Ideas de una psicología descriptiva y analítica
Wilhelm Dilthey

 

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I. LA TAREA DE UNA FUNDACIÓN PSICOLÓGICA DE LAS CIENCIAS DEL ESPÍRITU.

La psicología explicativa puede lograr su meta únicamente valiéndose de hipótesis. El concepto de hipótesis puede ser considerado de diverso modo. Todo razonamiento que trata de completar inductivamente un conjunto de experiencias debe designarse, en principio, como hipótesis. Porque la conclusión contenida en él encierra una expectativa que se extiende, por encima de lo dado, a algo no dado. Este tipo de razonamientos completadores se dan, naturalmente, en todo género de exposición psicológica. No puedo reducir un recuerdo a una impresión anterior sin la ayuda de un razonar semejante. Sería, por lo tanto, insensato pretender excluir de la psicología los elementos hipotéticos. Sería también injusto reprochar a la psicología explicativa el empleo de tales elementos, ya que tampoco la psicología descriptiva podría prescindir de ellos.

Pero en las ciencias de la naturaleza se ha elaborado el concepto de hipótesis en un sentido más concreto, a base de las condiciones que se dan en el conocimiento natural. Como en los sentidos se nos da únicamente la coexistencia y sucesión, sin ninguna conexión causal de lo que se presenta sucesivamente, la conexión causal se origina en nuestra captación de la naturaleza sólo mediante una acción que la completa. De esta hipótesis resulta un recurso necesario del conocimiento progresivo de la naturaleza. Por lo general, se nos presentan varias hipótesis como igualmente posibles y entonces se nos plantea la cuestión de comprobar una de ellas y desechar las demás desenvolviendo sus consecuencias y comparándolas con los hechos. La fuerza de las ciencias de la naturaleza radica en que, gracias a la matemática y al experimento, pueden prestar a este procedimiento el grado máximo de exactitud y de seguridad. El ejemplo mayor y más instructivo de cómo una hipótesis se traduce en un patrimonio seguro de la ciencia lo tenemos en la hipótesis copernicana de que la tierra gira en torno a su eje en veinticuatro horas menos cuatro minutos y posee, al mismo tiempo, un movimiento alrededor del sol que dura unos trescientos sesenta y cinco días y un cuarto, desenvuelta y fundada progresivamente por Kepler, Galileo, Newton, Foucault, etc. , hasta convertirla en una teoría sustraída a toda duda. Otro ejemplo famoso de cómo una hipótesis aumenta su probabilidad hasta el punto de que no es menester tener en cuenta otras posibilidades, lo constituye la explicación de la luz por la hipótesis ondulatoria frente a la hipótesis de la emanación. Saber en qué punto las hipótesis que se hallan en la base de una teoría científico-natural alcanzan este grado de probabilidad gracias al enlace con todo el conocimiento natural y al control de las consecuencias por medio de los hechos, de suerte que se pueda prescindir del nombre de hipótesis, es una cuestión naturalmente ociosa y, a la vez, insoluble. Contamos con un carácter muy sencillo mediante el cual poder distinguir las hipótesis dentro de ese amplio dominio de proposiciones fundadas en inferencias inductivas. Cuando una inferencia semejante puede colocar un fenómeno o un grupo de ellos en una conexión suficiente que se halle de acuerdo con los demás hechos conocidos y con las teorías válidas, pero no puede excluir otras posibilidades de explicación, estamos en presencia de una hipótesis. Nunca tropezamos con esta característica sin que una semejante proposición posea el carácter de hipótesis. Pero también cuando falta, cuando no se formaron hipótesis contrarias o no fueron corroboradas, queda abierta la cuestión de si una proposición fundada sobre conclusiones de carácter inductivo no posee, sin embargo, el carácter de hipótesis. No disponemos de ninguna característica absoluta que nos serviría para distinguir en todas circunstancias las proposiciones científico-naturales que encontraron para siempre su formulación definitiva de aquellas otras que expresan adecuadamente la conexión de los fenómenos sólo en la situación actual de nuestro conocimiento acerca de estos fenómenos. Siempre se da una solución de continuidad entre el grado máximo de probabilidad alcanzado por una teoría inductivamente fundada y el carácter apodíctico que corresponde a las relaciones matemáticas fundamentales. No sólo las relaciones numéricas poseen este carácter apodíctico; sea cualquiera la forma en que se haya originado nuestra representación del espacio, tal proceso se halla más allá de nuestra memoria: la tenemos delante y en cualquier punto de ella podemos captar las mismas relaciones fundamentales con absoluta independencia del lugar en que se presenten. La geometría constituye el análisis de esta representación espacial, independiente por completo de la existencia de los objetos singulares. En ello radica su carácter apodíctico y no se halla condicionada por el origen de esta representación espacial. En este sentido, las hipótesis no sólo tienen una significación decisiva como etapas determinadas en el origen de las teorías científico-naturales; no puede menos de observarse que, aun con el incremento máximo de la probabilidad de nuestra explicación de la naturaleza, no desaparecerá jamás su carácter hipotético. No por esto se conmueven nuestras convicciones científico-naturales Cuando Laplace introdujo el cálculo de probabilidades en el tratamiento de las inferencias inductivas se extendió también la mensurabilidad al grado de seguridad de nuestro conocimiento natural. Con esto quitamos toda base a la utilización del carácter hipotético de nuestra explicación de la naturaleza en favor de un escepticismo yermo o de un misticismo al servicio de la teología.

