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Del discurso
del Poder al Poder del Discurso
Sergio Caggiano |
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...que en toda sociedad
la produccin del discurso est a la vez controlada, seleccionada y
redistribuida por un cierto nmero de procedimientos que tienen por
funcin conjurar los poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio
y esquivar su pesada y temible materialidad... Foucault., M., El
orden del discurso En cualquier produccin terica basta,
extendida en el tiempo y que ocupe un lugar central en el campo intelectual
se detectan, tarde o temprano, reas temticas, por llamarlas
de alguna manera, que se presentan como problemticas por alguna razn. La obra de Foucault, por supuesto, no ha
escapado a este destino. Quiz inclusive ste sea uno de los requisitos
para que una obra pueda ser considerada en ese lugar central. Entre
algunas de esas reas generadoras de debate en la teora foucaultiana
me interesa aqu trabajar sobre una en particular a la vez que sobre
algunas de las repercusiones que ella misma ha provocado. Me refiero
a la problemtica relacin entre discursividad y extradiscursividad
que, si bien recorre toda la produccin de Foucault, se concentra en
un periodo ms o menos definido cuyo epicentro podra establecerse en
la Arqueologa del Saber. Esta relacin problemtica entre lo
discursivo y lo extradiscursivo ha recibido muy distinta atencin. Por
cierto, algunos han desodo el problema. Otros han dado respuestas ms
o menos elaboradas para solucionarlo, buscando un arreglo particular
entre ambos campos, o bien intentando ver dnde poda, en el discurso
del autor, justificarse la preeminencia de uno sobre otro de ellos.
Mi trabajo tiene dos partes principales que giran bsicamente en torno
a las propuestas que dos autores han hecho para comprender aquella cuestin,
y que me permitirn ir dando mi propia perspectiva, a partir de la diferencia
con y la discusin de algunos de sus postulados. 1) De las dos series a los dos sentidos de
lo discursivo. Oscar Tern es seguramente quien ha
brindado a aquel problema uno de los tratamientos ms rigurosos y ms
consecuentes con la propuesta foucaultiana. No obstante, lo que intentar
con esta primera parte es justamente ofrecer una salida alternativa
a la suya. No porque no est de acuerdo con la orientacin general o
las implicancias ltimas de la lectura de Tern sino porque me parece
que la misma deja en pie algunas cuestiones que continan reclamando
respuesta. Antes de ir al punto, es menester hacer algunas aclaraciones:
en principio, Tern se refiere, en los artculos que son utilizados
aqu, al conjunto de la obra de nuestro autor, y yo solamente a algunos
de sus libros (uno, principalmente, si bien es cierto que con otros
ms funcionando como una suerte de fondo conceptual). Por otro
lado, pero en ntima vinculacin con esto, Tern busca ordenar y organizar
el pensamiento de Foucault, sealando las diferentes etapas que habra
recorrido y los cambios y continuidades que se habran operado en cada
una de ellas sobre los diversos temas tratados, el que nos interesa
aqu entre otros. Yo no estoy interesado en plantear una disputa acerca
de la interpretacin del conjunto de la obra de Foucault; antes bien
lo que pretendo, haciendo foco en La Arqueologa del Saber, es
indagar acerca de las (quizs diferentes) posibilidades abiertas para
pensar la relacin entre aquellos campos a los que alud antes. No obstante,
la dinmica misma de la argumentacin nos conducir a tratar tambin,
aunque con menor profundidad, la cuestin del poder. Para decirlo en pocas palabras, la
interpretacin de Tern de la cuestin discursividad/extradiscursividad
concluye en afirmar la existencia de estas dos series y en definir
un tipo de relacin nunca jerrquica entre ambas. Su conclusin, entonces,
presenta al menos dos aserciones importantes, y ser mejor que las dos
se aprecien separadamente. En primer lugar, el estatuto de lo discursivo
impide que se lo considere como subordinado a una instancia ajena del
tipo de la realidad (externa o interna al sujeto). Lo
discursivo se presenta como el espacio del acontecimiento irreductible.
El principio de especificidad del discurso indica que no debe
buscarse un ncleo primero, oculto del que emanaran los discursos. Y
que, al contrario, debe partirse de la efectiva aparicin del acontecimiento
discursivo, de su regularidad, de su vigencia segn condiciones de existencia
especficas. Esta ltima idea (la de las condiciones), por lo
dems, permite no caer -seala Tern- en la intradiscursividad, puesto
que con ella se sustenta el principio de exterioridad, segn
el cual aquellos acontecimientos discursivos slo pueden ser tales en
su relacin con el espacio de lo extradiscursivo. As, tenemos afirmada
la existencia de las dos series, y lo que resta entonces, como bien
dice Tern, es identificar el tipo de lazo que las vincula. Este constituye el lugar de la segunda
asercin a que hice referencia. Cuando dije que no puede haber relacin
jerrquica entre ellas, quera indicar que ninguna de ambas puede considerarse
derivada de la otra, ni explicarse en ltima instancia por su referencia
a ella. Escapando tanto a determinismos que recondujeran a los
discursos a una infraestructura, cualquiera que esta fuera, y los tomara
entonces como emanaciones de sta como tambin a un solipsismo
discursivista que persiguiera la subordinacin de los acontecimientos
extradiscursivos (tcnicos, econmicos, sociales y polticos), hay que
entender la relacin entre ambos campos como una articulacin antes
que como una determinacin de uno a otro; como flujos -dir Tern- que
actan por fusin ms que por agregacin. Las tensiones de las que no
est exenta esta articulacin tendern a resolverse a medida que Foucault
avance en sus escritos posteriores hacia los conceptos de diagrama
y de dispositivo, que involucrarn a ambas series. la conexin
entre las series discursivas con las extradiscursivas (...) va a ir
siendo ocupada progresivamente por el poder (Tern, O., 1982: 33). Tras esta breve resea, estamos ya
en condiciones de plantear aquella cuestin problemtica que, como anunci,
era dejada en pie por la solucin dada por este autor al tema discursividad/extradiscursividad.
Me interesa revisar la primera de las dos ideas que vengo de reproducir
(que, por otra parte, es la condicin de reflexionar sobre la segunda),
aquella que distingue la existencia de las dos series. El punto es el siguiente. Durante gran
parte de La Arqueologa..., hasta el final de la parte II, Foucault
se dedica a delimitar el concepto de formaciones discursivas
y a analizar lo que es, en sus trminos, la formacin de los
objetos, las modalidades enunciativas, los conceptos y las estrategias
temticas. Y lo que quiero destacar es que lo que encontramos a lo largo
de estas pginas es una manifestacin temprana de lo que con trminos
actuales llamaramos un constructivismo radical. En estos captulos
Foucault muestra el discurso precisamente como el lugar en el que se
constituyen, toman forma, aparecen y se ponen en relacin cada uno de
aquellos cuatro elementos. As, buscando aquello que podra producir
la unidad de un discurso cientfico (que, recordemos, no es ms
que un ejemplo), y tras rechazar las hiptesis segn las cuales tal
unidad pudiera estar dada por la referencia a un mismo objeto, la actualizacin
de una misma modalidad enunciativa, el recurso a un conjunto comn de
conceptos o la identidad y persistencia de unos temas, Foucault sostiene
que, al contrario, aquella unidad slo es pasible de ser hallada si
nos preguntamos no ya por la permanencia histrica de alguno de estos
cuatro elementos sino por las regularidades que pueda presentar el juego
discursivo que permite que ellos aparezcan, se delimiten y establezcan;
si nos preguntamos por las reglas discursivas que han hecho posible
la emergencia y construccin de ciertos objetos, la consolidacin de
determinadas modalidades enunciativas, la delimitacin de algunos conceptos
y no otros, la definicin de especficas estrategias temticas. Respecto
de aquel de los cuatro elementos que podra parecer el que ms resistencia
ofreciera a ser considerado discursivamente, el objeto, las palabras
del propio Foucault son elocuentes: se quiere, totalmente, prescindir
de las cosas. Des-presentificarlas. (...). Sustituir el tesoro enigmtico
de las cosas previas al discurso, por la formacin regular de los
objetos que slo en el se dibujan. Definir esos objetos sin referencia
al fondo de las cosas, sino refirindolos al conjunto de las
reglas que permiten formarlos... (Foucault, M., 1991[1969]: 78-79). Constructivismo quiere decir aqu que las prcticas
discursivas construyen el mundo que refieren. Y referir es,
as, la actividad en proceso por la cual el referente resulta ser
(ya no es) a partir de las posibilidades constructivas de los
discursos (con sus reglas y regularidades) disponibles. Lo extradiscursivo
parece perderse de vista. Ahora bien, cul es la calidad de esas reglas
que organizan el juego discursivo y, consecuentemente, la aparicin
de objetos, modalidades, etc.? Ciertamente, no es extradiscursiva. Dnde
iremos a buscar aquellas regularidades que permiten la construccin
de esos elementos?. No por fuera del discurso,
al parecer. Nuevamente es el propio Foucault quien responde: detrs
del sistema acabado, lo que descubre el anlisis de las formaciones
(discursivas), no es, en ebullicin, la vida misma, la vida an
no apresada; es un espesor inmenso de sistematicidades (...) Y adems,
aunque esas relaciones no sean la trama misma del texto, no son por
naturaleza ajenas al discurso. Se puede muy bien calificarlas de prediscursivas,
pero a condicin de admitir que ese prediscursivo tiene todava algo
de discursivo... (Ibid.:126). Por lo dems, este problema que estoy
planteando se cuela tambin en el texto de Tern y genera algunos pasajes
que se vuelven cuestionables. En un momento, por ejemplo, Tern propone
que irreductibles a la infraestructura de lo real tanto como a la
inmanencia de la lengua, ese algo ms de ambos respectos es lo que
configura la especificidad del discurso y hacia la cual se dirigen los
esfuerzos del anlisis foucaultiano (Tern, O., 1982: 29). De este
fragmento, con el que estamos en todo de acuerdo, puede derivarse, sin
mayores mediaciones, la idea de lo discursivo que venimos exponiendo
en los prrafos precedentes, en tanto ese algo ms sera ese
espacio que pondra en marcha una suerte de mquina generadora
de significaciones que no tendra efectos hacia el mundo
de la lengua o hacia el mundo de lo real sino que postulara
a aquellos y la relacin que pudiramos reconocer entre ellos como efectos
de su funcionamiento. Pero veamos ahora el siguiente pasaje,
ubicado a diez lneas de distancia del anterior, en el cual Tern cita,
a su vez, al propio Foucault de La Arqueologa...: para Foucault
no existen series discursivas sin fenmenos extradiscursivos, pero tampoco
las series no-discursivas pueden por s solas producir hechos de discurso.
