Del discurso del Poder al Poder del Discurso

Sergio Caggiano


...que en toda sociedad la produccin del discurso est a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por un cierto nmero de procedimientos que tienen por funcin conjurar los poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad...

Foucault., M., El orden del discurso

 

En cualquier produccin terica basta, extendida en el tiempo y que ocupe un lugar central en el campo intelectual se detectan, tarde o temprano, reas temticas, por llamarlas de alguna manera, que se presentan como problemticas por alguna razn. La obra de Foucault, por supuesto, no ha escapado a este destino. Quiz inclusive ste sea uno de los requisitos para que una obra pueda ser considerada en ese lugar central. Entre algunas de esas reas generadoras de debate en la teora foucaultiana me interesa aqu trabajar sobre una en particular a la vez que sobre algunas de las repercusiones que ella misma ha provocado. Me refiero a la problemtica relacin entre discursividad y extradiscursividad que, si bien recorre toda la produccin de Foucault, se concentra en un periodo ms o menos definido cuyo epicentro podra establecerse en la Arqueologa del Saber.

Esta relacin problemtica entre lo discursivo y lo extradiscursivo ha recibido muy distinta atencin. Por cierto, algunos han desodo el problema. Otros han dado respuestas ms o menos elaboradas para solucionarlo, buscando un arreglo particular entre ambos campos, o bien intentando ver dnde poda, en el discurso del autor, justificarse la preeminencia de uno sobre otro de ellos. Mi trabajo tiene dos partes principales que giran bsicamente en torno a las propuestas que dos autores han hecho para comprender aquella cuestin, y que me permitirn ir dando mi propia perspectiva, a partir de la diferencia con y la discusin de algunos de sus postulados.

 

 

1) De las dos series a los dos sentidos de lo discursivo.

 

Oscar Tern es seguramente quien ha brindado a aquel problema uno de los tratamientos ms rigurosos y ms consecuentes con la propuesta foucaultiana. No obstante, lo que intentar con esta primera parte es justamente ofrecer una salida alternativa a la suya. No porque no est de acuerdo con la orientacin general o las implicancias ltimas de la lectura de Tern sino porque me parece que la misma deja en pie algunas cuestiones que continan reclamando respuesta. Antes de ir al punto, es menester hacer algunas aclaraciones: en principio, Tern se refiere, en los artculos que son utilizados aqu, al conjunto de la obra de nuestro autor, y yo solamente a algunos de sus libros (uno, principalmente, si bien es cierto que con otros ms funcionando como una suerte de fondo conceptual). Por otro lado, pero en ntima vinculacin con esto, Tern busca ordenar y organizar el pensamiento de Foucault, sealando las diferentes etapas que habra recorrido y los cambios y continuidades que se habran operado en cada una de ellas sobre los diversos temas tratados, el que nos interesa aqu entre otros. Yo no estoy interesado en plantear una disputa acerca de la interpretacin del conjunto de la obra de Foucault; antes bien lo que pretendo, haciendo foco en La Arqueologa del Saber, es indagar acerca de las (quizs diferentes) posibilidades abiertas para pensar la relacin entre aquellos campos a los que alud antes. No obstante, la dinmica misma de la argumentacin nos conducir a tratar tambin, aunque con menor profundidad, la cuestin del poder.

Para decirlo en pocas palabras, la interpretacin de Tern de la cuestin discursividad/extradiscursividad concluye en afirmar la existencia de estas dos series y en definir un tipo de relacin nunca jerrquica entre ambas. Su conclusin, entonces, presenta al menos dos aserciones importantes, y ser mejor que las dos se aprecien separadamente. En primer lugar, el estatuto de lo discursivo impide que se lo considere como subordinado a una instancia ajena del tipo de la realidad (externa o interna al sujeto). Lo discursivo se presenta como el espacio del acontecimiento irreductible. El principio de especificidad del discurso indica que no debe buscarse un ncleo primero, oculto del que emanaran los discursos. Y que, al contrario, debe partirse de la efectiva aparicin del acontecimiento discursivo, de su regularidad, de su vigencia segn condiciones de existencia especficas. Esta ltima idea (la de las condiciones), por lo dems, permite no caer -seala Tern- en la intradiscursividad, puesto que con ella se sustenta el principio de exterioridad, segn el cual aquellos acontecimientos discursivos slo pueden ser tales en su relacin con el espacio de lo extradiscursivo. As, tenemos afirmada la existencia de las dos series, y lo que resta entonces, como bien dice Tern, es identificar el tipo de lazo que las vincula.

Este constituye el lugar de la segunda asercin a que hice referencia. Cuando dije que no puede haber relacin jerrquica entre ellas, quera indicar que ninguna de ambas puede considerarse derivada de la otra, ni explicarse en ltima instancia por su referencia a ella. Escapando tanto a determinismos que recondujeran a los discursos a una infraestructura, cualquiera que esta fuera, y los tomara entonces como emanaciones de sta como tambin a un solipsismo discursivista que persiguiera la subordinacin de los acontecimientos extradiscursivos (tcnicos, econmicos, sociales y polticos), hay que entender la relacin entre ambos campos como una articulacin antes que como una determinacin de uno a otro; como flujos -dir Tern- que actan por fusin ms que por agregacin. Las tensiones de las que no est exenta esta articulacin tendern a resolverse a medida que Foucault avance en sus escritos posteriores hacia los conceptos de diagrama y de dispositivo, que involucrarn a ambas series. la conexin entre las series discursivas con las extradiscursivas (...) va a ir siendo ocupada progresivamente por el poder (Tern, O., 1982: 33).