Pero cuando la psicología traslada el método científico-natural de formación de hipótesis, en cuya virtud se añade una conexión causal que completa lo dado, surge la cuestión de si tal traslado esta justificado. Habremos de mostrar que semejante transferencia tiene lugar, efectivamente en la psicología explicativa y habrá que ofrecer los puntos de vista que suscitan serias a esta transferencia  Ambas cosas las haremos por ahora provisionalmente ya que en la exposición ulterior se contienen desarrollos directos o indirectos a este respecto.

Constatemos, primeramente, el hecho que a toda psicología explicativa le sirve de base una combinación de hipótesis que se ofrecen como tales por la característica indicada, ya que no pueden excluir otras posibilidades. A cada uno de estos haces de hipótesis se les enfrentan docenas de haces diferentes. En esta psicología impera una lucha de todos contra todos, no menos violenta que la que reina en el campo de la metafísica. No se asoma en las lejanías del horizonte nada que pudiera arbitrar la disensión. Cierto que esa psicología se consuela pensando en los tiempos en que no era mejor tampoco la situación de la física y de la química; pero ¡cuánto le aventajan éstas gracias a la firmeza de sus objetos, al uso libre del experimento, a la mensurabilidad del mundo espacial! Además, la insolubilidad del problema metafísico de la relación entre el mundo espiritual y el corporal impide el desarrollo puro de un conocimiento causal seguro en este dominio. Nadie puede, pues, decir si cesará algún día esta lucha entre las hipótesis dentro de la psicología explicativa ni cuándo ocurrirá ello.

Cuando tratamos de establecer un conocimiento causal nos hallamos impedidos por una niebla de hipótesis sin ninguna perspectiva de comprobarlas con los hechos psíquicos. Direcciones muy influyentes de la psicología nos muestran esto con gran claridad. Una hipótesis semejante la tenemos en la teoría del paralelismo entre los procesos nerviosos y los procesos psíquicos según la cual tampoco los hechos espirituales más potentes son otra cosa que fenómenos acompañantes de nuestra vida corporal. Una hipótesis similar es también la reducción de todos los fenómenos de conciencia a elementos de tipo atómico que actúan entre sí según leyes. Hipótesis del mismo tipo es esa construcción, con intenciones de explicación causal de todos los fenómenos psíquicos con las dos clases de "sensaciones y sentimientos", con lo cual la voluntad, que en nuestra conciencia y en nuestra vida se presenta tan pujante, no sería más que una apariencia secundaria. Mediante puras hipótesis se deriva la autoconciencia a partir de los elementos psíquicos y de los procesos entre ellos. No disponemos más que de hipótesis acerca de los procesos causales por medio de los cuales la conexión psíquica adquirida influye constantemente de modo tan poderoso v misterioso en nuestros procesos conscientes de razonamiento y volición. Hipótesis nada más que hipótesis por todas partes. Y no como elementos subordinados que se acomodarían singularmente en la marcha mental de la ciencia. Tales hipótesis son, como vimos, inevitables. Por el contrario, hipótesis que, como elementos de la explicación causal psicológica permiten la derivación de todos los fenómenos psíquicos y tienen  que comprobarse en ellos.