En esta bsqueda del nivel especficamente discursivo, de un anlisis
como el que emprendo las palabras se hallan tan deliberadamente
ausentes como las propias cosas. Otra vez, entonces, ni palabras
ni cosas sino la conjuncin que las liga... (Ibidem.: 28 y Tern, 1995:
18). Lo que puede verse en esta cita es un desplazamiento que no est
justificado. En efecto, si bien las palabras citadas de Foucault pueden
avalar las de Tern que de l recuperamos nosotros en el prrafo anterior,
no justifican ciertamente las que l est pretendiendo avalar con la
cita, que son aquellas acerca de lo discursivo y lo extradiscursivo.
Porque sucede que las palabras de Foucault no dicen nada respecto de
esto ltimo; ellas hablan de palabras y de cosas. Subrepticiamente
lo que se nos est proponiendo es un reemplazo de palabras por
discurso y cosas por extradiscurso, y esto es algo
que ninguna lnea de Foucault ayudara a sostener. Es, por lo dems,
algo que tampoco el propio Tern defiende en el resto del texto. Qu
es lo que sucede, entonces?. Estos son justamente
esos puntos equvocos que, como dije, se vuelven cuestionables porque
se filtra por ellos una dificultad mayor. Lo que sucede es que estn
soportando ese problema mayor que estamos tratando en este escrito. Un ltimo movimiento argumentativo
de Tern que tiene algo en comn con el anterior. El autor seala que
el discurso no es una tabla rasa donde se depositan pasivamente ciertos
objetos previamente constituidos, sino que se define por esa
capacidad de articulacin de objetos heterogneos (Tern, O.,
1995: 18). Aqu se da evidentemente un salto lgico de una oracin a
la otra. Porque o bien hay que reconocer que los objetos se constituyen
en el discurso (con lo cual, insistamos a pesar de su obviedad, no hay
objetos fuera del discurso), si es que aceptamos la primera afirmacin;
o bien, si aceptamos la segunda, s los hay definidos previamente, puesto
que esto tiene que ser una condicin para poder ser articulados luego.
Se puede ver que estas dos oraciones presentan antes que dos ideas que
se implican mutuamente, dos que se ofrecen como alternativas excluyentes.
De todas formas, seguiremos adelante ya que mi intencin no es discutir
coherencias lgicas. Qu es lo que pretendo hacer con este
trabajo, entonces?, se trata de una vuelta a alguna forma ramplona
del idealismo, la recada en el solipsismo discursivista del
que ya nos advirti Tern?. Ni idealismo rampln
ni del otro, y tampoco lo segundo. Por ahora esto es simplemente una
declamacin que a medida que avancemos, espero, quedar fundamentada.
Pero entonces, se quiere demostrar que el campo de lo extradiscursivo
no aparece en el planteo foucaultiano?, que vendra a ser algo as
como el producto de una febril imaginacin, la de Tern?.
Definitivamente tampoco se trata de eso. Fundamental y sencillamente
porque son las palabras del propio Foucault las que no nos permitiran
sostener algo semejante. De hecho la extradiscursividad tiene una presencia
para nada despreciable en Foucault, ah mismo en La Arqueologa...,
(podramos ver quiz -aunque tampoco es la lexicometra lo que nos interesa-
que esa presencia es creciente a medida que se avanza en ese libro). Foucault da la razn explcitamente
a Tern, y esta es la mejor cita que he encontrado para probarlo: la
arqueologa pone tambin de manifiesto unas relaciones entre las formaciones
discursivas y unos dominios no discursivos (instituciones, acontecimientos
polticos, prcticas y procesos econmicos) (Foucault, M., 1991[1969]:
272). O tambin: la arqueologa intenta mostrar cmo la autonoma del
discurso y su especificidad no le dan por ello un estatuto de pura idealidad
y de total independencia histrica; lo que quiere sacar a la luz es
ese nivel singular en el que la historia puede dar lugar a tipos definidos
de discurso...(Ibidem.: 276). Tern tiene razn, entonces. Respecto de la
existencia de las dos dimensiones como as tambin respecto del tipo
de relacin que puede reconocerse entre ambas: como se dijo antes, ni
determinacin ni dependencia de una a otra, s articulacin, fusin
ms que agregacin, para usar sus propios trminos. Pero si esto es as, qu sucede con
mis propias afirmaciones, las de pginas anteriores que aseguraban de
algn modo la preeminencia de la discursividad?, debo abandonar mi
lectura en clave constructivista?. Hemos llegado
as al punto al que he querido que nos dirigiramos. Pero antes de abordarlo
de lleno hago un muy pequeo ajuste de cuentas en relacin con los autores.
Quiero decir: si Tern tiene razn no es porque resuelva el problema
del difcil vnculo entre discursividad y extradiscursividad, sino justamente
porque no lo hace
[1]
. Tern lee correctamente el planteo de Foucault.
Tanto que conserva, bien que prolijamente presentada, la tensin entre
aquellas dimensiones de la forma en la que aparece en el texto de este
ltimo. Entonces podra pensarse que el interlocutor de la solicitacin
que busca efectuar este escrito no es Tern sino el propio Foucault.
Podra pensarse que no son las respuestas de aquel sino los planteos
de ste lo que se quiere discutir. Puedo aceptar, en efecto, una observacin
de este tipo pero siempre que se me conceda a la vez que esta intervencin
responde ella misma a un enfoque foucaultiano. La interrogacin a esta figura de la
extradiscursividad puede hacerse desde lo discursivo, entendido en el
sentido en que fuera presentado en las primeras pginas, segn la lectura
en clave constructivista. Si las prcticas discursivas son, como
se dijo, las prcticas que otorgan significado al mundo, posibilitando
as su emergencia, su constitucin, cul es el sentido de hablar de
lo extradiscursivo?. Hay algo, alguna prctica, algn fenmeno, o lo que sea
que quede fuera del orden de la significacin?.
Lo discursivo, insisten esas lneas de Foucault, se articula con y est
limitado por acontecimientos polticos, procesos econmicos, instituciones,
etc.. No tenemos espacio para analizar un ejemplo concreto
pero sobrevolemos uno muy rpida y nada exhaustivamente (no lo buscaremos
demasiado lejos, como se ver). Digamos, entonces, para poner un caso,
que algunos ciertos discursos (no importa cules), en el siglo XVII,
se articulan con y estn limitados por la aparicin de la moneda-signo
en el campo de los procesos econmicos. Pero qu es lo que entenderemos
por esto ltimo?. Es el mismo Foucault quien
ayuda a que nos respondamos este interrogante formulando a nuestra vez
una contrapregunta: no tiene que ver esta aparicin con el lugar que
el anlisis de las riquezas viene a ocupar por entonces al lado de
la teora del lenguaje, del anlisis de las representaciones, de la
matesis y de la ciencia del orden (Ibid.: 113)?, no depende la conformacin
de esa moneda-signo de este Anlisis de las riquezas, que debe
ser descrito como una manera de tratar objetos de discurso (...), de
disponer formas de enunciacin (...), de manipular conceptos (Ibid.:
115)?. Y as, otra vez, la pregunta es: no responde a leyes y regularidades
discursivas?. Qu querra decir que los procesos
econmicos son extradiscursivos?, que no significan?, cul sera,
entonces, el estatuto de su existencia?. Tendran
una lgica intrnseca que lo discursivo pretendera malamente remedar?,
Deberamos considerar a los fenmenos econmicos (sociales,
en general) como cosas sobre los cuales los discursos
vendran a posarse luego, intentando moldearlos, pero contra los cuales
conservaran siempre su sentido nunca plenamente develado?... de qu
es que estamos hablando?, otra vez la esencia del mundo y la
apariencia de los discursos?. Voy a dirigirme ahora directamente
a la propuesta que quiero hacer, para procurar aclarar un panorama que
se ha vuelto confuso. Se trata de una propuesta de lectura, y
es la siguiente: considero que es necesario distinguir, en el texto
foucaultiano, dos concepciones bien diferentes de discursividad
[2]
. La primera es una concepcin si se quiere estricta,
si se quiere elemental de esta nocin. La otra es la que estoy defendiendo
aqu, a riesgo de ser tomado como un prisionero del solipsismo discursivista.
Aquella se ajusta a lo que ms o menos habitualmente puede comprenderse
como discurso, en tanto que producciones orales o escritas (en
versiones audaces esto llega a ampliarse a otros lenguajes)
que dicen algo acerca del mundo, que pueden organizarse en libros, estatutos,
coloquios, etc., etc.. La segunda alude a una
forma de ser -si puedo decirlo as- de las cosas; alude al espacio
y modo de constitucin de los fenmenos y, consecuentemente, a su estatuto.