Tras esta breve resea, estamos ya en condiciones de plantear aquella cuestin problemtica que, como anunci, era dejada en pie por la solucin dada por este autor al tema discursividad/extradiscursividad. Me interesa revisar la primera de las dos ideas que vengo de reproducir (que, por otra parte, es la condicin de reflexionar sobre la segunda), aquella que distingue la existencia de las dos series.

El punto es el siguiente. Durante gran parte de La Arqueologa..., hasta el final de la parte II, Foucault se dedica a delimitar el concepto de formaciones discursivas y a analizar lo que es, en sus trminos, la formacin de los objetos, las modalidades enunciativas, los conceptos y las estrategias temticas. Y lo que quiero destacar es que lo que encontramos a lo largo de estas pginas es una manifestacin temprana de lo que con trminos actuales llamaramos un constructivismo radical. En estos captulos Foucault muestra el discurso precisamente como el lugar en el que se constituyen, toman forma, aparecen y se ponen en relacin cada uno de aquellos cuatro elementos. As, buscando aquello que podra producir la unidad de un discurso cientfico (que, recordemos, no es ms que un ejemplo), y tras rechazar las hiptesis segn las cuales tal unidad pudiera estar dada por la referencia a un mismo objeto, la actualizacin de una misma modalidad enunciativa, el recurso a un conjunto comn de conceptos o la identidad y persistencia de unos temas, Foucault sostiene que, al contrario, aquella unidad slo es pasible de ser hallada si nos preguntamos no ya por la permanencia histrica de alguno de estos cuatro elementos sino por las regularidades que pueda presentar el juego discursivo que permite que ellos aparezcan, se delimiten y establezcan; si nos preguntamos por las reglas discursivas que han hecho posible la emergencia y construccin de ciertos objetos, la consolidacin de determinadas modalidades enunciativas, la delimitacin de algunos conceptos y no otros, la definicin de especficas estrategias temticas. Respecto de aquel de los cuatro elementos que podra parecer el que ms resistencia ofreciera a ser considerado discursivamente, el objeto, las palabras del propio Foucault son elocuentes: se quiere, totalmente, prescindir de las cosas. Des-presentificarlas. (...). Sustituir el tesoro enigmtico de las cosas previas al discurso, por la formacin regular de los objetos que slo en el se dibujan. Definir esos objetos sin referencia al fondo de las cosas, sino refirindolos al conjunto de las reglas que permiten formarlos... (Foucault, M., 1991[1969]: 78-79).

Constructivismo quiere decir aqu que las prcticas discursivas construyen el mundo que refieren. Y referir es, as, la actividad en proceso por la cual el referente resulta ser (ya no es) a partir de las posibilidades constructivas de los discursos (con sus reglas y regularidades) disponibles. Lo extradiscursivo parece perderse de vista. Ahora bien, cul es la calidad de esas reglas que organizan el juego discursivo y, consecuentemente, la aparicin de objetos, modalidades, etc.? Ciertamente, no es extradiscursiva. Dnde iremos a buscar aquellas regularidades que permiten la construccin de esos elementos?. No por fuera del discurso, al parecer. Nuevamente es el propio Foucault quien responde: detrs del sistema acabado, lo que descubre el anlisis de las formaciones (discursivas), no es, en ebullicin, la vida misma, la vida an no apresada; es un espesor inmenso de sistematicidades (...) Y adems, aunque esas relaciones no sean la trama misma del texto, no son por naturaleza ajenas al discurso. Se puede muy bien calificarlas de prediscursivas, pero a condicin de admitir que ese prediscursivo tiene todava algo de discursivo... (Ibid.:126).

Por lo dems, este problema que estoy planteando se cuela tambin en el texto de Tern y genera algunos pasajes que se vuelven cuestionables. En un momento, por ejemplo, Tern propone que irreductibles a la infraestructura de lo real tanto como a la inmanencia de la lengua, ese algo ms de ambos respectos es lo que configura la especificidad del discurso y hacia la cual se dirigen los esfuerzos del anlisis foucaultiano (Tern, O., 1982: 29). De este fragmento, con el que estamos en todo de acuerdo, puede derivarse, sin mayores mediaciones, la idea de lo discursivo que venimos exponiendo en los prrafos precedentes, en tanto ese algo ms sera ese espacio que pondra en marcha una suerte de mquina generadora de significaciones que no tendra efectos hacia el mundo de la lengua o hacia el mundo de lo real sino que postulara a aquellos y la relacin que pudiramos reconocer entre ellos como efectos de su funcionamiento.

Pero veamos ahora el siguiente pasaje, ubicado a diez lneas de distancia del anterior, en el cual Tern cita, a su vez, al propio Foucault de La Arqueologa...: para Foucault no existen series discursivas sin fenmenos extradiscursivos, pero tampoco las series no-discursivas pueden por s solas producir hechos de discurso. En esta bsqueda del nivel especficamente discursivo, de un anlisis como el que emprendo las palabras se hallan tan deliberadamente ausentes como las propias cosas. Otra vez, entonces, ni palabras ni cosas sino la conjuncin que las liga... (Ibidem.: 28 y Tern, 1995: 18). Lo que puede verse en esta cita es un desplazamiento que no est justificado. En efecto, si bien las palabras citadas de Foucault pueden avalar las de Tern que de l recuperamos nosotros en el prrafo anterior, no justifican ciertamente las que l est pretendiendo avalar con la cita, que son aquellas acerca de lo discursivo y lo extradiscursivo. Porque sucede que las palabras de Foucault no dicen nada respecto de esto ltimo; ellas hablan de palabras y de cosas. Subrepticiamente lo que se nos est proponiendo es un reemplazo de palabras por discurso y cosas por extradiscurso, y esto es algo que ninguna lnea de Foucault ayudara a sostener. Es, por lo dems, algo que tampoco el propio Tern defiende en el resto del texto. Qu es lo que sucede, entonces?. Estos son justamente esos puntos equvocos que, como dije, se vuelven cuestionables porque se filtra por ellos una dificultad mayor. Lo que sucede es que estn soportando ese problema mayor que estamos tratando en este escrito.

