos rurales.

Para dar cuenta de estos elementos de saber médico, los informes del proceso resaltan la importancia del modelo paterno. El único momento en que Mme. Frigard ha manifestado alguna emoción es aquél en el que se menciona el fallecimiento de su padre, Alexandre Lebouis, y la excelencia de su reputación de médico filántropo. A él remiten, tanto ella como sus acusadores, sus conocimientos de medicina. Como para muchas mujeres del siglo diecinueve, su gusto por el saber aparece asociado a una figura masculina y familiar. De creer a la Gazette des Tribunaux, la acusada parece lamentar siempre que su educación haya sido "mediocre", lo que no acepta el presidente del tribunal, que insiste en sostener que esa educación ha sido "muy desarrollada" e "igual a su inteligencia" (10 de agosto de 1867). Educada en la escuela del pueblo, y luego en casa, Mme. Frigard no parece haber recibido la educación más burguesa, y si se quiere más coherente, de los conventos. En este sentido es representante de una pequeña burguesía provinciana, y en ningún caso su relación con el saber hace de ella un personaje de elite, semejante a las primeras estudiantes de medicina de finales del Segundo Imperio.

En un nivel más profundo, Mathilde Frigard participa de una cultura médico-magnética que se pone de manifiesto en las entrevistas con el juez de instrucción Bouilly.

El desafío a la medicina oficial es congruente con su adhesión al magnetismo, que se presenta en esa época como alternativa terapéutica frente al establishment (Carroy 1991, Méheust 1998, Peter 1999). En múltiples ocasiones alega y exhibe esta adhesión en el curso del proceso. Los interrogatorios concernientes a Léonie conducen a la acusada a presentarse como una magnetizadora conocedora de las técnicas y eficaz. Insiste especialmente acerca de la importancia de la voluntad en la magnetización, lo que la vincula a la corriente neomesmérica (Deleuze, 1825: 7; Du Potet, 1846: 24-25). Su singularidad consiste, evidentemente, en reivindicarse como magnetizadora, dado que en la época son mayoritariamente los hombres quienes magnetizan y las mujeres quienes duermen.

Pero al contrario que entre los mesmeristas rigurosos, como por ejemplo su compatriota de Caen el doctor Edouard Perrier quien, en el Journal du magnétisme de du Potet (1854: 79) rechaza la evocación de los espíritus y la juzga contradictoria de una ciencia basada en el fluido- se presenta también como adepta del espiritismo. Se sitúa, así, en un sincretismo frecuente en la época (Edelman, 1995) que, más allá de las ortodoxias doctrinales, busca una ciencia multiforme de lo maravilloso. Si los interrogatorios le hacen reivindicar el haber dirigido un salón espiritista para explicar sus ingresos económicos, el papel que podría haber representado en él queda en la sombra y sólo se ve iluminado a través de fuentes más íntimas o más raras que nos dan una visión bastante diferente de Mathilde Frigard. Así, el 8 de abril de 1867, su marido le escribe que, teniendo en cuenta "la situación muy precaria" de la familia y "que ante todo hay que vivir", acepta su proyecto de abrir un "salón de espiritismo" en París: "te irá bien, admito desde luego que tienes virtudes de médium; ve a ver al Barón du Potet, quizá esté encantado de secundarte en este intento, e incluso de ayudarte" (UP 51 640). Así pues, su marido le reconoce dotes de médium sonámbula, amalgamando mesmerismo y espiritismo. Baïssas imputa igualmente, de forma harto breve, a Mme. Frigard que haya jugado a médium y haya alardeado de poder hablar con su padre y su hijo muertos (1867: 71-72). Numerosos indicios podrían también conducir a ver a Mathilde Frigard bajo una luz diferente de la del magnetismo mesmérico "voluntario" que se impuso en el proceso, y cuyos rasgos acentuó luego Baïssas en su folletín. Así se la descubre en un papel más "femenino" y más banal según los criterios de la época.