Los representantes de la psicología explicativa se suelen apoyar en las ciencias de la naturaleza para cohonestar el empleo tan amplio de las hipótesis. Pero ya en el comienzo de nuestras investigaciones queremos proclamar la pretensión de las ciencias del espíritu a determinar de un modo independiente sus métodos, a tenor de su objeto. Las ciencias del espíritu, partiendo de los conceptos más generales de la metodología general, tienen que llegar, mediante la prueba con sus objetos espaciales, a métodos y principios más genuinos dentro de su campo, lo mismo que lo han hecho las ciencias de la naturaleza. No seremos mejores discípulos de los grandes pensadores científico-naturales por el hecho de trasladar a nuestro campo los métodos encontrados por ellos sino, al revés, plegando nuestro conocimiento a la naturaleza de nuestros objetos y comportándonos respecto a estos de igual modo a como ellos se comportan con los suyos. Natura parendo vincitur. Las ciencias del espíritu se diferencian de las ciencias de la naturaleza en primer lugar, porque éstas tienen como objeto suyo hechos que se presentan en la conciencia dispersos procedentes de fuera, como fenómenos, mientras que en las ciencias del espíritu se presentan desde dentro, como realidad, y, originalmente, como una conexión viva. Así resulta que en las ciencias de la naturaleza se nos ofrece la conexión natural sólo a través de conclusiones suplementarias por medio de un haz de hipótesis. Por el contrario, en las ciencias del espíritu tenemos como base la conexión de la vida anímica como algo originalmente dado. La naturaleza la "explicamos" la vida anímica la "comprendemos". Porque en la experiencia interna se nos dan también los procesos de causación, de los enlaces de las funciones como miembros especiales de la vida psíquica en un todo La conexión vivida es lo primario y lo secundario la distinción de los diversos miembros de la misma Este hecho condiciona la gran diferencia de los métodos con los cuales estudiamos la vida psíquica, la historia y la sociedad respecto a aquellos otros métodos que acarrean el conocimiento de la naturaleza Para la cuestión que aquí nos interesa resulta de la diferencia marcada que las hipótesis no desempeñan en modo alguno dentro de la psicología el mismo papel que dentro del conocimiento natural En éste se establece toda conexión mediante una formación de hipótesis, en la psicología la conexión es dada de un modo originario y constante en el vivir: la vida se nos da únicamente como conexión. La psicología no necesita, por lo tanto, de conceptos subyacentes logrados por una inferencia inductiva para establecer una conexión que abarque a los grandes grupos de hechos psíquicos. También en el caso en que una clase de efectos se halla condicionada interiormente y se presenta, sin embargo, sin conciencia alguna de las causas que actúan interiormente, como ocurre en la reproducción" o en la influencia que sobre procesos conscientes ejerce la conexión psíquica adquirida, sustraída a nuestra conciencia, es posible que la descripción y el análisis del curso de tales procesos los someta a la gran articulación causal del todo, que puede ser establecida partiendo de las experiencias internas. Y, por eso, cuando elabora una hipótesis sobre las causas de esos procesos no se halla obligada a colocarla enseguida en los cimientos de la psicología. Su método es del todo diferente del de la física o la química. La hipótesis no constituye su base imprescindible. Por lo tanto, cuando la psicología explicativa subordina los fenómenos de la vida psíquica a un número limitado de elementos explicativos unívocamente determinados, de absoluto carácter hipotético, no podemos admitir que sus representantes traten de respaldar esta actitud hablando de la suerte inevitable de toda psicología por analogía con el papel que desempeñan las hipótesis en el conocimiento natural. Además, tampoco las hipótesis en el campo psicológico poseen la capacidad de rendimiento de que han dado muestras en el conocimiento científico-natural. No es posible elevar los hechos de la vida psíquica a una determinación tan exacta como es necesaria para poder comprobar una teoría mediante la comparación de sus consecuencias con tales hechos. Por eso, en ningún punto decisivo se ha logrado la exclusión de otras hipótesis como en el conocimiento natural Pero nada semejante ocurre en los campos centrales de la psicología. Especialmente, esa cuestión, tan decisiva para la psicología constructiva, respecto a las relaciones causales que condicionan la influencia que sobre los procesos conscientes ejerce la conexión psíquica adquirida, o la del fenómeno de "reproducción", no han avanzado ni un solo Paso, a pesar de todos los esfuerzos. ¡Cuán diversamente se pueden combinar las hipótesis y con qué pareja facilidad se pueden derivar de ellas los grandes hechos psíquicos decisivos, la autoconciencia, el proceso lógico y su evidencia, la conciencia moral! Los propugnadores de semejantes haces hipotéticos poseen la mirada más despierta para aquello que puede servirles de corroboración, pero son no menos ciegos para lo que las contradice. En este caso sí podemos decir de la hipótesis lo que Schopenhauer afirmaba, erróneamente, de todas en general: una hipótesis semejante lleva en la cabeza donde entra o donde nació una vida que se puede comparar a la de un organismo, por la circunstancia de que no recibe del mundo exterior más que lo que le es homogéneo y le hace prosperar, mientras que lo que le es heterogéneo o perjudicial, o no lo deja acercarse o, si lo recibe inopinadamente, lo expulsa sin asimilación ninguna. Por eso estos haces hipotéticos de la psicología explicativa no poseen perspectiva alguna de adquirir el rango que corresponde a las teorías científico-naturales. Por eso nos planteamos la cuestión de si otro método de la psicología - el que nosotros designamos como descriptivo y analítico - podrá evitar esta fundación de nuestra comprensión de toda la vida psíquica sobre un cúmulo de hipótesis.