Un ltimo movimiento argumentativo de Tern que tiene algo en comn con el anterior. El autor seala que el discurso no es una tabla rasa donde se depositan pasivamente ciertos objetos previamente constituidos, sino que se define por esa capacidad de articulacin de objetos heterogneos (Tern, O., 1995: 18). Aqu se da evidentemente un salto lgico de una oracin a la otra. Porque o bien hay que reconocer que los objetos se constituyen en el discurso (con lo cual, insistamos a pesar de su obviedad, no hay objetos fuera del discurso), si es que aceptamos la primera afirmacin; o bien, si aceptamos la segunda, s los hay definidos previamente, puesto que esto tiene que ser una condicin para poder ser articulados luego. Se puede ver que estas dos oraciones presentan antes que dos ideas que se implican mutuamente, dos que se ofrecen como alternativas excluyentes. De todas formas, seguiremos adelante ya que mi intencin no es discutir coherencias lgicas.

Qu es lo que pretendo hacer con este trabajo, entonces?, se trata de una vuelta a alguna forma ramplona del idealismo, la recada en el solipsismo discursivista del que ya nos advirti Tern?. Ni idealismo rampln ni del otro, y tampoco lo segundo. Por ahora esto es simplemente una declamacin que a medida que avancemos, espero, quedar fundamentada. Pero entonces, se quiere demostrar que el campo de lo extradiscursivo no aparece en el planteo foucaultiano?, que vendra a ser algo as como el producto de una febril imaginacin, la de Tern?. Definitivamente tampoco se trata de eso. Fundamental y sencillamente porque son las palabras del propio Foucault las que no nos permitiran sostener algo semejante. De hecho la extradiscursividad tiene una presencia para nada despreciable en Foucault, ah mismo en La Arqueologa..., (podramos ver quiz -aunque tampoco es la lexicometra lo que nos interesa- que esa presencia es creciente a medida que se avanza en ese libro).

Foucault da la razn explcitamente a Tern, y esta es la mejor cita que he encontrado para probarlo: la arqueologa pone tambin de manifiesto unas relaciones entre las formaciones discursivas y unos dominios no discursivos (instituciones, acontecimientos polticos, prcticas y procesos econmicos) (Foucault, M., 1991[1969]: 272). O tambin: la arqueologa intenta mostrar cmo la autonoma del discurso y su especificidad no le dan por ello un estatuto de pura idealidad y de total independencia histrica; lo que quiere sacar a la luz es ese nivel singular en el que la historia puede dar lugar a tipos definidos de discurso...(Ibidem.: 276). Tern tiene razn, entonces. Respecto de la existencia de las dos dimensiones como as tambin respecto del tipo de relacin que puede reconocerse entre ambas: como se dijo antes, ni determinacin ni dependencia de una a otra, s articulacin, fusin ms que agregacin, para usar sus propios trminos.

Pero si esto es as, qu sucede con mis propias afirmaciones, las de pginas anteriores que aseguraban de algn modo la preeminencia de la discursividad?, debo abandonar mi lectura en clave constructivista?. Hemos llegado as al punto al que he querido que nos dirigiramos. Pero antes de abordarlo de lleno hago un muy pequeo ajuste de cuentas en relacin con los autores. Quiero decir: si Tern tiene razn no es porque resuelva el problema del difcil vnculo entre discursividad y extradiscursividad, sino justamente porque no lo hace [1] . Tern lee correctamente el planteo de Foucault. Tanto que conserva, bien que prolijamente presentada, la tensin entre aquellas dimensiones de la forma en la que aparece en el texto de este ltimo. Entonces podra pensarse que el interlocutor de la solicitacin que busca efectuar este escrito no es Tern sino el propio Foucault. Podra pensarse que no son las respuestas de aquel sino los planteos de ste lo que se quiere discutir. Puedo aceptar, en efecto, una observacin de este tipo pero siempre que se me conceda a la vez que esta intervencin responde ella misma a un enfoque foucaultiano.