La cultura magnética de Mme. Frigard tiene incidencias profundas, ya que orienta los relatos que hace al juez de instrucción haciéndolos en gran medida incomprensibles para éste. Esta es probablemente una de las razones por las cuales Bouilly la trata como una adversaria enigmática, siempre mentirosa y, en consecuencia, culpable. Ahora bien: muchas de sus "rarezas" o de sus "mentiras" cobran sentido si se sitúan en un mundo de representaciones que probablemente sólo aparecían a los ojos del juez como simples engaños. Con ocasión del duodécimo interrogatorio del 22 de junio, la inculpada refiere un secuestro del que habría sido víctima en abril de 1867, aproximadamente en el momento en el que, como luego se sabrá, ha concebido un hijo. Dos individuos la siguen. Le pasan "algo muy suave, como un pañuelo" alrededor del cuello; no puede gritar. "Por lo demás añade- cuando sufro una emoción un poco fuerte me ocurre lo mismo". Después es transportada, "privada casi de conocimiento". Le ponen bajo la nariz un pañuelo mojado, que ella rechaza porque tiene un olor desagradable. El testimonio hace elusión de lo que pasa luego, y se retoma el relato en el punto en que "... habiendo recobrado el conocimiento, dije a los dos individuos que se habían quedado conmigo que me robaran, si tal era su intención". El más alto dijo estar interesado en Mme Mertens, volvió a llevarla a su casa, la amenazó con represalias si habla, se quitó la barba y ella reconoció a Williams (UP 51 640).

Este relato comprende y combina varios registros, el policial, el sexual y el magnético. Se trata de un "arresto", como Mathilde Frigard dirá más tarde al juez. Es también una escena realista de seducción o de provocación, semejante a las que podían darse en las calles del París de la época y como cuentan varios testigos a propósito de Mme. Mertens. Pero esta vez no es la chica liviana quien es seguida y acompañada, sino precisamente Mathilde Frigard, su "carabina". Al comienzo, la historia se desarrolla como una violación magnética o bajo el efecto del cloroformo, argumento éste vulgarizado por las novelas de éxito, como por ejemplo Le Magnétiseur de Frédéric Soulié, y que comienza a ser tomado en serio por la medicina y por la justicia en los años 1860, y a dar lugar a ciertos problemas medicolegales: una mujer perdería la consciencia y descubriría luego, incrédula, que espera un hijo cuyo origen no comprende (Carroy 1992). Esta intriga nos resulta familiar actualmente sobre todo gracias a "La marquesa de O.", el relato de Kleist, quien era también adepto del magnetismo. Como el de Kleist, el relato transcrito en el interrogatorio se basa en la elipsis de una escena de concepción, que Mathilde Frigard colmará después de su proceso afirmando que fue violada por Williams. El juez de instrucción se niega de inmediato a creer en este atentado. Objeta a la inculpada que ella "no tiene miedo de los hombres" y concluye: "Su Williams es un mito" (16 int., 29 de junio). Rechaza como mendaz la imagen de la mujer pasiva, aterrorizada y presa de una "repulsión indecible" que Mme. Frigard da de sí misma y que le hace parecer la heroína seducida de una novela negra magnética.

También en otro episodio podrían observarse las huellas de una cultura magnética. Bouilly se encarniza en probar a Mme. Frigard que no es Mme. Mertens, como ella sostiene, sino ella misma quien propuso ir de excursión a Fontainebleau. Esta acaba por decir: "Pero si ella se empecinaba en hablar continuamente de lo que estaba haciendo y decía entonces que era yo quien la arrastraba!" (14 interrogatorio, 26 de junio). Ahora bien: la actitud que atribuye a la difunta es precisamente la que ella, en secreto, mantiene. En efecto, al comienzo del interrogatorio le ha imputado un embarazo de comienzos de abril, mientras que es ella misma la que ha quedado encinta en esas fechas. Podría evocarse, para comprender este juego de imputaciones, lo que en el vocabulario magnético se designaba bajo los términos de simpatía, de identificación y de rapport. El magnetizador siente simpáticamente o de forma indirecta lo que siente su magnetizado, mientras que el magnetizado se identifica directamente con el magnetizador, es como una parte del cuerpo de éste; se dice entonces que están en rapport, para retomar un libro clásico de la época, el de Joseph Deleuze (1825: 9). El rapport magnético es utilizado a menudo como metáfora de otros tipos de relaciones humanas. Puede suponerse que Mathilde Frigard pone en obra esta analogía para describirse a sí misma mediante un juego de identificaciones.