Porque el predominio de la psicología explicativa o constructiva, que funciona con hipótesis por analogía con el conocimiento natural, implica consecuencias extraordinariamente dañosas para el desarrollo de las ciencias del espíritu. El investigador positivo en este campo se ve obligado, al parecer, a renunciar a toda fundamentación psicológica o, bien, a apechar con todos los inconvenientes de la psicología explicativa. Por esto ha desembocado la ciencia actual en el dilema siguiente, que ha contribuido de modo extraordinario al incremento del espíritu escéptico y de un empirismo superficial, estéril y, por lo tanto, a la separación creciente de la vida con respecto al saber. O bien las ciencias del espíritu se sirven de los fundamentos que les ofrece la psicología, y cobran así un carácter hipotético, o tratan de resolver sus problemas desprovistas del fundamento de cualquier sinopsis científica ordenada de los hechos psíquicos, apoyadas únicamente en la equívoca psicología de la vida. En el primer caso, la psicología explicativa comunica a la teoría del conocimiento y a las ciencias del espíritu todo su carácter hipotético.
Podemos poner en un mismo plano a la teoría del conocimiento y a las ciencias del espíritu en lo que se refiere a la necesidad de una fundamentación psicológica, aunque existe una diferencia considerable en cuanto a la amplitud y la profundidad de este fundamento  Cierto que la teoría del conocimiento ocupa en la conexión de las ciencias un lugar muy diferente que las ciencias del espíritu.  Es imposible hacerla preceder de una psicología. Sin embargo, aunque en otra forma se ofrece también para ella el mismo dilema. ¿Es posible elaborar la teoría del conocimiento sin supuestos psicológicos? Si no es posible, ¿cuales serian las consecuencias caso de fundarse en una psicología explicativa?  La teoría del conocimiento nació de la necesidad de asegurarse, en el océano de las fluctuaciones metafísicas un trozo de tierra firme, un conocimiento universalmente válido de alguna amplitud. Si la teoría del conocimiento se hiciera insegura e hipotética acabaría con su propia finalidad. Vemos, pues, que el mismo fatal dilema se plantea a la teoría del conocimiento y a las ciencias del espíritu

Las ciencias del espíritu buscan un fundamento firme universalmente válido para los conceptos y proposiciones con que se ven forzadas a operar. Sienten una desconfianza, demasiado justificada contra las construcciones filosóficas sometidas a discusión y que introducen esta discusión en el análisis y las comparaciones empíricas Por eso se propende en amplios círculos de la jurisprudencia, de la economía política y de la teología a renunciar por entero a los fundamentos psicológicos  Cada una de ellas trata de establecer una conexión por medio del enlace empírico de los hechos y de las reglas o normas propias de su ámbito cuyo análisis daría por resultado ciertos conceptos y proposiciones elementales generales que servirían de base a la respectiva ciencia del espíritu Dada la situación de la psicología explicativa no pueden hacer otra cosa si quieren salvar los múltiples escollos y vórtices de la psicología explicativa. Pero al escapar del vórtice filosófico de Carybdis desembocan en los escollos de Scylla, es decir, de un empirismo seco.