Hace referencia, de manera ms general, al modo de existencia del mundo
del (para el) hombre. Y, en todo caso, es indiferente a la forma
efectiva de su manifestacin sensible. De hecho los objetos,
las acciones y comportamientos, los fenmenos, tan complejos como se
quiera, que aquellos y su articulacin puedan conformar pertenecen todos
al orden discursivo. All estn para recordrnoslo el guio de Geertz,
la construccin de la pared de Wittgenstein, el mingitorio de Duchamp,
pero tambin una piedra arrojada al vecino o colgada de nuestro cuello,
y la locura considerada hoy o en la edad media. Lo discursivo, entendido
de esta manera, pone el acento en el hecho de que toda configuracin
social es una configuracin significativa. Y esto no tiene
nada que ver con negar la existencia, por decir as, fsica,
de los fenmenos. No se trata de negar la lluvia cada, pero s de cuestionar
que esto sea necesariamente un fenmeno meteorolgico
y no, por ejemplo, la expresin de la gracia divina. Una vez establecida esta distincin,
lo que se quiere destacar es que, como se habr podido apreciar a lo
largo de este trabajo, son ambas concepciones las que recorren el libro
de Foucault. Pero adems, es importante sealar que ignorar esta distincin
puede traer consecuencias relevantes para la comprensin del enfoque
foucaultiano tanto como para su utilizacin en investigaciones concretas.
Y la consecuencia fundamental que se debe evitar se deriva del carcter
que se le reconozca a la figura de lo extradiscursivo. Porque si esta
figura apunta a indicar la existencia de materiales y formas de significacin
que exceden a lo lingstico, no hay nada que objetar, sino ms bien
al contrario. Pero si lo extradiscursivo busca nombrar algo que se supone
ms ac o ms all (siempre fuera) del campo de la significacin,
corremos el peligro de pasar por alto un aporte que se me ocurre entre
los principales de nuestro autor. Segn esta lectura, este aporte viene
dado por una propuesta de historizacin y una contextualizacin
radicales que impiden cualquier forma de esencialismo, propuesta
que no deja en pie ningn reducto para salvaguardar la idea de un ncleo
o un fundamento de lo social, destruye las perspectivas deterministas
y conlleva la asuncin de la contingencia en la historia, y de
la precariedad de lo social. Sustentar esta segunda figura de
lo extradiscursivo, de tal suerte, conduce a recomponer en un grado
u otro, ms tarde o ms temprano, aquella esencia de la historia
que el gesto foucaultiano habra echado por la borda
[3]
. Este es el sentido de discurso
que hemos estado defendiendo en estas pginas. Podramos, para ser ms
claros, llamar de distinta manera a uno y otro de los sentidos propuestos
y hablar de discurso(s) en el primer caso, y reservar para el
segundo el trmino ms elocuente de lo discursivo. En esta direccin
podramos decir, con palabras de E. Laclau que consideramos lo discursivo
como horizonte terico (Laclau, E., 1993: 119). Tambin podramos hablar
de un archidiscurso, imitando la nocin derrideana de archiescritura.
O tambin, con un concepto que vamos a recuperar ms de una vez, podemos
hablar igualmente de lo semitico. Lo cierto es la distincin
de estos dos rdenes. Y tambin el hecho de que ambos estn presentes
en La Arqueologa del Saber. De esta manera este libro ofrecera
a la vez algunas pistas metodolgicas para un anlisis del discurso,
as como varias claves epistemolgicas para un anlisis discursivo.
Lo que se hace necesario abandonar, aceptado el planteo que hemos hecho,
es la existencia de las renombradas dos series, tal como aparecieran
enunciadas por Foucault y recuperadas por Tern. Puesto que, o bien
tenemos una serie, la de la discursividad, de la que ninguna
otra queda excluida; o bien tenemos una infinidad (en trminos
lgicos) de series, que van desde las lingsticas hasta las institucionales
y que, a pesar de sus mltiples diferencias y de inscribirse en muy
diversas dimensiones de comprensin e intervencin, comparten todas
su ser discursivo. 2) De Hjelmslev a Peirce. Una clave ternaria
para leer a Foucault. Una vez aceptada esta propuesta
y, por consiguiente, la concepcin de las dos nociones de la discursividad:
su sentido restringido o acotado y su sentido amplio como horizonte
terico; es decir, distinguiendo los discursos de lo discursivo/
semitico, y dado que esto no resuelve sino una parte de un problema
mucho ms vasto, podremos abordar a continuacin otras aristas que tal
problema nos presenta, y que se hacen patentes a la luz de la elaboracin
terica que, al respecto, llevara a cabo Deleuze. En su libro Foucault,
Deleuze realiza una aguda lectura de pasajes significativos en el conjunto
de la produccin foucaultina con la cual nos plantea, de manera nueva,
la problemtica discursivadad-extradiscursividad. En efecto,
ese texto nos pone frente a la necesidad de seguir caminos alternativos
a los que hemos recorrido hasta aqu para sostener nuestra tesis, y
a la vez nos pone tambin frente a la posibilidad de atender algunos
aspectos que descuidamos en la etapa anterior respecto de dicha problemtica;
ms precisamente de su ligazn con la cuestin del poder. Pueden distinguirse dos vas
principales por las cuales Deleuze considera y resuelve la cuestin
de la existencia de lo discursivo y lo no discursivo (como
l lo llama), as como la relacin tensa que vincula estos dos rdenes.
Por un lado, lo no discursivo aparecer a partir de una distincin
interna al estrato del saber. Por otro, la diferenciacin y conexin
entre lo discursivo y lo no discursivo resulta de la reflexin
deleuzeana en torno a la relacin entre ese estrato del saber y la instancia
del poder. Ser importante para nuestro argumento el hecho de que estas
dos vas estn ambas cifradas en una lectura hjemsleviana (original
y singular, sin dudas) que Deleuze hace de nuestro autor. Seguidamente
contemplaremos por separado cada uno de estas vas. Lo visible, o la primera forma
de lo no discursivo. La primera de ellas, que,
como acabamos de decir, se desarrolla al interior del estrato del saber,
resulta de la distincin entre lo enunciable y lo visible
y de la forma en que Deleuze propone comprenderla
[4]
. Dicho rpidamente, lo no discursivo ser
aqu lo visible, que es presentado como el elemento determinable,
que recibir su determinacin de los enunciados que son por su parte,
consecuentemente, los elementos determinantes. Es as, dir Deleuze,
que divergen o se diferencian dos formas de actualizacin (del diagrama),
forma de expresin y forma de contenido, formas discursiva y no discursiva,
forma de lo visible y forma de lo enunciable (Deleuze, G., 1998: 64).
Formas que no divergen sin encontrarse, sin vincularse, y no se vinculan
sin tensiones y sin el predominio de una sobre la otra. Ms precisamente,
el predominio de lo enunciable sobre lo visible. Hasta La Arqueologa
del Saber (puesto que tambin a este respecto Vigilar y Castigar
significara un cambio para Deleuze) que es el trabajo que, al menos
por ahora, nos interesa focalizar, Foucault sostendra una superioridad
del registro de lo enunciable sobre el de lo visible, lo que se debera
en gran medida a que su atencin estara ceida al campo del Saber.
(S)e explica fcilmente que exista una primaca
del enunciado sobre lo visible: La Arqueologa del Saber puede
reivindicar un papel determinante de los enunciados como formaciones
discursivas. Pero las visibilidades no son menos irreductibles, puesto
que remiten a una forma de lo determinable que no se deja en
absoluto reducir a la de la determinacin (Ibidem.: 89). Se debe destacar, entonces,
tanto la presencia misma de la dicotoma, que establece la existencia
positiva de los dos registros (lo discursivo y lo no discursivo), como
la jerarquizacin entre los elementos de aquella dicotoma, que coloca
en el lugar de preeminencia a los enunciados y, por consiguiente, al
primero de los registros sobre el segundo. Dicotoma, entonces, entre
visible y enunciable y primaca de este sobre aquel. A esta altura se vuelve necesario
sealar que, si seguimos en esto a Deleuze, tendremos que hacer a un
lado mi tesis principal (y las dems) de la primera seccin, segn la
cual podan rastrearse en La Arqueologa... dos concepciones
de discursividad, una ms amplia y otra ms restringida (lo discursivo
y los discursos, como se dijo entonces). Y habra ms bien
que aceptar una postura cercana a la que sostiene Tern, en el reconocimiento
de las dos series (discursividad y extradiscursividad),
una primando en unos libros, la otra haciendo lo propio en otros, tendiendo
el conjunto de la produccin intelectual de Foucault a un equilibrio
en sus nfasis y preocupaciones. Intentando mantener la idea que hemos
defendido hasta aqu, no seguir en este punto a Deleuze. No porque
considere que no pueden reconocerse etapas entre los trabajos de Foucault
[5]
, sino porque creo posible y productivo atender en
nuestros propios trminos ste y otros problemas planteados por Deleuze. Vimos que la distincin entre
lo discursivo y lo no discursivo para este autor, Hjelmslev
mediante, se equipara a la que separa forma de la expresin y
forma del contenido, que corresponderan, en los desarrollos
tericos de Foucault, a los campos de lo enunciable y lo visible.
Vimos tambin la relacin de determinacin, nunca completa, que
conectaba estos dos campos, en una direccin que ira desde lo enunciable
hacia lo visible. Que esa determinacin no sea nunca completa,
que lo determinable no se deje en absoluto reducir a la (forma)
de la determinacin es fundamental. A eso volveremos ms adelante.
Pero retengamos ahora el aspecto positivo de esa relacin. Qu puede
querer decir que lo enunciable determina a lo visible?.
Puede querer decir que no es concebible un acceso in-mediato a las
cosas, una aprehensin directa de algn sentido profundo del mundo.
Puede tratarse, entonces, sin dudas, de una reaccin de Foucault contra
la fenomenologa (que haba logrado impregnar incluso pasajes
de sus trabajos anteriores), tal como lo seala Deleuze (1998: 77).