Al analizar con precisión sus respuestas a los interrogatorios puede uno darse cuenta de que los múltiples relatos que opone al juez están recorridos por "identificaciones" que emborronan las identidades, fusionan personajes enmascarados y que cambian de nombre, y hacen perderse a menudo a Bouilly. Uno de los leitmotive de los magnetizadores, retomado por Mme. Frigard en su proceso (Le Temps, 11 de agosto de 1867) consiste en reivindicar, como en el Art poétique de Boileau, que lo verdadero puede no ser verosímil. Esta verdad inverosímil que se encuentra en muchos tratados y novelas magnéticos da a las historias de Mathilde Frigard un aire a la vez realista y extraño y les dota a menudo de un carácter ambiguo, entre lo verdadero y lo falso, entre lo risible y lo angustioso.

Si tomamos en consideración esta verdad inverosímil podríamos vernos tentados de dirigirnos a los lectores psicoanalistas hablando de identificación en el sentido moderno y de fantasmas. Pero esto sería olvidar que si estos textos resuenan así en nuestros oídos es porque la cultura magnética forma parte del suelo nutricio del psicoanálisis. La confrontación de la instrucción a puerta cerrada nos permite todo lo más entrever lo que podía ser en el siglo diecinueve una cultura magnética interiorizada, que conforma una subjetividad, un imaginario, una forma de hablar de sí mismo y de los otros y de defenderse en un interrogatorio. Mal comprendida, o incomprendida por el juez de instrucción, esta subjetividad hace aparecer a la inculpada como una torpe simuladora, seguramente culpable.

El sumario de la instrucción permite, de este modo, dibujar el retrato de una mujer que posee los saberes y las técnicas médico-magnéticas, sumergida en una cultura en el seno de la cual se vive a sí misma y se presenta como actriz y como mujer voluntariosa, pero también como sujeto pasivo y como víctima. El libro de Baïssas, por su parte, arrastra al lector hacia otras reconstrucciones, que presentan a un personaje de mujer arqueóloga vinculado al de la magnetizadora; introduce, de otra manera, una reflexión sobre prácticas "paralelas" a las de la ciencia oficial.

 

Una arqueóloga magnetizadora.

Del resultado del proceso, y aún más de la lectura de Baïssas, se desprende sin duda que el hecho de que una mujer utilice o domine ciertos saberes la desnaturaliza como mujer; pero, a la inversa, el hecho de que los saberes sean utilizados por una mujer desnaturaliza esos saberes. Así ocurre con la arqueología. A este respecto, las fuentes suministran informaciones sobre prácticas particulares, asociadas a una ciencia de aficionado, pintoresca y espectacular, cuyas formas copian a veces las de la arqueología científica pero que, en su mayor parte, no ha dejado huellas en la literatura científica "oficial" y cuyo rastro habría de buscarse del lado de la literatura popular, sea de ficción o de vulgarización, así como en las fuentes judiciales, como muestra el caso Frigard.

La arqueología que practica Mme. Frigard se superpone parcialmente a la arqueología científica, la cual, en el siglo diecinueve, es todavía una ciencia de aficionados (Levine, 1986) reunidos en sociedades científicas, como, en Caen, la célebre Societé des antiquaires de Normandie (Bercé, 1997; Chaline, 1998). En el relato que propone Baïssas se ve a la futura criminal respetando la mayoría de procedimientos legítimos para las excavaciones medievales. Intenta combinar la información puramente arqueológica con la que figura en los documentos históricos, y a tal efecto acude a los archivos de Londres para consultar pergaminos relativos a la ocupación del castillo por los ingleses (Baïssas, 1867: 99). En las excavaciones procede, como se hace habitualmente, por sondeos y por calicatas (ibid.: 38-39; para los sondeos: 33). Los trabajos están bien organizados: Mme. Frigard determina su avance de manera precisa a través de medidas y alza un plano para informar de los progresos al propietario del lugar (ibid.: 78-81). Por otra parte, parece ser muy cuidadosa en la interpretación de los descubrimientos, haciendo analizar algunos depósitos por químicos (ibid.: 59), examinando la naturaleza de las capas arqueológicas (ibid.: 46) y datándolas por los vestigios que contienen (ibid.: 62), consagrando bastante tiempo a la reconstrucción de los objetos descubiertos (ibid.: 62). En todos estos puntos, Mme. Frigard aparece como una buena arqueóloga y Baïssas tiene buen cuidado de recordar que ella interpreta adecuadamente los vestigios que descubre, y que, por ejemplo, data con exactitud una bóveda de mampostería de la época galorromana (ibid.: 36), lo que se verá confirmado por las excavaciones ulteriores de Le Masquerier (ibid.: 113). No hay aquí nada que pueda evocar una ciencia marginal...