No es menester demostrar que la psicología explicativa, por lo mismo que no puede fundarse más que en hipótesis incapaces de elevarse al rango de una teoría convincente que excluye a las demás hipótesis, habría de comunicar su incertidumbre a las ciencias empíricas del espíritu que se apoyaran en ella. Y mostrar que toda psicología explicativa necesita de tales hipótesis para fundamentarse lía de ser uno de los objetivos principales de nuestra exposición. Pero ya desde ahora podemos señalar que ningún intento de establecer una ciencia empírica del espíritu sin acudir a la psicología puede conducir a un resultado útil.

Un empirismo que renuncie al fundamento de lo que ocurre en el espíritu, a la conexión "comprendida" de la vida espiritual es, necesariamente, infecundo. Lo podemos ver en cada una de las ciencias del espíritu. Cada una de ellas tiene necesidad de conocimientos psicológicos. Así, todo análisis de esa realidad que llamamos religión acude a conceptos como sentimiento, voluntad, dependencia, libertad, motivo, que sólo pueden ser aclarados en una conexión psicológica. Tiene que ver con conexiones de la vida psíquica, ya que es en ésta donde surge y cobra fuerza la conciencia de Dios. Pero estas conexiones se hallan condicionadas por la conexión psíquica general, regular, y sólo a partir de ella son comprensibles. La jurisprudencia tiene que ver con conceptos como norma, ley, imputabilidad, con compuestos psíquicos que reclaman un análisis psicológico. Le es imposible exponer la conexión en que surge el sentimiento jurídico o aquella en la cual los fines operan en el derecho y las voluntades son sometidos a la ley, si no dispone de una comprensión clara de la conexión regular de cada vida anímica. Las ciencias del estado que tienen que ver con la organización exterior de la sociedad, encuentran en toda relación de asociación los hechos psíquicos de comunidad, señorío y dependencia. Éstos reclaman un análisis psicológico. La historia v la teoría de la literatura v del arte se ven conducidas por doquier a esos sentimientos estéticos, compuestos, de lo bello, lo sublime, lo humorístico o lo ridículo. Sin análisis psicológico, estos estados de ánimo no son más que representaciones oscuras y muertas para el historiador de la literatura. No comprenderá la vida de ningún poeta si no conoce los procesos de la imaginación. Es así, y ninguna delimitación de especialidades lo puede impedir: por lo mismo que los sistemas culturales, la economía, el derecho, la religión, el arte y la ciencia, y la organización externa de la sociedad en las asociaciones de la familia, del común, de la iglesia, del estado, se han originado a partir de la conexión viva del alma humana, tampoco pueden explicarse más que a base de ésta. Las realidades psíquicas constituyen su elemento más importante y no es posible estudiarlas sin recurrir al análisis psicológico. Por eso la comprensión de esta conexión interna que se da en nosotros condiciona por doquier su conocimiento. Han podido surgir como un poder que se cierne sobre los individuos porque existe la uniformidad y la regularidad en la vida psíquica, y esto ha ce posible un orden igual para muchas unidades de vida (1).
Así como el desarrollo de cada una de las ciencias del espíritu va vinculado al desenvolvimiento de la psicología, no es posible tampoco conseguir el enlace de las mismas en un todo sin comprender antes la conexión psíquica en que se hallan  trabadas. Sin referencia alguna a la conexión psíquica en que se fundan sus relaciones, las ciencias del espíritu no son mas que un agregado, un haz disperso pero no un sistema. Cualquier idea, por muy burda que sea, de su enlace recíproco, descansa en alguna idea burda acerca de la conexión de los fenómenos psíquicos. Sólo partiendo de la conexión psíquica amplia, uniforme, pueden hacerse comprensibles las relaciones en que se hallan la economía, el derecho, la religión, el arte v el saber entre sí y con las organizaciones externas de la sociedad humana, pues de esta conexión se han ido desplegando y por virtud de ella coexisten en cada unidad psíquica de vida sin confundirse o destruirse mutuamente.