La interrogacin a esta figura de la extradiscursividad puede hacerse desde lo discursivo, entendido en el sentido en que fuera presentado en las primeras pginas, segn la lectura en clave constructivista. Si las prcticas discursivas son, como se dijo, las prcticas que otorgan significado al mundo, posibilitando as su emergencia, su constitucin, cul es el sentido de hablar de lo extradiscursivo?. Hay algo, alguna prctica, algn fenmeno, o lo que sea que quede fuera del orden de la significacin?. Lo discursivo, insisten esas lneas de Foucault, se articula con y est limitado por acontecimientos polticos, procesos econmicos, instituciones, etc.. No tenemos espacio para analizar un ejemplo concreto pero sobrevolemos uno muy rpida y nada exhaustivamente (no lo buscaremos demasiado lejos, como se ver). Digamos, entonces, para poner un caso, que algunos ciertos discursos (no importa cules), en el siglo XVII, se articulan con y estn limitados por la aparicin de la moneda-signo en el campo de los procesos econmicos. Pero qu es lo que entenderemos por esto ltimo?. Es el mismo Foucault quien ayuda a que nos respondamos este interrogante formulando a nuestra vez una contrapregunta: no tiene que ver esta aparicin con el lugar que el anlisis de las riquezas viene a ocupar por entonces al lado de la teora del lenguaje, del anlisis de las representaciones, de la matesis y de la ciencia del orden (Ibid.: 113)?, no depende la conformacin de esa moneda-signo de este Anlisis de las riquezas, que debe ser descrito como una manera de tratar objetos de discurso (...), de disponer formas de enunciacin (...), de manipular conceptos (Ibid.: 115)?. Y as, otra vez, la pregunta es: no responde a leyes y regularidades discursivas?. Qu querra decir que los procesos econmicos son extradiscursivos?, que no significan?, cul sera, entonces, el estatuto de su existencia?. Tendran una lgica intrnseca que lo discursivo pretendera malamente remedar?, Deberamos considerar a los fenmenos econmicos (sociales, en general) como cosas sobre los cuales los discursos vendran a posarse luego, intentando moldearlos, pero contra los cuales conservaran siempre su sentido nunca plenamente develado?... de qu es que estamos hablando?, otra vez la esencia del mundo y la apariencia de los discursos?.

Voy a dirigirme ahora directamente a la propuesta que quiero hacer, para procurar aclarar un panorama que se ha vuelto confuso. Se trata de una propuesta de lectura, y es la siguiente: considero que es necesario distinguir, en el texto foucaultiano, dos concepciones bien diferentes de discursividad [2] . La primera es una concepcin si se quiere estricta, si se quiere elemental de esta nocin. La otra es la que estoy defendiendo aqu, a riesgo de ser tomado como un prisionero del solipsismo discursivista. Aquella se ajusta a lo que ms o menos habitualmente puede comprenderse como discurso, en tanto que producciones orales o escritas (en versiones audaces esto llega a ampliarse a otros lenguajes) que dicen algo acerca del mundo, que pueden organizarse en libros, estatutos, coloquios, etc., etc.. La segunda alude a una forma de ser -si puedo decirlo as- de las cosas; alude al espacio y modo de constitucin de los fenmenos y, consecuentemente, a su estatuto. Hace referencia, de manera ms general, al modo de existencia del mundo del (para el) hombre. Y, en todo caso, es indiferente a la forma efectiva de su manifestacin sensible. De hecho los objetos, las acciones y comportamientos, los fenmenos, tan complejos como se quiera, que aquellos y su articulacin puedan conformar pertenecen todos al orden discursivo. All estn para recordrnoslo el guio de Geertz, la construccin de la pared de Wittgenstein, el mingitorio de Duchamp, pero tambin una piedra arrojada al vecino o colgada de nuestro cuello, y la locura considerada hoy o en la edad media. Lo discursivo, entendido de esta manera, pone el acento en el hecho de que toda configuracin social es una configuracin significativa. Y esto no tiene nada que ver con negar la existencia, por decir as, fsica, de los fenmenos. No se trata de negar la lluvia cada, pero s de cuestionar que esto sea necesariamente un fenmeno meteorolgico y no, por ejemplo, la expresin de la gracia divina.

Una vez establecida esta distincin, lo que se quiere destacar es que, como se habr podido apreciar a lo largo de este trabajo, son ambas concepciones las que recorren el libro de Foucault. Pero adems, es importante sealar que ignorar esta distincin puede traer consecuencias relevantes para la comprensin del enfoque foucaultiano tanto como para su utilizacin en investigaciones concretas. Y la consecuencia fundamental que se debe evitar se deriva del carcter que se le reconozca a la figura de lo extradiscursivo. Porque si esta figura apunta a indicar la existencia de materiales y formas de significacin que exceden a lo lingstico, no hay nada que objetar, sino ms bien al contrario. Pero si lo extradiscursivo busca nombrar algo que se supone ms ac o ms all (siempre fuera) del campo de la significacin, corremos el peligro de pasar por alto un aporte que se me ocurre entre los principales de nuestro autor. Segn esta lectura, este aporte viene dado por una propuesta de historizacin y una contextualizacin radicales que impiden cualquier forma de esencialismo, propuesta que no deja en pie ningn reducto para salvaguardar la idea de un ncleo o un fundamento de lo social, destruye las perspectivas deterministas y conlleva la asuncin de la contingencia en la historia, y de la precariedad de lo social. Sustentar esta segunda figura de lo extradiscursivo, de tal suerte, conduce a recomponer en un grado u otro, ms tarde o ms temprano, aquella esencia de la historia que el gesto foucaultiano habra echado por la borda [3] .