Estaramos, quiz, ante una lucha retrospectiva contra la fenomenologa
emprendida con algunas armas estructuralistas. Probablemente. Pero la
pregunta que insiste es qu cosa es aquello enunciable
y qu cosa aquello visible?, qu entidad tienen los componentes de
esa relacin tensa y desigual?. Se trata de que el universo
de lo visible (digamos, por poner un ejemplo nada azaroso: de los cuerpos)
slo puede significar una vez producida en l la sobreimpresin del
lenguaje, de las palabras?. La formulacin
de esta pregunta (cualquiera sea su respuesta) nos plantea un problema
o, ms an, nos tiende una trampa. Porque qu decimos acerca de la
relacin discursivo-no discursivo cuando contestamos una pregunta en
torno a la relacin enunciable-visible?. Puede que estemos contestando acerca de la forma en que
en nuestra cultura la corporalidad es atrapada en y por una red
simblica que constituye el lenguaje, que le permite hacer
sentido de ciertas maneras, y la constrie a hacerlo de esas maneras
y no de otras. Puede que nos estemos refiriendo, entonces, al modo en
que una sociedad determinada en un momento histrico preciso organiza
la articulacin entre cuerpo y lenguaje. En ese caso acordaramos plenamente
con las observaciones hechas por Deleuze en cuanto a la tensin que
presenta esa articulacin, el desfase insalvable entre ambas esferas,
etc.. Pero existe una vaguedad y un peligro
en llamar a estas dos esferas discursiva y no discursiva,
respectivamente. En efecto, si por discursivo entendemos el sentido
restringido asociado a las actuaciones verbales, como ya dijimos, no
tiene mucho caso negar la existencia de prcticas no discursivas.
Si, en cambio, nos atenemos al sentido amplio de aquella categora,
como horizonte terico, hallamos que lo enunciable y lo visible
remiten a dos formas particulares de aquella discursividad general.
Con lo cual aquella relacin tiene lugar entre prcticas discursivas
de un tipo y prcticas discursivas de otro. El problema es que Deleuze
mantiene esa vaguedad, y la mantiene porque conserva la identificacin
de lo visible con lo no discursivo. Y porque contina pensando
aquella relacin entre lo enunciable y lo visible como si se tratara
de la relacin lengua-mundo, cuando en rigor involucra a dos configuraciones
discursivas (semiticas, mejor) o, como suele decirse, a
dos lenguajes (el verbal y el corporal, por seguir con el ejemplo).
Y por consiguiente, el peligro que conlleva esa vaguedad consiste en
restituir la idea de un sentido inmanente del mundo, de eso no discursivo
que aparecera entonces como ese murmullo de lo ya dicho no dicho
detrs y debajo de la superficie del discurso, como ironizaba Foucault.
Citamos a Deleuze nuevamente: El enunciado tiene su primaca en virtud
de la espontaneidad de su condicin (lenguaje) que le proporciona una
forma determinante. Lo visible, por el contrario, en virtud de la receptividad
de la suya (luz), slo tiene la forma de lo determinable. Se puede,
pues, considerar que la determinacin procede siempre del enunciado
(...) slo los enunciados son determinantes y hacen ver, aunque hagan
ver algo distinto de lo que dicen (Ibidem.: 96). La salida ms pertinente al
problema as planteado es insistir en el estatuto que, segn creemos,
tienen lo enunciable y lo visible. Se trata de reconocer, entonces,
que si los enunciados son determinantes no es porque hagan ver,
y que si los visibles se actualizan no es por ser enunciados.
Utilicemos, slo por el momento, los conceptos de Hjelmslev a los que
recurre el propio Deleuze para decir que de cara al par enunciable-visible
ya no vemos forma de la expresin-forma del contenido. Lo que
vemos en todo caso, all y aqu, en ambos lugares, son configuraciones
semiticas (con Hjelmslev diramos funciones sgnicas; [Hjelmslev,
L., 1973]). Tenemos ante nosotros un campo de lo enunciable que resulta
de la combinacin de formas de la expresin y de formas del
contenido particulares y, de igual manera, un campo de lo visible,
compuesto de formas de la expresin y del contenido singulares,
a su vez. Que es lo mismo que decir, si se me permite usar neologismos
que quiz no sean los ms adecuados por sus reminiscencias saussureanas
pero que resultan, no obstante, muy grficos y claros, que en lo enunciable
es preciso distinguir entre enunciantes (este sera el sentido
que adquieren en el texto deleuzeano) y enunciados, de la misma
forma que habra que distinguir, al interior de lo visible, visibilizantes
y visibilizados (siendo ste, aqu, el sentido que parece tomar
Deleuze). De esta manera, puede apreciarse que las relaciones de constriccin,
condicionamiento y tensin (que Deleuze llama determinacin)
se dan entre unos y otros componentes, formas de la expresin
y del contenido, tanto dentro del campo de lo enunciable como
del de lo visible. Revisemos un ejemplo dado
por Deleuze. Supongamos una cosa como la prisin: es una formacin
de medio (el medio carcelario), es una forma de contenido (...).
(E)sta forma o esta cosa remite a otras palabras y conceptos
tales como delincuencia o delincuente que expresan una nueva manera
de enunciar las infracciones, las penas y sus sujetos. Llamemos forma
de expresin a esta formacin de enunciados (Deleuze, G., 1998:
58). El punto es que en esta formacin de enunciados hay determinantes
y determinados, de igual modo que en aquella formacin de medio
se encuentran ambos elementos. O sea, si de un lado tenemos unas actuaciones
verbales que postulan conceptos, delinean argumentos, los articulan
de cierta manera, etc., etc., del otro tendremos otras actuaciones (del
tipo que sean) que harn lo suyo: por ejemplo, disposiciones de objetos
en territorios demarcados, estilos de circulacin entre ellos, modos
de presentacin posibles de los cuerpos..., que propondrn y
definirn los procedimientos de adquisicin de significado de los espacios
y los cuerpos, que ofrecern itinerarios, etc.. Expresiones y contenidos
aqu, expresiones y contenidos all, que conformarn en conjunto (entrando
en nuevas relaciones complejas, claro est) las significaciones de la
delincuencia, el delincuente, los espacios de delito, de su correccin...
en fin, que harn que la prisin en tanto dispositivo tenga
sentido. Lo que debe quedar claro con todo esto es que all y aqu
nos encontramos ante signos (o, mejor, semiosis) que tienen unos
modos de existencia especficos y reglas de funcionamiento particulares,
es decir, mecanismos propios de produccin de significaciones. La relacin
entre una instancia y otra, entre lo enunciable y lo visible, diremos
una vez ms, es una relacin entre dos (o ms) tipos particulares de
semiosis. El problema de la primaca de uno (o varios) de ellos
sobre los otros es un problema distinto, que no puede confundirse con
aquel de la relacin discursividad/ no-discursividad. Si se los confunde
se corre el riesgo de caer en la pretensin de considerar que slo los
predominantes significan y los restantes simplemente se dejan
significar. Y de esta forma se est dejando abierta la ventana a
alguna versin de esencialismo o sustancialismo. En tanto
puede interpretarse que la irreductibilidad de lo visible a lo enunciable
no es la irreductibilidad de unos mecanismos de significacin particulares
respecto de otros, sino la de alguna dimensin que, en ltimo trmino,
no se dejara significar en su verdad ms profunda y fundamental
[6]
. El prrafo que acabo de citar
en la ltima nota nos conduce a un punto que es primordial para mi argumentacin.
Esa cita deja traslucir una suerte de incomodidad del autor con la dicotoma
enunciable-visible que hemos analizado hasta aqu. Con
la dicotoma en cuanto tal. Porque lo que la cita deja ver es una insuficiencia
y una necesidad. El desfase entre lo enunciable y lo visible se presenta
como un desajuste permanente entre los dos niveles, lo cual muestra
que lo determinable es inagotable y el juego mismo de la determinacin
es infinito. Deleuze, por lo dems, pone de manifiesto al instante esa
insuficiencia y necesidad del planteo dicotmico. (E)n Foucault hace
falta que una tercera instancia coadapte lo determinable y la determinacin,
lo visible y lo enunciable, la receptividad de la luz y la espontaneidad
del lenguaje, actuando ms all de las dos formas, o ms ac (Ibidem.:
97). La tercera instancia que Deleuze reconoce y recupera del planteo
foucaultiano es una especie de no lugar, otro orden que implica
una distancia, una tercera dimensin informal que explicar
la composicin estratificada de las dos formas y la primaca de una
sobre otra. En qu consiste esta dimensin, este nuevo eje?. (Ibidem.:
98). La respuesta a esta pregunta ser: el poder. Este punto
nos plantea un conjunto de nuevos problemas, algunos de los cuales sern
abordados en el apartado siguiente. Sin entrar todava, entonces,
en la problemtica del poder, me interesa no obstante dar una
respuesta diferente a aquel interrogante en torno a la tercera dimensin.
Hay que comenzar diciendo que una lectura apoyada en Hjelmslev no parece
ser un buen camino para abandonar o superar cualquier tipo de planteo
dicotmico. Por el contrario, tal vez sea un medio (sin dudas uno de
los ms rigurosos y elaborados conceptualmente, entre las propuestas
binarias) por el que la dicotoma se vuelve inexorable. Ofrecer brevemente,
entonces, una clave de lectura distinta, ternaria desde un principio,
que considero puede ser ms productiva y ms adecuada para reflexionar
acerca de lo discursivo en Foucault (y, en mi opinin, tambin
en el propio Deleuze). Clave de lectura peirceana,
dicho rpidamente y de una vez. La concepcin de signo (y de
semiosis) y semitica de Charles S. Peirce nos dar esa
direccin alternativa para la interpretacin. Recordemos rpidamente
la nocin de signo de este autor: algo que est para alguien,
por algo, en algn aspecto o disposicin (Peirce, Ch. S., 1931/1965:
2.228). Esa definicin tan genrica, que ya postula los tres elementos
constitutivos del signo (interpretante, objeto, representamen),
puede completarse con otra de trminos un poco menos abstractos. El
signo, sostendr, es todo lo que determina a algn otro (su interpretante)
a referirse a un objeto, al cual l mismo refiere del mismo modo (su
objeto), transformndose a su vez el interpretante en signo,
y as ad infinitum (Ibidem.: 2.303)
[7]
. Qu es lo que nos interesa de estas definiciones?.