La misma dificultad tenemos en la teoría del conocimiento. Una escuela que se destaca por la sagacidad de sus representantes reclama la total independencia de la teoría del conocimiento con respecto a la psicología Afirma esta escuela que en la "crítica de la razón" de Kant se ha llevado a cabo, desde el  principio, esta emancipación de la teoría del conocimiento mediante un método especial. La escuela trata de desarrollar ese método y pretende que el porvenir de la teoría del conocimiento se encierra en esto.

Pero es evidente que los hechos espirituales que constituyen el material de la teoría del conocimiento no pueden ser entrelazados Sin contar con el trasfondo de alguna idea de la conexión psíquica No hay ningún arte de magia del método trascendental que haga posible esta imposibilidad. Ningún sortilegio de la escuela kantiana puede servir al propósito. La apariencia contraria se debe a que el teórico del conocimiento posee en su propia conciencia viva esta conexión y la lleva a su teoría. La presupone. Se sirve de ella. Pero no la controla. Por esto se le cuelan inevitablemente, con los términos y grupo de ideas de la época, alusiones a esta conexión en calidad de conceptos psicológicos. Así ha ocurrido que los conceptos fundamentales de la crítica kantiana de la razón pertenecen a una determinada escuela psicológica. La teoría "clasificadora" de las facultades de la época de Kant, tuvo como consecuencia las Separaciones tajantes, la técnica diseccionadora de su crítica de la razón. Podemos verlo esto en su distinción de conocimiento. Ambas distinciones, tan tajantes en Kant, desgarran una conexión viva.

A ninguno de sus descubrimientos daba tanta importancia Kant como a su separación neta de la naturaleza y principios de la intuición y del pensamiento. Cierto que quebranta esta separación rigurosa, pues ha sido el primero que ha ofrecido una prueba clara de la acción del entendimiento dentro de la sensibilidad. Pero en eso que él llama intuición cooperan siempre procesos mentales o actos que le son equivalentes. Así, el diferenciar, la estimación de grados, el igualar, la unión y la separación. Nos las habemos, pues, únicamente con etapas diferentes en la acción de un mismo proceso. Los mismos procesos elementales de asociación, reproducción, comparación, diferenciación, apreciación de grados de separación y de unión, del prescindir y destacar, que es en lo que se basa luego la abstracción, actúan en la formación de nuestras percepciones, de nuestras imágenes reproducidas, de las figuras geométricas, de las representaciones de la fantasía, y esas mismas operaciones rigen en el pensamiento discursivo. Estos procesos constituyen el segundo e inmensamente fecundo campo del "pensamiento tácito". Las categorías formales han sido abstraídas de tales funciones lógicas primarias. No tenía necesidad Kant de deducir estas categorías del pensamiento discursivo. Y todo pensamiento discursivo puede ser representado como una etapa superior de estos procesos mentales tácitos.
Tampoco puede sostenerse hoy esa separación entre materia y forma del conocimiento desarrollada por el sistema kantiano. Mucho más importante que esta separación son las relaciones internas que existen entre la multiplicidad de las sensaciones, que constituirían la materia de nuestro conocimiento, y la forma en que acogemos esta materia. Poseemos simultáneamente sonidos diferentes y los unimos en la conciencia sin que captemos su divergencia en una coexistencia. Por el contrario, una pluralidad de sensaciones táctiles u ópticas no la podemos abarcar más que en una coexistencia. ¿No entra claramente en juego en esta forzosidad de poseerlas coexistentemente la naturaleza de las impresiones ópticas y de las táctiles? ¿No es, pues, muy probable que en este caso la forma de abarcarlas conjuntamente dependa de la naturaleza de la materia sensible? La siguiente consideración nos muestra también cómo es necesario completar la doctrina de Kant acerca de la materia y la forma del conocimiento. Una multiplicidad de sensaciones como mera materia implica en cada punto diferencias, por ejemplo, relaciones y gradaciones entre los colores. Pero estas diferencias y grados se dan únicamente para una conciencia abarcadora; por lo tanto, la forma tiene que estar presente para que la materia se dé, así como tiene que haber materia para que se presente la forma. Como que sería absolutamente incomprensible en qué modo elementos psíquicos materiales pudieran ser trabados desde fuera con el vínculo de una conciencia unificante (2).
Así, pues, no será posible substraerse en la teoría del conocimiento a esa introducción arbitraria y fragmentaria de puntos de vista psicológicos si no ponemos como base, con conciencia científica una captación clara de la conexión anímica. Podremos eludir las influencias azarosas de psicologías erróneas en la teoría del conocimiento si logramos poner a su disposición proposiciones válidas acerca de la conexión de la  vida psíquica Claro que sería improcedente exigir como base anticipada de la teoría del cono cimiento una psicología descriptiva desarrollada Pero, por otra parte,  una teoría del conocimiento sin supuestos no pasa de ser una ilusión.
Podríamos, pues, representarnos la relación entre psicología y teoría del conocimiento del siguiente modo De la misma manera en que la teoría del conocimiento recoge de otras ciencias proposiciones seguras y universalmente válidas, podría recoger de la psicología descriptiva y analítica un nexo de proposiciones de que tiene necesidad y no sometido a ninguna duda. Un tramado lógico artificioso, que se agita, desprendido del suelo, en el aire vacío: ¿se puede creer que semejante tela de araña ha de ser cosa más segura y sólida que una teoría del conocimiento que se sirve de proposiciones universalmente válidas y firmes que han sido logradas y controladas en las ciencias particulares a base de intuiciones sensibles? ¿Es que se puede señalar alguna teoría del conocimiento que no haya realizado de una manera tácita o expresa semejantes préstamos? Lo que importa es si las proposiciones tomadas a préstamo han resistido la prueba de la validez universal, de la "evidencia" más rigurosa, concepto que ha de encontrar su sentido y la justificación de su empleo en los fundamentos de la teoría del conocimiento, que se encuentran únicamente en la experiencia interna. De esto se trataría también en el caso de acoger proposiciones psicológicas. La cuestión sería únicamente si se le podrían proporcionar tales proposiciones sin ninguna psicología hipotética. Ya esto nos lleva al problema de una psicología en la cual las hipótesis no desempeñen el mismo papel que en la psicología explicativa ahora dominante.