Este es el sentido de discurso que hemos estado defendiendo en estas pginas. Podramos, para ser ms claros, llamar de distinta manera a uno y otro de los sentidos propuestos y hablar de discurso(s) en el primer caso, y reservar para el segundo el trmino ms elocuente de lo discursivo. En esta direccin podramos decir, con palabras de E. Laclau que consideramos lo discursivo como horizonte terico (Laclau, E., 1993: 119). Tambin podramos hablar de un archidiscurso, imitando la nocin derrideana de archiescritura. O tambin, con un concepto que vamos a recuperar ms de una vez, podemos hablar igualmente de lo semitico. Lo cierto es la distincin de estos dos rdenes. Y tambin el hecho de que ambos estn presentes en La Arqueologa del Saber. De esta manera este libro ofrecera a la vez algunas pistas metodolgicas para un anlisis del discurso, as como varias claves epistemolgicas para un anlisis discursivo. Lo que se hace necesario abandonar, aceptado el planteo que hemos hecho, es la existencia de las renombradas dos series, tal como aparecieran enunciadas por Foucault y recuperadas por Tern. Puesto que, o bien tenemos una serie, la de la discursividad, de la que ninguna otra queda excluida; o bien tenemos una infinidad (en trminos lgicos) de series, que van desde las lingsticas hasta las institucionales y que, a pesar de sus mltiples diferencias y de inscribirse en muy diversas dimensiones de comprensin e intervencin, comparten todas su ser discursivo.

 

 

2) De Hjelmslev a Peirce. Una clave ternaria para leer a Foucault.

 

Una vez aceptada esta propuesta y, por consiguiente, la concepcin de las dos nociones de la discursividad: su sentido restringido o acotado y su sentido amplio como horizonte terico; es decir, distinguiendo los discursos de lo discursivo/ semitico, y dado que esto no resuelve sino una parte de un problema mucho ms vasto, podremos abordar a continuacin otras aristas que tal problema nos presenta, y que se hacen patentes a la luz de la elaboracin terica que, al respecto, llevara a cabo Deleuze. En su libro Foucault, Deleuze realiza una aguda lectura de pasajes significativos en el conjunto de la produccin foucaultina con la cual nos plantea, de manera nueva, la problemtica discursivadad-extradiscursividad. En efecto, ese texto nos pone frente a la necesidad de seguir caminos alternativos a los que hemos recorrido hasta aqu para sostener nuestra tesis, y a la vez nos pone tambin frente a la posibilidad de atender algunos aspectos que descuidamos en la etapa anterior respecto de dicha problemtica; ms precisamente de su ligazn con la cuestin del poder.

Pueden distinguirse dos vas principales por las cuales Deleuze considera y resuelve la cuestin de la existencia de lo discursivo y lo no discursivo (como l lo llama), as como la relacin tensa que vincula estos dos rdenes. Por un lado, lo no discursivo aparecer a partir de una distincin interna al estrato del saber. Por otro, la diferenciacin y conexin entre lo discursivo y lo no discursivo resulta de la reflexin deleuzeana en torno a la relacin entre ese estrato del saber y la instancia del poder. Ser importante para nuestro argumento el hecho de que estas dos vas estn ambas cifradas en una lectura hjemsleviana (original y singular, sin dudas) que Deleuze hace de nuestro autor. Seguidamente contemplaremos por separado cada uno de estas vas.

 

Lo visible, o la primera forma de lo no discursivo.

 

La primera de ellas, que, como acabamos de decir, se desarrolla al interior del estrato del saber, resulta de la distincin entre lo enunciable y lo visible y de la forma en que Deleuze propone comprenderla [4] . Dicho rpidamente, lo no discursivo ser aqu lo visible, que es presentado como el elemento determinable, que recibir su determinacin de los enunciados que son por su parte, consecuentemente, los elementos determinantes. Es as, dir Deleuze, que divergen o se diferencian dos formas de actualizacin (del diagrama), forma de expresin y forma de contenido, formas discursiva y no discursiva, forma de lo visible y forma de lo enunciable (Deleuze, G., 1998: 64). Formas que no divergen sin encontrarse, sin vincularse, y no se vinculan sin tensiones y sin el predominio de una sobre la otra. Ms precisamente, el predominio de lo enunciable sobre lo visible. Hasta La Arqueologa del Saber (puesto que tambin a este respecto Vigilar y Castigar significara un cambio para Deleuze) que es el trabajo que, al menos por ahora, nos interesa focalizar, Foucault sostendra una superioridad del registro de lo enunciable sobre el de lo visible, lo que se debera en gran medida a que su atencin estara ceida al campo del Saber. (S)e explica fcilmente que exista una primaca del enunciado sobre lo visible: La Arqueologa del Saber puede reivindicar un papel determinante de los enunciados como formaciones discursivas. Pero las visibilidades no son menos irreductibles, puesto que remiten a una forma de lo determinable que no se deja en absoluto reducir a la de la determinacin (Ibidem.: 89).

Se debe destacar, entonces, tanto la presencia misma de la dicotoma, que establece la existencia positiva de los dos registros (lo discursivo y lo no discursivo), como la jerarquizacin entre los elementos de aquella dicotoma, que coloca en el lugar de preeminencia a los enunciados y, por consiguiente, al primero de los registros sobre el segundo. Dicotoma, entonces, entre visible y enunciable y primaca de este sobre aquel.

A esta altura se vuelve necesario sealar que, si seguimos en esto a Deleuze, tendremos que hacer a un lado mi tesis principal (y las dems) de la primera seccin, segn la cual podan rastrearse en La Arqueologa... dos concepciones de discursividad, una ms amplia y otra ms restringida (lo discursivo y los discursos, como se dijo entonces). Y habra ms bien que aceptar una postura cercana a la que sostiene Tern, en el reconocimiento de las dos series (discursividad y extradiscursividad), una primando en unos libros, la otra haciendo lo propio en otros, tendiendo el conjunto de la produccin intelectual de Foucault a un equilibrio en sus nfasis y preocupaciones. Intentando mantener la idea que hemos defendido hasta aqu, no seguir en este punto a Deleuze. No porque considere que no pueden reconocerse etapas entre los trabajos de Foucault [5] , sino porque creo posible y productivo atender en nuestros propios trminos ste y otros problemas planteados por Deleuze.