Por las mismas razones, el hecho de que esta arqueología esté orientada a la búsqueda de un tesoro no justifica que se la coloque fuera de la ciencia oficial y legítima. Pues la ciencia de la época está llena de búsquedas de tesoros, de las cuales la de Schliemann en Troya es la más célebre. El mismo Baïssas cita algunos ejemplos al respecto (ibid.: 130), y el hallazgo de monedas de oro y de plata de los siglos XV y XVI realizados en una vieja casa solariega en los alrededores de Avranches en marzo de 1864, en el momento en que comienzan las excavaciones de Crèvecoeur, suministra una prueba adicional (Bulletin de la Société des Antiquaires de Normandie, 5 año, t. III, 1864: 132). De este modo, la búsqueda de un tesoro, que gobierna toda la acción arqueológica de Mme. Frigard, no tiene nada de ilegítimo o de extraño. Desde esta perspectiva, es una "buscadora" como la designa Baïssas (ibid.: 62) que no se diferencia en nada, salvo en el sexo, de otros buscadores empujados por el gusto compartido de las antigüedades. El tema del tesoro, que atraviesa también la literatura científica, constituye una frontera permeable entre arqueología científica y ciencia popular, ya que pone en juego una estética y un gusto por lo maravilloso que fascinan a un público amplio, como mostrará años más tarde el caso paradigmático de Schliemann. Como es sabido, en el siglo XIX la Edad Media proporciona los temas estereotipados de una estética de moda, hecha de ruinas y de torreones, de mazmorras y de esqueletos emparedados, de oro y de armas escondidos. Todos estos ingredientes se mezclan en el relato del episodio de Crèvecoeur.

En su pesquisa, Mme. Frigard no se distingue de un "buscador" legítimo más que en algunos puntos. El primero, esencial para la acusación, es que su motivación sería menos la gloria científica que el dinero. En el curso del proceso, la mención del asunto de Crèvecoeur tiene, en efecto, por función principal presentar a la acusada como una mujer cuyo único objetivo sería hacer fortuna y que, para alcanzar sus fines, estaría dispuesta a poner en práctica los medios más irracionales y más deshonestos.

Las cualidades de arqueóloga que revela Baïssas se dejan en la sombra, en provecho del recurso al magnetismo. Para el juez, que no cree en él, esto constituye una prueba suplementaria de la deshonestidad de una mujer dispuesta a todo. El autor señala el contraste entre la credulidad sincera de Mme. Frigard en el magnetismo y el espiritismo (Baïssas, 1867: 27 y 93) con la falta de concreción y la falsedad cada vez más manifiesta de las visiones sonambúlicas; pone en escena la obstinación cada vez más irracional que la hace pasar insensiblemente de la sinceridad a la deshonestidad. Pero lo que también revela este relato es que el recurso al magnetismo en las excavaciones arqueológicas es una práctica que, a priori, no tiene nada de deshonesto. La familia Le Masquerier, propietaria del castillo, tenía curiosidad por el magnetismo, que practicaba en su salón de Caen con amigos médicos, así como por la frenología (ibid.: 31). Antes de que Mme. Frigard proponga intervenir con Léonie, una señora Le Masquerier había ido a París para interrogar al famoso sonámbulo Alexis (5) sobre la localización del tesoro (ibid.: 12). En la historia de Crèvecoeur las prácticas magnéticas o místicas en la arqueología no son exclusivas de Mme. Frigard. Aunque ausentes de la literatura arqueológica oficial, estas prácticas no parecen haber sido excepcionales. La literatura magnética muestra sus huellas, especialmente cuando algunos autores las condenan para depurar de todo charlatanismo lo que consideran una ciencia (p. ej. Molrin, 1860: 338). También las fuentes judiciales hacen mención de ellas cuando el fracaso de las excavaciones da origen a un proceso. Tal fue el caso de Mme. Frigard en 1865,(6) pero también de otros, como sugiere el relato de otro caso en Le Droit del 18 de enero de 1867. Estas fuentes permiten observar prácticas relativamente codificadas de consultas magnético-arqueológicas, en casa del sonámbulo o sobre el terreno. En un caso, el consultante lleva consigo un objeto o tierra; el (la) sonámbulo (a) ve oro, joyas y armas, a veces también cadáveres, y da las indicaciones en metros o en pies de la situación del tesoro. Cuando la consulta se hace sobre el terreno, el (la) sonámbulo (a) se desplaza y señala directamente el lugar en el que hay que cavar (Baïssas, 1867: 89).