Pero la relación de la psicología con la teoría del conocimiento es diferente de la que guarda cualquier otra ciencia, aun esas mismas presupuestas por Kant, la matemática, la ciencia matemática de la naturaleza y la lógica. La conexión psíquica constituye el fondo del proceso cognoscitivo y, por lo tanto, este proceso puede ser estudiado y fijados sus alcances sólo en esta conexión psíquica. Ya vimos que la ventaja metódica de la psicología consiste en que ella se da la conexión psíquica de un modo inmediato, vivo, como realidad vivida. La vivencia de la misma se halla en la base de toda captación de hechos espirituales históricos y sociales. Más o menos esclarecida, analizada, investigada. La historia de las ciencias del espíritu tiene como fundamento suyo esta conexión vivida, y va elevándola poco a poco a clara conciencia. Partiendo de aquí se puede también resolver el problema de la relación entre teoría del conocimiento y psicología. En la conciencia viva y en la descripción universalmente válida. de esta conexión psíquica se contiene el fundamento de la teoría del conocimiento. La teoría del conocimiento no necesita de una psicología completa, desarrollada, pero toda psicología desarrollada no representa más que el acabado científico de aquello que constituye también el fondo de la teoría del conocimiento. Teoría del conocimiento es psicología en movimiento, y que se mueve hacia una meta determinada. Tiene su fundamento en la autognosis, que abarca toda la realidad intacta de la vida  anímica: la validez universal, la verdad, la realidad, son determinadas en su sentido a partir de esta realidad íntegra.

Resumamos. Lo que había que exigir de la psicología y lo que constituye el núcleo de su método peculiar nos empuja a la vez en la misma dirección. Sólo una ciencia que denomino psicología descriptiva y analítica por oposición a la explicativa o constructiva puede librar de todas las dificultades señaladas. Entiendo por psicología descriptiva exposición de las partes y conexiones que se presentan uniformemente en toda vida psiquica humana desarrollada, enlazadas en única conexión que no es inferida o interpolada por el pensamiento, sino simplemente vivida. Esta psicología consiste, por lo tanto, en la descripción y análisis de una conexión que se nos da siempre de modo originario, como la vida misma. De aquí se desprende una consecuencia importante. Tiene por objeto las regularidades en la conexión de la vida, psíquica desarrollada. Expone esta conexión de la vida interna en un hombre típico. Observa, analiza, experimenta y compara. Se sirve de cualquier ayuda para la solución de su tarea. Pero su significación en la articulación de las ciencias descansa en que toda conexión utilizada por ella puede ser verificada unívocamente mediante la percepción interna y que toda conexión semejante puede mostraigé como miembro de la conexión más amplia, total, no inferida, sino originalmente dada.