Vimos que la distincin entre lo discursivo y lo no discursivo para este autor, Hjelmslev mediante, se equipara a la que separa forma de la expresin y forma del contenido, que corresponderan, en los desarrollos tericos de Foucault, a los campos de lo enunciable y lo visible. Vimos tambin la relacin de determinacin, nunca completa, que conectaba estos dos campos, en una direccin que ira desde lo enunciable hacia lo visible. Que esa determinacin no sea nunca completa, que lo determinable no se deje en absoluto reducir a la (forma) de la determinacin es fundamental. A eso volveremos ms adelante. Pero retengamos ahora el aspecto positivo de esa relacin. Qu puede querer decir que lo enunciable determina a lo visible?. Puede querer decir que no es concebible un acceso in-mediato a las cosas, una aprehensin directa de algn sentido profundo del mundo. Puede tratarse, entonces, sin dudas, de una reaccin de Foucault contra la fenomenologa (que haba logrado impregnar incluso pasajes de sus trabajos anteriores), tal como lo seala Deleuze (1998: 77). Estaramos, quiz, ante una lucha retrospectiva contra la fenomenologa emprendida con algunas armas estructuralistas. Probablemente. Pero la pregunta que insiste es qu cosa es aquello enunciable y qu cosa aquello visible?, qu entidad tienen los componentes de esa relacin tensa y desigual?.

Se trata de que el universo de lo visible (digamos, por poner un ejemplo nada azaroso: de los cuerpos) slo puede significar una vez producida en l la sobreimpresin del lenguaje, de las palabras?. La formulacin de esta pregunta (cualquiera sea su respuesta) nos plantea un problema o, ms an, nos tiende una trampa. Porque qu decimos acerca de la relacin discursivo-no discursivo cuando contestamos una pregunta en torno a la relacin enunciable-visible?. Puede que estemos contestando acerca de la forma en que en nuestra cultura la corporalidad es atrapada en y por una red simblica que constituye el lenguaje, que le permite hacer sentido de ciertas maneras, y la constrie a hacerlo de esas maneras y no de otras. Puede que nos estemos refiriendo, entonces, al modo en que una sociedad determinada en un momento histrico preciso organiza la articulacin entre cuerpo y lenguaje. En ese caso acordaramos plenamente con las observaciones hechas por Deleuze en cuanto a la tensin que presenta esa articulacin, el desfase insalvable entre ambas esferas, etc.. Pero existe una vaguedad y un peligro en llamar a estas dos esferas discursiva y no discursiva, respectivamente. En efecto, si por discursivo entendemos el sentido restringido asociado a las actuaciones verbales, como ya dijimos, no tiene mucho caso negar la existencia de prcticas no discursivas. Si, en cambio, nos atenemos al sentido amplio de aquella categora, como horizonte terico, hallamos que lo enunciable y lo visible remiten a dos formas particulares de aquella discursividad general. Con lo cual aquella relacin tiene lugar entre prcticas discursivas de un tipo y prcticas discursivas de otro.

El problema es que Deleuze mantiene esa vaguedad, y la mantiene porque conserva la identificacin de lo visible con lo no discursivo. Y porque contina pensando aquella relacin entre lo enunciable y lo visible como si se tratara de la relacin lengua-mundo, cuando en rigor involucra a dos configuraciones discursivas (semiticas, mejor) o, como suele decirse, a dos lenguajes (el verbal y el corporal, por seguir con el ejemplo). Y por consiguiente, el peligro que conlleva esa vaguedad consiste en restituir la idea de un sentido inmanente del mundo, de eso no discursivo que aparecera entonces como ese murmullo de lo ya dicho no dicho detrs y debajo de la superficie del discurso, como ironizaba Foucault. Citamos a Deleuze nuevamente: El enunciado tiene su primaca en virtud de la espontaneidad de su condicin (lenguaje) que le proporciona una forma determinante. Lo visible, por el contrario, en virtud de la receptividad de la suya (luz), slo tiene la forma de lo determinable. Se puede, pues, considerar que la determinacin procede siempre del enunciado (...) slo los enunciados son determinantes y hacen ver, aunque hagan ver algo distinto de lo que dicen (Ibidem.: 96).

La salida ms pertinente al problema as planteado es insistir en el estatuto que, segn creemos, tienen lo enunciable y lo visible. Se trata de reconocer, entonces, que si los enunciados son determinantes no es porque hagan ver, y que si los visibles se actualizan no es por ser enunciados. Utilicemos, slo por el momento, los conceptos de Hjelmslev a los que recurre el propio Deleuze para decir que de cara al par enunciable-visible ya no vemos forma de la expresin-forma del contenido. Lo que vemos en todo caso, all y aqu, en ambos lugares, son configuraciones semiticas (con Hjelmslev diramos funciones sgnicas; [Hjelmslev, L., 1973]). Tenemos ante nosotros un campo de lo enunciable que resulta de la combinacin de formas de la expresin y de formas del contenido particulares y, de igual manera, un campo de lo visible, compuesto de formas de la expresin y del contenido singulares, a su vez. Que es lo mismo que decir, si se me permite usar neologismos que quiz no sean los ms adecuados por sus reminiscencias saussureanas pero que resultan, no obstante, muy grficos y claros, que en lo enunciable es preciso distinguir entre enunciantes (este sera el sentido que adquieren en el texto deleuzeano) y enunciados, de la misma forma que habra que distinguir, al interior de lo visible, visibilizantes y visibilizados (siendo ste, aqu, el sentido que parece tomar Deleuze). De esta manera, puede apreciarse que las relaciones de constriccin, condicionamiento y tensin (que Deleuze llama determinacin) se dan entre unos y otros componentes, formas de la expresin y del contenido, tanto dentro del campo de lo enunciable como del de lo visible.