Por el momento, rescatar en primer lugar la figura que juega el papel
de ese tercero que buscbamos, y que permitir coadaptar lo
determinado y lo determinable: el interpretante
[8]
. Este interpretante, que no puede confundirse
con persona alguna (ni intrprete, ni receptor, ni nada semejante) puesto
que es l mismo parte constitutiva del signo, es el lugar de
valoracin del signo, la instancia en virtud de la cual una ley
(norma, convencin) define la aptitud y el modo con que una forma
(representamen) podr estar por (stand for) un
existente (objeto). El tercero, entonces, es integrante
l mismo del signo. No es necesario buscar nada por fuera del
campo semitico que se abre. Se ve as claramente la diferencia con
un planteo dicotmico que precisa hallar esa tercera instancia ms
all o ms ac, esa instancia que siempre amenaza con un retorno
de la sustancia/esencia pues se la postula como algo que cae
fuera del espacio de la significacin. En segundo lugar, es menester
observar que el objeto mismo es parte del signo. Esto quiere decir que
aquello por lo que se est, aquello que se sustituye,
al menos segn cierta idea o fundamento
[9]
, es parte del signo, a su vez. Dicho un poco crudamente:
aquello acerca de lo que se enuncia (slo para mantenernos en el plano
de lo enunciable deleuzeano) es (logra ser) en tanto que forma
parte del juego de la enunciacin, y segn la forma que reviste ese
juego. En fin, para poder hablar de signo es un requisito que
los tres componentes estn presentes y articulados; los tres son partes
constitutivas imprescindibles. La relacin tridica es genuina,
ya que sus tres miembros estn juntos ligados en ella, de modo que no
consiste en ningn complejo de relaciones didicas (Peirce, Ch. S.,
1931/1965: 2.228). Lo dicho parece ser suficiente
para apreciar la distancia respecto de un planteo binario y los problemas
que ste puede suscitar. No hay una instancia no discursiva determinable
que aguardara para ser significada por (y significado
de) una expresin discursiva determinante. En todo caso hay juegos de
articulaciones (cuya forma habr que definir) entre instancias discursivas
particulares. Ni hay tampoco una tercera instancia metafsica en la
base de la apertura significativa; el tercero es tambin parte del universo
semitico, y permite su dinmica a la vez que est sometido a ella.
Esto es lo que ha llevado a algunos autores a hablar de cerramiento
del signo (Magarios de Morentn, J., 1983) o de clausura semitica
en el sentido de que son las leyes mismas de los signos las que nos
llevan a postular que en el mundo hay cosas que no son signos que,
consecuentemente, nos obliga a recordar que la distincin entre los
discursos/ las semiosis diversas y sus condiciones de produccin no
es ontolgica sino metodolgica, ya que la semiosis est a ambos
lados de la distincin (...) y entre las condiciones productivas
de un discurso hay siempre otros discursos (Vern, E., 1998:
116 y 128-129). Lo que muestra, por ltimo, que en nuestro posicionamiento
lo que se encuentra fuera no solamente no es negado, sino que,
por el contrario, es necesario y se lo presupone, pero reconocindolo
en su carcter discursivo, con lo cual se lo desencializa y,
as, se asume su contingencia e historicidad. El poder, o la segunda forma
de lo no discursivo Paulatinamente nos hemos deslizado
hacia lo que fue presentado en el prrafo introductorio como la segunda
va por la cual hace su aparicin lo no discursivo en la lectura que
de Foucault hace Deleuze. A decir verdad, tambin la hemos respondido
ya, al menos en sus rasgos centrales. Nos estamos refiriendo a la idea
tratada hace un momento de un espacio previo, exterioridad no discursiva,
informal, a partir de la cual se configuraran las esferas formales
de lo enunciable y lo visible. Como ya fue sealado, se propona esa
tercera instancia no discursiva que, siguiendo siempre el modelo
hjelmsleviano, ocupara el lugar de lo que en aquel autor se denominaba
sentido (Hjelmslev, L., 1973), sobre el cual venan a establecerse
las formas de la expresin y del contenido. Un poco esquemticamente
podramos decir que obtenamos de un lado relacin de fuerzas/
poder/ prcticas no discursivas y, del otro, relaciones
de formas/ saber/ prcticas discursivas. Sin atender
a la caracterizacin que Deleuze pudiera hacer de aquel tercer espacio
nos adelantamos a interpretarlo como espacio discursivo, extendiendo
nuestra clave de lectura peirceana hacia esa segunda va, casi en el
mismo movimiento en que respondamos a la primera. Pero hay aspectos
importantes de esta caracterizacin que no pueden pasarse por alto y
que intentaremos examinar aqu, puesto que acaso nos ayuden a dar ciertas
precisiones a nuestro propio posicionamiento. Como sostiene Deleuze, y ya
hemos visto, ese espacio es el del poder
[10]
. Y, siguiendo su interpretacin, indica la necesidad
de devolver las palabras y las cosas a su exterioridad constitutiva
(Deleuze, G., 1998: 70). Procur, por mi parte, demostrar que esa exterioridad
constitutiva inexcusable era ella misma discursiva, en el sentido
en que no escapaba a las leyes de aquello que denominamos el sentido
general de lo discursivo/ semitico
[11]
. Si seguimos en esta direccin habremos de optar
entre dos alternativas: o bien tendremos que negar que sea el poder
el que constituye este terreno del exterior constitutivo, o bien tendremos
que aceptar una suerte de fusin entre el poder y el discurso,
o un complejo compuesto formado por ambos elementos. Pues bien, es esta
segunda idea precisamente la que se buscar sostener a continuacin.
La de una exterioridad constitutiva como el espacio de lo que llamaremos
un poder-discurso o, indistintamente, un discurso-poder. Qu puede querer decir esto?.
No quiere decir que se trate de un compuesto de elementos distintos,
divergentes, ajenos entre s sino, por el contrario, de elementos en
cierta medida comunes que enfatizan unos rasgos u otros del espacio
que comparten y que definen entre ellos. Lo que significa que deberemos
poder establecer algn tipo de homologacin formal entre ellos, una
especie de analoga, o mejor, de correspondencia, entre el poder
y el discurso en Foucault
[12]
. Se trata, como se sabe, de establecer una relacin
entre dos conceptos que han recibido un tratamiento dispar por parte
de Foucault. Parece poder encontrarse, en efecto, y al menos para nuestros
fines, aproximaciones mucho ms precisas respecto de la categora de
poder (con todas las variantes que pueda haber sufrido y las
complejidades que revista) que de la de discurso, cuyo carcter
problemtico, por lo pronto, est en el origen de este mismo trabajo. Por esta razn, lo primero
ser ensayar esta correspondencia entre su nocin de poder, leda
por Deleuze, y un par de ideas de Peirce, en cuya clave he propuesto
puede comprenderse lo discursivo foucaultiano. El poder foucaultiano,
entonces, como lo retoma Deleuze, carece de esencia, es operatorio.
No es atributo, sino relacin, es una relacin de fuerzas, o ms bien
toda relacin de fuerzas es una relacin de poder, y adems, el
nico objeto de la fuerza son otras fuerzas, y su nico ser la relacin:
es una accin sobre la accin, sobre acciones eventuales o actuales,
futuras o presentes, un conjunto de acciones sobre acciones posibles
(Ibidem.: 53 y 99). Qu, si no el universo de lo sgnico, comparte
con esta nocin de poder ese carcter intrnseca y estrictamente
relacional?. Siguiendo a Peirce hemos visto
que los signos slo eran tales en tanto se diera la articulacin entre
los tres elementos componentes, y tambin se vio que cada uno de los
elementos se defina en tanto miembro de esta trada y adquira rasgos
especficos segn alguna actualizacin particular. Por otro lado, desde
una ptica ms genrica, se indic asimismo que los discursos no significaban
sino en relacin con otros con los que competan en otorgar significacin
al fenmeno de que se tratase. Pero hay an ms. En el campo
de lo discursivo segn esta orientacin peirceana no hallamos relaciones
en el sentido de conexiones de representacin entre dos. En realidad,
con ms precisin, nos hallamos ante acciones que resultan de
la articulacin de tres. Los signos (en un nivel) y los discursos
(en otro) son acciones, y acciones productivas, generativas,
constructivas
[13]
. Se ve muy bien la ligazn ntima con aquella concepcin
del poder. Poder que no representa nada pero que hace representar
[14]
. Otro tema vinculado al que
estamos tratando, que apenas mencionar al pasar aqu, es el que atae
a las relaciones entre temporalidad y espacialidad. En
Foucault puede apreciarse una supremaca de la segunda sobre la primera,
al igual que una preferencia de su parte por pensar en trminos
de aquella dimensin. Deleuze ve esto y no deja de hacerlo notar: los
temas del Afuera y de la exterioridad dirase que imponen sobre todo
una primaca del espacio sobre el tiempo... (Deleuze, G., 1998: 141).
En La Arqueologa..., por otra parte, como se recordar, Foucault
nos instaba en su proyecto de una historia general, a determinar
no slo qu series sino qu series de series, o en otros trminos,
qu cuadros es posible construir (Foucault, M., 1991[1969]: 16).