Lo que yo entiendo por psicología descriptiva y analítica tiene que cumplir, además, con otra exigencia debida a las necesidadas de las ciencias del espíritu y a la dirección de la vida por ella. Las uniformidades que constituyen el objeto principal de la psicología  de nuestro siglo se refieren a las formas del acontecer interno. En las obras de los poetas, en las reflexiones sobre la vida que encontramos en grandes escritores como Séneca, Marco Aurelio, San Agustín, Maquiavelo, Montaigne, Pascal, se contiene una comprensión del hombre, en toda su realidad, frente a la cual queda muy por bajo cualquier psicología explicativa. Pero en toda esta literatura reflexiva que quisiera abarcar la realidad íntegra del hombre se siente, junto a esta superioridad debida al contenido, su incapacidad de una exposición sistemática. Nos sentimos profundamente tocados por reflexiones dispersas. Patece que se alumbra la hondura misma de la vida. Pero no nos sirven cuando pretendemos establecer con ellas una conexión clara. Es muy diferente de estas reflexiones la sabiduría de los poetas sobre los hombres y sobre la vida que rezuma a través de las figuras y de las suertes del destino y que sólo aquí y allá, y de modo relampagueante, se ilumina con la reflexión. Pero tampoco esta sabiduría contiene una conexión general aprehensible de la vida psíquica Oímos hasta el aburrimiento que el Rey Lear, Hamlet y Macbeth encierran más psicología que todos los manuales juntos. Pero estos fanáticos del arte nos deberían descubrir la psicología desarrollada en esas obras. Si entendemos por psicología una exposición de la conexión regular de la vida psíquica, las obras de los poetas no contienen psicología alguna. no encierran ninguna psicología en este sentido, y ningún arte de magia podrá sonsacar de ellas una teoría semejante acerca de las uniformidades de los procesos psíquicos. Pero es cierto que el modo como los grandes escritores y poetas tratan de la vida humana constituye tarea y materia para la psicología. Tenemos en estos casos la comprensión intuitiva de toda la conexión a la que también trata de aproximarse por su vía la psicología, generalizando y valiéndose de la abstracción. Se pide una psicología que fuera capaz de captar en la red de sus descripciones lo que estos poetas y escritores contienen y que no se encuentra en la teoría psicológica actual; una psicología que hiciera provechosos  para el saber humano, mediante una conexión de validez universal, los pensamientos que en Agustín, Pascal o Leichtenberg resaltan tanto por su cruda iluminación unilateral; y sólo una psicología descriptiva y analítica puede aproximarse a la solución de esta tarea y sólo dentro de su marco es posible su solución. Porque parte de la conexión vivida, que se nos da de un modo original y con una fuerza directa; y expone aún aquello que todavía es inaccesible al análisis, sin menoscabarlo.
Si consideramos en conjunto estas características de una psicología descriptiva y analítica expuestas por nosotros veremos también con claridad la importancia que la solución de esta tarea habrá de tener para la misma psicología explicativa. Esta cobraría un firme armazón descriptivo, una terminología definida, análisis exactos y un instrumento importante para el control de sus explicaciones hipotéticas.

 

 

Notas

(1)  Smoller, en su ensayo sobre economía nacional, teoría económico-nacional y sus métodos en el nuevo diccionario de ciencias políticas ha mostrado de manera convincente, a propósito de la economía política, la dependencia en que se halla una ciencia particular del espíritu, si pretende fijar metas a la vida práctica, de una conexión más amplia. También hace ver que sólo se puede tratar de una conexión teleológica. Nuestro ensayo pretende mostrar cómo la psicología descriptiva contiene los medios para un conocimiento universalmente válido de semejante conexión que se halla en la base de las ciencias del espíritu.

(2) Para completar esta breve exposición remito a las agudas investigaciones de Stumpf sobre psicología y teoría del conocimiento en las publicaciones de la Academia de Ciencias bávara.

 

 
Fuente:
Dilthey, W.: Psicología y teoría del conocimiento (1874-1894), México, F.C.E., 1951