Revisemos un ejemplo dado por Deleuze. Supongamos una cosa como la prisin: es una formacin de medio (el medio carcelario), es una forma de contenido (...). (E)sta forma o esta cosa remite a otras palabras y conceptos tales como delincuencia o delincuente que expresan una nueva manera de enunciar las infracciones, las penas y sus sujetos. Llamemos forma de expresin a esta formacin de enunciados (Deleuze, G., 1998: 58). El punto es que en esta formacin de enunciados hay determinantes y determinados, de igual modo que en aquella formacin de medio se encuentran ambos elementos. O sea, si de un lado tenemos unas actuaciones verbales que postulan conceptos, delinean argumentos, los articulan de cierta manera, etc., etc., del otro tendremos otras actuaciones (del tipo que sean) que harn lo suyo: por ejemplo, disposiciones de objetos en territorios demarcados, estilos de circulacin entre ellos, modos de presentacin posibles de los cuerpos..., que propondrn y definirn los procedimientos de adquisicin de significado de los espacios y los cuerpos, que ofrecern itinerarios, etc.. Expresiones y contenidos aqu, expresiones y contenidos all, que conformarn en conjunto (entrando en nuevas relaciones complejas, claro est) las significaciones de la delincuencia, el delincuente, los espacios de delito, de su correccin... en fin, que harn que la prisin en tanto dispositivo tenga sentido. Lo que debe quedar claro con todo esto es que all y aqu nos encontramos ante signos (o, mejor, semiosis) que tienen unos modos de existencia especficos y reglas de funcionamiento particulares, es decir, mecanismos propios de produccin de significaciones. La relacin entre una instancia y otra, entre lo enunciable y lo visible, diremos una vez ms, es una relacin entre dos (o ms) tipos particulares de semiosis. El problema de la primaca de uno (o varios) de ellos sobre los otros es un problema distinto, que no puede confundirse con aquel de la relacin discursividad/ no-discursividad. Si se los confunde se corre el riesgo de caer en la pretensin de considerar que slo los predominantes significan y los restantes simplemente se dejan significar. Y de esta forma se est dejando abierta la ventana a alguna versin de esencialismo o sustancialismo. En tanto puede interpretarse que la irreductibilidad de lo visible a lo enunciable no es la irreductibilidad de unos mecanismos de significacin particulares respecto de otros, sino la de alguna dimensin que, en ltimo trmino, no se dejara significar en su verdad ms profunda y fundamental [6] .

El prrafo que acabo de citar en la ltima nota nos conduce a un punto que es primordial para mi argumentacin. Esa cita deja traslucir una suerte de incomodidad del autor con la dicotoma enunciable-visible que hemos analizado hasta aqu. Con la dicotoma en cuanto tal. Porque lo que la cita deja ver es una insuficiencia y una necesidad. El desfase entre lo enunciable y lo visible se presenta como un desajuste permanente entre los dos niveles, lo cual muestra que lo determinable es inagotable y el juego mismo de la determinacin es infinito. Deleuze, por lo dems, pone de manifiesto al instante esa insuficiencia y necesidad del planteo dicotmico. (E)n Foucault hace falta que una tercera instancia coadapte lo determinable y la determinacin, lo visible y lo enunciable, la receptividad de la luz y la espontaneidad del lenguaje, actuando ms all de las dos formas, o ms ac (Ibidem.: 97). La tercera instancia que Deleuze reconoce y recupera del planteo foucaultiano es una especie de no lugar, otro orden que implica una distancia, una tercera dimensin informal que explicar la composicin estratificada de las dos formas y la primaca de una sobre otra. En qu consiste esta dimensin, este nuevo eje?. (Ibidem.: 98). La respuesta a esta pregunta ser: el poder. Este punto nos plantea un conjunto de nuevos problemas, algunos de los cuales sern abordados en el apartado siguiente.

Sin entrar todava, entonces, en la problemtica del poder, me interesa no obstante dar una respuesta diferente a aquel interrogante en torno a la tercera dimensin. Hay que comenzar diciendo que una lectura apoyada en Hjelmslev no parece ser un buen camino para abandonar o superar cualquier tipo de planteo dicotmico. Por el contrario, tal vez sea un medio (sin dudas uno de los ms rigurosos y elaborados conceptualmente, entre las propuestas binarias) por el que la dicotoma se vuelve inexorable. Ofrecer brevemente, entonces, una clave de lectura distinta, ternaria desde un principio, que considero puede ser ms productiva y ms adecuada para reflexionar acerca de lo discursivo en Foucault (y, en mi opinin, tambin en el propio Deleuze).