Espacialidad que se despliega en contra de la linealidad del sentido
fenomenolgico a la vez que en contra de una estructura centrada que
estabilizara las series
[15]
. Espacialidad del cuadro, entonces,
por sobre la linealidad temporal. Series de series
temporales, como repetir en otro lado (Ibidem.: 123) o, mejor an,
al refutar la idea del libro como unidad discursiva preestablecida,
un nudo en una red (Ibidem.: 37) sern imgenes utilizadas para dar
la idea de esta espacializacin. Y an ms que de una llanura montona
e indefinidamente prolongada (...) se trata ahora de un volumen
complejo, en el que se diferencian regiones heterogneas, y en el que
se despliegan, segn unas reglas especficas, unas prcticas que no
pueden superponerse... (Ibidem.: 218)
[16]
. Es conocida, y ha sido muchas
veces destacada la forma espacial que la semitica peirceana
conlleva. No debe sorprendernos que una de las figuras que acabamos
de mencionar entre las que daban forma a la espacialidad foucaultiana,
la del nudo en una red, sea la misma que muchos trabajos de orientacin
peirceana utilizan para explicar el despliegue de las semiosis y la
produccin de la significacin como efecto de fijacin parcial sobre
esa red o trama. Su misma definicin de signo, la dinmica que lo caracteriza,
promueve, como fue sugerido, dicha espacialidad. Hacia afuera
del signo: interpretantes diferentes de un mismo objeto
generan, en rigor, que no pueda tratarse ya del mismo objeto,
ya que la aptitud o disposicin de las formas de la sustitucin (representamen)
recibirn valores diferentes (los componentes varan en su disposicin
y en las articulaciones que establecen entre s, lo que produce la variacin
de cada uno de ellos, en una expansin que se extiende ad infinitum).
Hacia adentro: puesto que siendo cada uno de los componentes del signo,
signo a su vez (con su forma, existencia y valor),
se obtiene una recursividad ilimitada del signo que completa aquel otro
despliegue. La linealidad del signo se pierde, subsumida en una geografa
que lleva a pensar en ese volumen complejo que citbamos en
Foucault. Espacialidad en Foucault,
espacialidad en Peirce. Espacialidad en nuestra lectura en clave peirceana
de lo discursivo en Foucault. Pero no nicamente de lo discursivo.
Esto es lo quiero subrayar aqu. Linealidad-espacialidad (o volumen)
es una alternativa que involucra directamente a la cuestin del poder,
y que define el modo de su concepcin. No podemos pensar en los trminos
de esta alternativa las ideas de poder que Foucault rechaza y las que
abraza?. No es la linealidad lo que
define una forma jurdica del poder, pegada a la representacin del
poder-soberana que nuestro autor invita a abandonar y la espacialidad
la que est detrs de la nocin foucaultiana de un poder como multiplicidad
de las relaciones de fuerzas, estratgico, que teje microfsicamente
la trama social?, no es linealmente que aquel poder se dara
desde la cspide real hacia abajo, y espacialmente como debera ser
pensado este otro poder sin rey, que forma cadena o sistema?
(Foucault, M., 1990[1976]: 107-111, 112 y ss.). Por lo dems, nuestro
autor ha recurrido explcitamente en gran cantidad de ocasiones a la
imagen de la trama, la retcula o la red para definir
el poder (por ejemplo: Foucault, M., 1989[1975]: 33-34)
[17]
. Recapitulemos muy rpidamente las razones
y efectos de nuestra interpretacin peirceana de Foucault. En un primer
momento, esta clave de lectura nos permiti responder a la separacin
efectuada por Deleuze entre enunciable-discursivo y visible-no discursivo
y sostener la defensa de nuestra tesis de las dos nociones (amplia y
restringida) de discurso. En un segundo momento (que, en verdad,
se completa con los prrafos que siguen), con aspiraciones en alguna
medida mayores, se propuso establecer una correspondencia u homologacin
entre el campo del discurso y el campo del poder. El fin
perseguido por esta propuesta era (y es) el siguiente: mostrar que en
la produccin terica de Foucault, tanto en la etapa que suele llamarse
del saber como en la posterior, llamada del poder, persiste una
figura de lo discursivo en el sentido general, amplio que le
hemos dado, que las dos estn atravesadas por una suerte de pensamiento
semitico (en el sentido tambin particular que le hemos dado siguiendo
a Peirce). Y mostrar asimismo que, como correlato o contrapartida, ambas
etapas estn atravesadas por un pensamiento estratgico del poder,
que el poder en tanto preocupacin y categora terica, como
nocin analtica y prospectiva y como inquietud aparece y juega un papel
cardinal en una etapa y tambin en la otra. Mostrar, en resumen, que
constituyen (y pertenecen a) un campo comn, para cuya delimitacin
y caracterizacin ambas categoras son imprescindibles, cada una aportando
trazos propios y subrayando rasgos particulares. Para finalizar este trabajo,
entonces, dar algunas pistas capaces de mostrar dnde y de qu manera
se puede apreciar tal cosa en los textos del propio Foucault, y completar
as lo que se haya podido ver hasta aqu y que pueda abonar esta hiptesis.
No obstante, antes de comenzar, y si bien hemos adelantado ya ciertos
puntos claves, repasemos algunas de las caractersticas que delinean
el estudio del poder en Foucault, tal como lo sintetiza Deleuze
y lo toma Tern en sus obras ya citadas
[18]
. El poder no debe investigarse en su localizacin
central, puesto que no existe un semejante espacio central que lo contenga;
se trata de un ejercicio y no de algo sobre lo que pueda reclamarse
propiedad alguna, relacin desigual que circula reticular y transversalmente,
microfsicamente formando sistema; las relaciones de poder son inmanentes
a los diversos procesos sociales, no expresan, ni reflejan una realidad
previa, no son una superestructura, sino una materialidad directamente
productora; entre otras caractersticas que no nos interesa destacar
ahora. En primer lugar, entonces,
podemos recordar algunas apelaciones directas a la nocin de poder
presentes ya en La Arqueologa..., para lo cual pueden recuperarse
pasajes como ste: el discurso aparece como un bien finito, limitado,
deseable, til- que tiene sus reglas de aparicin, pero tambin sus
condiciones de apropiacin y de empleo; un bien que plantea, por consiguiente,
desde su existencia (y no simplemente en sus aplicaciones prcticas)
la cuestin del poder (Foucault, M., 1991[1969]: 204). O como el siguiente,
donde se hace patente su relacin con la historia misma: El discurso
entendido as no es una forma ideal e intemporal que tuviese adems
una historia (...) es, de parte a parte, histrico: fragmento de historia,
unidad y discontinuidad en la historia misma, planteando el problema
de sus propios lmites, de sus cortes, de sus transformaciones, de lo
modos especficos de su temporalidad... (Ibidem.:198). Y si recordamos
que, como fue indicado en las primeras pginas de este escrito, las
cuatro direcciones para analizar las formaciones discursivas
eran la formacin de los objetos, la formacin de las
posiciones subjetivas, la formacin de los conceptos y la formacin
de las elecciones estratgicas, entonces este fragmento revela su
mayor importancia en el hecho de mostrar que el poder al que
nos referimos recin se anuncia ya aqu como productivo, generativo,
en el sentido en que luego ser confirmado y definido con mayor extensin
y precisin en los libros de la etapa posterior
[19]
. Por otra parte, son sumamente
elocuentes y tiles para pensar del modo en que estamos proponindolo
la relacin discurso-poder algunas lneas referidas a las contradicciones,
los discursos y el vnculo que los une. Foucault afirma concluyentemente
que una formacin discursiva no es el texto ideal, continuo
y sin asperezas, que corre bajo la multiplicidad de las contradicciones
y las resuelve en la unidad serena de un pensamiento coherente; tampoco
es la superficie a la que viene a reflejarse, bajo mil aspectos diferentes,
una contradiccin que se hallara a la vez en segundo trmino, pero
dominante por doquier. Es ms bien un espacio de disensiones mltiples;
es un conjunto de oposiciones diferentes cuyos niveles y cometidos es
preciso describir (...) Se trata de localizar, en una prctica discursiva
determinada, el punto en que aquellas (las oposiciones) se constituyen,
de definir la forma que adoptan, las relaciones que tienen entre s
y el dominio que rigen. En suma, se trata de mantener el discurso en
sus asperezas mltiples y de suprimir, en consecuencia, el tema de una
contradiccin uniformemente perdida y recobrada, resuelta y siempre
renaciente, en el elemento indiferenciado del logos (Ibidem.: 261-262).