De este modo, el caso Frigard no lleva al historiador de las ciencias solamente hacia los espacios sociales en que se sitúan principalmente las mujeres, marginales en relación con los espacios públicos de la ciencia; también le coloca frente a saberes paralelos, mal conocidos porque las huellas que han dejado no figuran en la literatura erudita clásica. Las prácticas magnético-arqueológicas pueden haber sido marginadas por la ciencia oficial, pero parecen haber pesado sobre su época más de lo que puede pensarse a primera vista, participando del desarrollo de un tema importante del imaginario científico de finales del siglo XIX, bien conocido por Freud: el del paralelismo entre el examen psicológico (o psicoanalítico) de un sujeto y la excavación arqueológica. Así, Baïssas pone en escena el doble argumento de una investigación en las profundidades de la tierra y la revelación de las profundidades psicológicas de su personaje principal. Esta doble clave permite comprender su destino de criminal: "Su sueño de fortuna escribe, significativamente- era su tesoro escondido" (ibid.: 21, subrayado nuestro). Su aspecto de autora se ve, por otra parte, reforzado, y como profundizado, por el personaje de la sonámbula que puede a la vez ver bajo tierra y sentir por "identificación" la psicología subterránea de la magnetizadora.

Más allá de las peripecias del suceso, el caso Frigard sumerge al historiador en un capítulo oscuro de la historia de las ciencias, en el que se desvelan prácticas paralelas mal conocidas que han podido configurar representaciones colectivas.

 

Epílogo: un personaje imposible de la historia de las ciencias.

Las excavaciones del castillo de Crèvecoeur no sacaron a la luz ningún descubrimiento relevante. No hubo tesoro espectacular que justificara que los nombres del lugar y de la buscadora debieran ser conservados por la historia de la arqueología. A cambio, Léonie llegó a ser un personaje en la historia del hipnotismo y de la psicología. En esta perspectiva sí que han quedado huellas del asunto de Crèvecoeur en la historia de las ciencias. Pero Mathilde Frigard ha desaparecido de ella.

Sin embargo, podría muy bien haber desempeñado el papel de precursora. En los años 1860, el hipnotismo y la sugestión, una nueva palabra y una nueva práctica venidos de más allá del Canal, comienzan a aparecer en Francia como la verdad científica que vendría a explicar y a suplantar al viejo magnetismo animal desacreditado ante las personas serias. En 1866, en Du sommeil et des états analogues, un libro poco valorado en el momento, el doctor Liébeault niega la existencia de un fluido y recomienda no dejar divagar a los sonámbulos y practicar, por el contrario, la sugestión hipnótica imperativa. A finales de siglo alcanzará un estatuto de precursor. Pero Mme. Frigard, nos dice Baïssas, fue criticada por los magnetizadores locales por la razón siguiente: "En lugar de ejercer sobre Léonie la influencia de su opinión personal hubiera debido abandonar a la sonámbula a sus propias inspiraciones" (1867: 33). Su práctica, calificada de desviacionista, se parece, como vemos, en ciertos aspectos a la de Liébeault. Y habría podido aparecer ulteriormente, a partir del final del siglo XIX, en la época de la sugestión triunfante, como pionera e innovadora en su tiempo.