Me he permitido esta larga cita pues su claridad ahorra parte del trabajo
argumentativo
[20]
. En estas palabras de Foucault no hallamos nicamente
referencias explcitas y rotundas al tema de las contradicciones (y,
consecuentemente, de las relaciones conflictivas, antagnicas y, entonces,
del poder). Lo que creo an ms decisivo es que en ellas puede
observarse la analoga formal que mencion ms arriba y empezamos a
establecer con la gua de Peirce. Las caractersticas atribuidas a las
prcticas discursivas y las formaciones discursivas son,
en su mayora, homologables a las que definen ese poder al que aludimos
como relaciones de fuerza mltiples, de variadas direcciones. Aquellos
discursos que constituyen ellos mismos las contradicciones, y
que es necesario describir en su inmanencia, sin remisin a una instancia
primera de la que derivaran se acercan significativamente a aquel poder
estratgico, materialidad directamente productora que se presenta irreductible
a cualquier centro que pudiera contenerla. All y aqu multiplicidad
de enfrentamientos y tensiones, capilaridad de la lucha que define y
organiza el lugar de las oposiciones, que estructura la forma y dinmica
de las contradicciones heterogneas (y articulables), sistema
que se dispersa/ dispersin que se sistematiza, y que no traduce
ni replica contradiccin original ni oposicin central algunas. Otro concepto que confluye
en la direccin que se ha demarcado hasta aqu es, a nuestro criterio,
el de apriori histrico. Y el indicio para esta interpretacin
nos lo da Deleuze cuando dice que el diagrama suprasensible no se confunde
con el archivo audiovisual: es como el apriori que la formacin histrica
supone (Deleuze, G., 1998: 113). Sin demorarnos en analizar este concepto
brbaro, como lo llamara Foucault, vemos que, lejos de separar el espacio
del poder y el del discurso, este concepto nos permite
vislumbrar, l tambin, que en el corazn de la argumentacin arqueolgica
sobre los discursos estn ya los rasgos primordiales que definen
al poder. Porque precisamente ese apriori que la formacin
histrica supone es un concepto que aparece con toda su fuerza en La
Arqueologa... y se define como el conjunto de las reglas que caracterizan
una prctica discursiva, como apriori de las positividades
discursivas (Foucault, M., 1991[1969]: 216). Una ltima lnea por dnde podra reconocerse
la correspondencia y analoga formal planteada est dada por la enorme
similitud que se aprecia entre los requisitos y previsiones sugeridos
y seguidos por Foucault para estudiar los discursos y formaciones discursivas,
por un lado y, por el otro, las reglas que propone observar para llevar
adelante un anlisis del poder. Advertencias, recomendaciones, prescripciones
que no nos dan meramente el contexto y condiciones necesarios para realizar
tales exploraciones, sino que ofrecen al mismo tiempo rasgos caractersticos
de lo discursivo y el poder, cada uno a su turno. Recordmoslas, y a la vez intentemos dar con
esa correspondencia. La primera regla dada para el caso del poder, la
regla de inmanencia, indica reparar en cmo las relaciones de
poder (en tanto que focos locales de poder-saber) instituyeron
como objeto posible la sexualidad. De otra parte, para el caso del discurso,
era menester dejar en suspenso las unidades discursivas preconcebidas
y considerar los discursos como acontecimientos irreductibles
que haba que someter a una descripcin que los relevara en su
aparicin de superficie y en la actividad generativa de
su emergencia y puesta en relacin. No comparten ambos principios la
denegacin de una instancia primera, nuclear, a la cual se remitiran
(poderes o discursos) y de la que extraeran su fuerza productiva?,
no se emparejan los dos en sta (su) fuerza instituyente, que resulta
de sus encuentros y relaciones de superficie?. La segunda, la regla de las variaciones
continuas, aconseja buscar el esquema de las modificaciones que
las relaciones de fuerza, por su propio juego, implican puesto
que las relaciones de poder-saber no son formas establecidas de reparticin
sino matrices de transformaciones y que las fijaciones de
dichas relaciones nunca representan otra cosa que cortes instantneos
de ciertos procesos. Sabemos, por otro lado, que la descripcin
planteada para el campo del discurso era una descripcin de una dispersin
de aquellos acontecimientos; es decir que en ese campo lo que habra
que caracterizar e individualizar sera la coexistencia de esos enunciados
dispersos y heterogneos; transformaciones entonces (recordemos: discontinuidades,
umbrales, etc.), dispersin de los elementos en un juego
mltiple en sus variaciones. No estamos, aqu igual que
all, ante el rechazo de los edificios deductivos preestablecidos y
de los senderos de los que ya se conocen el origen y el fin?, no se
trata en ambos casos del anlisis de un espacio cuyos ritmos y movimientos
no se dejan atrapar ni en el modelo de una estructura rgida
ni en una cadena de inferencias teleolgicas?. La regla del doble condicionamiento,
el tercer principio, postula que ningn foco local, ningn esquema
de transformacin podra funcionar sin inscribirse al fin y al cabo,
por una serie de encadenamientos sucesivos, en una estrategia de conjunto,
e inversamente desde el punto de vista de la estrategia. Para el caso
de los discursos, por la otra parte, la descripcin de una dispersin
no significaba vrselas con un estallido sin ningn tipo de contencin, una estampida multidireccionada en la que se difuminaran
y desaparecieran los elementos; antes bien, se recordar, se trataba
de identificar las reglas de formacin, las regularidades que
permitan los agrupamientos y las estructuraciones (siempre precarios
y cruzados de tensiones). La correlacin en este caso parece otra vez
muy clara; en pocas palabras parece que tenemos aqu la contracara y,
a la vez, complemento de la anterior correspondencia entre reglas y
pautas de un campo y del otro. Podramos decir que la segunda y tercera
reglas para el anlisis del poder nos muestran respectivamente, en trminos
de La Arqueologa..., que estamos ante sistemas de dispersin
que son sistemas de dispersin. La cuarta y ltima regla, que tiene su correlato
casi exacto en el captulo La formacin de las estrategias temticas
de La Arqueologa..., es la de la polivalencia tctica de
los discursos, en la que se seala la variabilidad posible de los
discursos (en el sentido que hemos distinguido aqu como acotado o restringido)
en su funcionamiento tctico al interior de alguna(s) estrategia(s)
[21]
. Para finalizar, responder
a una posible pregunta que se podra formular a este trabajo: para
qu ensayar esta interpretacin?, qu aporta una lectura semejante?,
cul es el objeto de la insistencia en la discursividad?.
a qu plantear la distincin entre dos sentidos diferentes
de lo discursivo?, qu se busca finalmente con la clave peirceana
ofrecida?, con qu objeto proponer una correlacin entre discurso
y poder?. Algunos de estos interrogantes (o todos) han sido saldados
a lo largo de estas pginas, al menos en lo que cada uno tiene de particular
en su formulacin. Pero cul es la inquietud general que los recorre
a todos y los compone como fragmentos de una orientacin principal?. Dicho en muy pocas palabras,
sobre lo que se procur enfatizar e insistir es aquello que aparece
en Foucault como un modelo de la accin para pensar lo discursivo y
un modelo de la relacin para pensar el poder, y a la inversa, un modelo
de la relacin para lo discursivo/ semitico, y de la accin para el
poder Concepcin estratgica de lo discursivo, concepcin contextualizante
del poder; desencializacin del poder, caracterizacin agonal del discurso
(y, otra vez, el movimiento inverso vale para los dos casos). Fundacin
de una nueva pragmtica, quizs, para decirlo con Deleuze. Antes y despus
el pensamiento del poder, antes y despus el pensamiento de lo discursivo.
Desencializacin del poder, entonces, puesto que el poder tiene los
atributos de lo discursivo: es relacional, y entonces contextual, ligado
al modo de su operacionalizacin y al valor local y mvil que resulte
de su efectuacin... Caracterizacin agonal del discurso, en tanto el
discurso es poder: concurrencia conflictiva, antagnica de elementos,
produccin de objetos, construccin de sujetos, etc., accin como proyeccin
e instauracin de universos... Discurso sin sustancia y poder sin ttulo
de propiedad. Positividades. En ambos campos
negacin del fundamento ltimo y afirmacin de la contingencia en la
historia, desconocimiento del centro que detiene el juego
de la dispersin y asuncin de la parcialidad y fragilidad de las fijaciones
y de la inestabilidad de las estructuraciones. Desde un espacio y desde
el otro, desde su articulacin, desde ese poder-discurso o discurso-poder
a lo que asistimos es a una recusacin inapelable del logocentrismo
y la metafsica.
[1]
Urge una nueva aclaracin. No estoy a punto
de proponer que voy a ser yo quin resuelva esta tensin. Ni mi lucidez
ni mi soberbia (ni las dos sumadas) alcanzaran -en caso de querer
hacerlo- para prometer tal empresa. En realidad, de lo que se trata
para m es de intentar cambiar el ngulo desde el que hemos mirado
esta cuestin.
[2]
Concepciones que no se dan forzosamente
ocupando unas un lugar y otras otro, sino
que a veces aparecen yuxtapuestas en un mismo pasaje.
[3]
Puede resultar interesante recordar
aqu algunas palabras de Paul Veyne pronunciadas en el marco de la
discusin entablada en ocasin del Encuentro Internacional organizado
en 1988 por la Association pour le Centre Michel Foucault,
tras la exposicin de M. Frank de su trabajo Sobre el concepto de
discurso en Foucault. Veyne, desinteresado en discutir acerca del
trmino discurso, nos da, sin embargo, algunas caractersticas
del concepto que, segn mi manera de ver, van en la direccin en la
que he tratado de presentarlo en este escrito. Veyne sugiere que quiz
Foucault simplemente haya sido sensible a una moda al elegir este
concepto para designar ese algo en el que debemos reconocer la finitud
positiva o la rarefaccin (Balbier, E. et al.,
1999: 115; subrayado mo).
[4]
Distincin que funciona y se mantiene
durante toda la obra foucaultiana pero que sufre algunas alteraciones.
Una de la ms importantes, sin dudas para el propio Deleuze, se da
en Vigilar y Castigar cuando Foucault ofrece en trminos positivos
aquello que hasta entonces era nombrado slo negativamente: Lo que
la Arqueologa reconoca, pero todava slo designaba negativamente
como medios no discursivos, encuentra en Vigilar y Castigar
su forma positiva que es toda una constante en la obra de Foucault:
la forma de lo visible, en su diferencia en la forma con lo enunciable
(Deleuze, G., 1998: 59).
[5]
En general acordamos con la mayora
de los estudiosos de su obra y de su biografa en la coincidencia
ms o menos amplia al respecto.
[6]
Por lo dems, en un prrafo muy sugerente
pero no explotado en toda su potencialidad, Deleuze parece abrir la
puerta a una interpretacin como la que acabo de proponer respecto
de la diferencia cualitativa entre los espacios de lo enunciable y
lo visible y respecto del carcter semitico de ambos: Existe disyuncin
entre hablar y ver, entre lo visible y lo enunciable: lo que se
ve nunca aparece en lo que se dice, y a la inversa. La conjuncin
es imposible por dos razones: el enunciado tiene su propio objeto
correlativo, y no es una proposicin que designara un estado de cosas
o un objeto visible (...); pero lo visible tampoco es un sentido mudo,
un significado de potencia que se actualizara en el lenguaje...
(1998: 93).
[7]
Brevsimamente recordemos que el representamen
es la forma que el signo tiene de presentarse a nuestra percepcin,
de aparecerse ante nosotros; el objeto es el existente
(alguna parte, y siempre en tanto que signo) que ocupa el lugar de
aquello que es sustituido; el interpretante, por fin, es el
lugar lgico de valoracin de aquella sustitucin (el stand
for) que define al signo como tal.
[8]
Es obvio que no se puede efectuar
una traslacin entre lo determinado y lo determinable
como lo venamos viendo, es decir, la forma de la expresin
y la forma del contenido a representamen y objeto,
las dos figuras restantes en el concepto peirceano. El hecho mismo
de que la definicin incluya al tercer trmino hace variar el valor
de las otras, en primer lugar. En segundo, en un instante se ver
tambin el carcter singular de ese objeto peirceano que lo
hace irreductible a la forma del contenido. No obstante, si
uno quisiera forzar un poco los conceptos, esa sera la correlacin
ms aproximada.
[9]
Esto significa que la sustitucin
no puede darse respecto de la totalidad del objeto sino de una parte,
que es esta idea o fundamento, que puede entenderse
fcilmente, siguiendo a Peirce, pensando, por ejemplo, en la situacin
en que un hombre capta la idea de otro, o cuando alguien recuerda
algo que estuvo pensando previamente, etc. (Peirce, Ch. S., op. cit.).
[10]
Con esto retomaremos tambin un punto importante
que no atendimos a la hora de plantear la discusin con los textos
de Tern. Este autor, por su parte, sigue a grandes rasgos, en su
consideracin del poder, la orientacin de Deleuze, por lo que las
obervaciones que se realicen valen para ambos.
[11]
Respecto de esta idea de la exterioridad y
de su posible interpretacin sustancialista/esencialista, as como
en lo que concierne al planteo global de este apartado dir una vez
ms que de ninguna manera se busca acusar de tales posturas a Deleuze
ni al mismo Foucault. Se trata de encontrar algunas soluciones diferentes
a ciertos problemas conceptuales que, segn creo, no se alejan de
la lgica de estos autores sino que, al contrario, pueden considerarse
dentro de ella. La siguiente cita de Deleuze ensea algo de lo que
estoy tratando de decir, adems de lo que tal vez pudiera verse como
una cierta tensin entre algunos de sus conceptos: Foucault invoca
a menudo una forma de lo discursivo y una forma de lo no discursivo;
pero esas formas no encierran, ni interiorizan nada; son formas de
exterioridad a travs de las cuales unas veces los enunciados, otras
los visibles se dispersan. En general es un problema: en
lugar de ir de una exterioridad aparente a un ncleo de interioridad
que sera esencial, hay que conjurar la ilusoria interioridad...
(Ibidem.: 70, cursivas mas). Desde ngulos distintos, pero que me
parecen totalmente compatibles, puede verse la idea de exterioridad
constitutiva en: Derrida, J. (1989[1967]); Laclau, E. (1996);
Critchley, Derrida et al. (1998).
[12]
Aclaremos rpidamente que la (co)relacin
que se busca no es en absoluto la que suele sealarse a menudo entre
poder y saber. No solamente es una relacin de otro
tipo, sino que involucra adems elementos diferentes. Confiamos en
que con lo dicho hasta aqu y, especialmente, con lo que se dir seguidamente,
la particularidad de aquella (co)relacin pueda verse con claridad,
ya que detenernos ahora en hacer la distincin nos alejara de nuestros
objetivos actuales.
[13]
Para la semiosis como accin o influencia
que es o implica la cooperacin de tres sujetos (subjects),
ver Peirce (op. cit.: especialmente 5.484). Para una distincin entre
esta idea del signo como accin y el signo como relacin, ver Parret,
H. (1993).
[14]
Es destacable, adems que Deleuze habla de
Foucault como del fundador de una nueva pragmtica (Ibidem.: 35).
No sabemos cul es el referente en relacin con el cual Deleuze habla
de pragmtica. Pero sin lugar a dudas una alusin semejante involucra
nuevamente a Peirce, su fundador (o uno de los principales iniciadores,
al menos). No se entablar aqu, no obstante, una discusin acerca
de la pragmtica. Remitimos para su concepcin de pragmatismo y pragmaticismo
a Peirce, Ch. S. (1931/1965: volumen V). Para algunas discusiones
sobre el tema, en sintona con los aspectos que nos interesan: Critchley,
Derrida et al. (1998); tambin Parret, H. (1993).
[15]
Pueden verse algo de lo que se quiere resaltar
aqu sobre la fenomenologa y el estructuralismo, en Descombes, V.
(1998: 109 y 118).
[16]
Como ha dicho tambin Tern es preciso reparar
en la espacializacin de un pensamiento que as pretende eludir
cualquier recaptura dialctica, y como si sobre l operara aquella
misma obsesin que detectara en Roussel, tendida ahora s a abolir
el tiempo mediante la circularidad del espacio (Tern, O., 1982:
32).
[17]
Digamos al pasar que esta alternativa linealidad-espacialidad
es sumamente sugerente para pensar tambin a Deleuze (junto a Guattari),
en lo que hace a sus concepciones del poder y de la conformacin de
colectivos sociales (entre la mquina desptica con su codificacin
y territorializacin, y la mquina capitalista con su descodificacin
y su desterritorializacin), tal como aparecen en su AntiEdipo. (Deleuze,
G., y Guattari, F., 1974).
[18]
Para ver estas caractersticas (y otras) directamente
en las palabras de Foucault, remitimos nuevamente a las pginas mencionadas
de Vigilar y Castigar (Foucault, M., 1989[1975]: 33-34) y,
especialmente, a otras de La Voluntad de Saber (Foucault, M.,
1990[1976]: 114 y ss.)
[19]
En El Orden del Discurso puede leerse,
adems, que la genealoga se refiere (...) a las series de la formacin
efectiva del discurso: intenta captarlo en su poder de afirmacin,
y entiendo por esto no un poder que se opondra al de negar, sino
el poder de constituir dominios de objetos, a propsito de los
cuales se podra afirmar o negar proposiciones verdaderas o falsas
(Foucault, M., 1992[1971]: 56, cursivas mas). Si bien este es considerado
un texto de transicin entre etapas, me gustara poner de relieve
que el poder de afirmacin reconocido al discurso no parece
distinto al que hemos intentado mostrar a lo largo de muchas de estas
pginas, especialmente las primeras, en La Arqueologa...
[20]
Y no nos resistimos a una cita ms que abunda
en lo anterior: (la arqueologa) renuncia, pues, a tratar la contradiccin
como una funcin general que se ejerciera, del mismo modo, en todos
los niveles del discurso, y que el anlisis debera o suprimir enteramente
o reducir a una forma primera y constitutiva: sustituye el gran juego
de la contradiccin -presente bajo mil rostros, suprimida despus
y al fin restituida en el conflicto mayor en que culmina-, por el
anlisis de los diferentes tipos de contradiccin, de los diferentes
niveles segn los cuales se la puede localizar, de las diferentes
funciones que puede ejercer (Foucault, M., 1991[1969]: 257).
[21]
Las citas directas, as como la mayora de
las alusiones indirectas, que se encuentran en estos prrafos pueden
hallarse en Foucault, M. (1990[1976]: 119-125; 1991[1969]: I, II.I
y II.I) Bibliografa
Citada: -
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Barcelona. - Deleuze, G.-Gattari, F..
(1974). El Antiedipo. Capitalismo y esquizofrenia, Corregidor,
Buenos Aires. - Derrida, Jacques. (1989 [1967]). La escritura
y la diferencia, Anthropos, Barcelona. - Descombes, Vincent. (1998). Lo mismo y lo
otro, Ctedra, Madrid. - Foucault, Michel. (1991[1969]). La Arqueologa
del Saber, Ed. Siglo XXI, Mxico. - Foucault, Michel. (1992[1971]). El orden
del discurso, Tusquets, Barcelona. - Foucault, Michel. (1989[1975]). Vigilar
y Castigar, Siglo XXI, Buenos Aires. - Foucault, Michel..
(1990[1976]). Historia de la sexualidad. 1-La voluntad de saber,
Siglo XXI, Buenos Aires. - Hjelmslev, Louis. (1973). Prolegmenos a
una teora del lenguaje, Gredos, Madrid. - Laclau, Ernesto. (1993). Nuevas reflexiones
sobre la revolucin de nuestro tiempo, Ed. Nueva Visin, Buenos
Aires. - Laclau, E.. (1996).
Emancipacin y diferencia, Ariel, Buenos Aires. - Magarios de Morentn, Juan A.. (1983). El signo. Las fuentes tericas de la semiologa:
Saussure, Peirce, Morris, Hachette, Buenos Aires. - Parret, Herman. (1993). Semitica y Pragmtica,
Edicial, Buenos Aires. - Peirce, Charles
Sanders. (1931/1965). Collected
Papers, The Belknap Press of Harvard University Press, Cambridge. - Tern, Oscar. (1995). Presentacin, en Discurso,
poder y subjetividad, El cielo por asalto, Bs. As.. - Tern, Oscar. (1982). Presentacin de Foucault,
en El discurso del poder, Mxico. - Vern, Eliseo. (1998 [1988]). La semiosis
social, Gedisa, Barcelona. |