Pero fue Léonie quien se llevó la fama en la historia del hipnotismo y de la psicología. En su obra, Baïssas le consagra un anexo titulado: "Para terminar, el retrato de Léonie" (1867: 123-128). Dicho retrato es más conforme a la imagen clásica de la sonámbula, que puede convertirse, en un lenguaje médico, en el de la mujer nerviosa o histérica. Así se comprende por qué, en una reseña del libro de Baïssas, Emile Zola afirma que no es Mme. Frigard la "criatura extraña y superior", sino más bien la sonámbula con su "máquina nerviosa [...] desequilibrada" quien "ha tomado las riendas" (1868:725).
Después de todo esto, Léonie tuvo una larga carrera de "sujeto científico", pues fue redescubierta en Le Havre hacia 1855, y descrita finalmente como una histérica con doble personalidad por el psicólogo Pierre Janet en 1889. Se convirtió en un caso internacionalmente célebre, ya fuera presentada como una enferma histérica, ya como poseedora de auténticos dones paranormales (Plas, 2000). Entre 1895 y 1897, trabajó como doméstica en casa de Mathieu Dreyfus, que intentó utilizar sus dones de investigadora sonambúlica para hacer justicia a su hermano. La revelación de esta historia provocó un escándalo (Carroy y Plas, 1995), como muestra la caricatura antidreyfusista de Caran dAche, "Magia", aparecida en Psst...! el 8 de abril de 1899. Y en ella, en la pared de la habitación en la que pasa consulta una vidente, se descubre el cuadro de una casa solariega medieval normanda...

Cuando, a comienzos del siglo XX, Pierre Janet reunió documentos sobre la historia del magnetismo y del hipnotismo, concedió a Léonie un puesto importante. Entre los documentos concernientes a ella, citó el libro de Baïssas, aunque relegándolo al estatuto de "librito muy singular" (1919: 73). Olvidando a Mathilde Frigard, magnetizadora de Léonie, Janet concedía al doctor Perrier, de quien hacía un precursor del hipnotismo, el estatuto de iniciador magnético de Léonie.

En esta tradición historiográfica, el caso de Crèvecoeur no es, en el mejor de los casos, más que un detalle singular, y la verdadera "carrera" como sujeto científico de Léonie comienza posteriormente. En cuanto a la magnetizadora "criminal", ni siquiera es un personaje de este episodio. Su caso no pertenece más que al género de las causas célebres, como prueba la obra de Pierre Bouchardon (1930), mientras que las excavaciones de Crèvecoeur se quedan para la historia local, como atestigua la reciente reedición del libro de Baïssas.(7)

 

BIBLIOGRAFÍA

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NOTAS

(1) Este trabajo forma parte de un volumen colectivo pendiente de publicación: CARROY, J.; EDELMANN, N.; OHAYON, A.; RICHARD, N. (Dirs.) Les femmes dans les sciences de l'homme (XIXe-Xxe siècles). Inspiratrices, collaboratrices ou créatrices?. La presente traducción, realizada por Luis Montiel, se incluye en este volumen con la autorización de sus autoras.

(2) Morembert, T. de, <<Lachaud (Chrales Alexandre)>>, Dictionnaire de biographie française, t. 18: 1502.

(3) AD 77, legajos UP 51 639 y UP 51 640.

(4) Lemettre, Emmanuel, <<Affaire Mertens>>, texto manuscrito, Instituto de Medicina Legal de Lille, octubre de 2000. Agradecemos la colaboración de Emmanuel Lemettre y Joel Blondiaux.

(5) Alexis Didier (1824-1886), fue uno de los más célebres sonámbulos magnéticos del siglo XIX (Carroy, 1991: 65-69; Méheust, 1998: 205-208).

(6) Archivos departamentales de Calvados. Juicios de la corte correccional, del 2 de enero de 1865 al 11 de diciembre de 1865. Primera sección. Cuaderno n 1. Juicio n 278, del 16 de agosto de 1865.

(7) Publicada en una colección titulada "Monographies des villes et villages du monde entier", la obra se ha visto amputada de su subtítulo, que hacía referencia al caso Frigard. El título de la edición original era Les trésors du château de Crèvecoeur, épisode de laffaire Frigard.

 

Fuente: Luis Montiel. Angel González de Pablo (Coords.), En ningun lugar, en parte alguna. Estudios sobre la historia del magnetismo animal y del hipnotismo, Madrid, Frenia S.C., Colección Historia y Crítica de la Psiquiatría, en prensa.

Traducción: Luis Montiel