Clave de lectura peirceana, dicho rpidamente y de una vez. La concepcin de signo (y de semiosis) y semitica de Charles S. Peirce nos dar esa direccin alternativa para la interpretacin. Recordemos rpidamente la nocin de signo de este autor: algo que est para alguien, por algo, en algn aspecto o disposicin (Peirce, Ch. S., 1931/1965: 2.228). Esa definicin tan genrica, que ya postula los tres elementos constitutivos del signo (interpretante, objeto, representamen), puede completarse con otra de trminos un poco menos abstractos. El signo, sostendr, es todo lo que determina a algn otro (su interpretante) a referirse a un objeto, al cual l mismo refiere del mismo modo (su objeto), transformndose a su vez el interpretante en signo, y as ad infinitum (Ibidem.: 2.303) [7] . Qu es lo que nos interesa de estas definiciones?. Por el momento, rescatar en primer lugar la figura que juega el papel de ese tercero que buscbamos, y que permitir coadaptar lo determinado y lo determinable: el interpretante [8] . Este interpretante, que no puede confundirse con persona alguna (ni intrprete, ni receptor, ni nada semejante) puesto que es l mismo parte constitutiva del signo, es el lugar de valoracin del signo, la instancia en virtud de la cual una ley (norma, convencin) define la aptitud y el modo con que una forma (representamen) podr estar por (stand for) un existente (objeto). El tercero, entonces, es integrante l mismo del signo. No es necesario buscar nada por fuera del campo semitico que se abre. Se ve as claramente la diferencia con un planteo dicotmico que precisa hallar esa tercera instancia ms all o ms ac, esa instancia que siempre amenaza con un retorno de la sustancia/esencia pues se la postula como algo que cae fuera del espacio de la significacin.

En segundo lugar, es menester observar que el objeto mismo es parte del signo. Esto quiere decir que aquello por lo que se est, aquello que se sustituye, al menos segn cierta idea o fundamento [9] , es parte del signo, a su vez. Dicho un poco crudamente: aquello acerca de lo que se enuncia (slo para mantenernos en el plano de lo enunciable deleuzeano) es (logra ser) en tanto que forma parte del juego de la enunciacin, y segn la forma que reviste ese juego. En fin, para poder hablar de signo es un requisito que los tres componentes estn presentes y articulados; los tres son partes constitutivas imprescindibles. La relacin tridica es genuina, ya que sus tres miembros estn juntos ligados en ella, de modo que no consiste en ningn complejo de relaciones didicas (Peirce, Ch. S., 1931/1965: 2.228).

Lo dicho parece ser suficiente para apreciar la distancia respecto de un planteo binario y los problemas que ste puede suscitar. No hay una instancia no discursiva determinable que aguardara para ser significada por (y significado de) una expresin discursiva determinante. En todo caso hay juegos de articulaciones (cuya forma habr que definir) entre instancias discursivas particulares. Ni hay tampoco una tercera instancia metafsica en la base de la apertura significativa; el tercero es tambin parte del universo semitico, y permite su dinmica a la vez que est sometido a ella. Esto es lo que ha llevado a algunos autores a hablar de cerramiento del signo (Magarios de Morentn, J., 1983) o de clausura semitica en el sentido de que son las leyes mismas de los signos las que nos llevan a postular que en el mundo hay cosas que no son signos que, consecuentemente, nos obliga a recordar que la distincin entre los discursos/ las semiosis diversas y sus condiciones de produccin no es ontolgica sino metodolgica, ya que la semiosis est a ambos lados de la distincin (...) y entre las condiciones productivas de un discurso hay siempre otros discursos (Vern, E., 1998: 116 y 128-129). Lo que muestra, por ltimo, que en nuestro posicionamiento lo que se encuentra fuera no solamente no es negado, sino que, por el contrario, es necesario y se lo presupone, pero reconocindolo en su carcter discursivo, con lo cual se lo desencializa y, as, se asume su contingencia e historicidad.

 

El poder, o la segunda forma de lo no discursivo

 

Paulatinamente nos hemos deslizado hacia lo que fue presentado en el prrafo introductorio como la segunda va por la cual hace su aparicin lo no discursivo en la lectura que de Foucault hace Deleuze. A decir verdad, tambin la hemos respondido ya, al menos en sus rasgos centrales. Nos estamos refiriendo a la idea tratada hace un momento de un espacio previo, exterioridad no discursiva, informal, a partir de la cual se configuraran las esferas formales de lo enunciable y lo visible. Como ya fue sealado, se propona esa tercera instancia no discursiva que, siguiendo siempre el modelo hjelmsleviano, ocupara el lugar de lo que en aquel autor se denominaba sentido (Hjelmslev, L., 1973), sobre el cual venan a establecerse las formas de la expresin y del contenido. Un poco esquemticamente podramos decir que obtenamos de un lado relacin de fuerzas/ poder/ prcticas no discursivas y, del otro, relaciones de formas/ saber/ prcticas discursivas. Sin atender a la caracterizacin que Deleuze pudiera hacer de aquel tercer espacio nos adelantamos a interpretarlo como espacio discursivo, extendiendo nuestra clave de lectura peirceana hacia esa segunda va, casi en el mismo movimiento en que respondamos a la primera. Pero hay aspectos importantes de esta caracterizacin que no pueden pasarse por alto y que intentaremos examinar aqu, puesto que acaso nos ayuden a dar ciertas precisiones a nuestro propio posicionamiento.

Como sostiene Deleuze, y ya hemos visto, ese espacio es el del poder [10] . Y, siguiendo su interpretacin, indica la necesidad de devolver las palabras y las cosas a su exterioridad constitutiva (Deleuze, G., 1998: 70). Procur, por mi parte, demostrar que esa exterioridad constitutiva inexcusable era ella misma discursiva, en el sentido en que no escapaba a las leyes de aquello que denominamos el sentido general de lo discursivo/ semitico [11] . Si seguimos en esta direccin habremos de optar entre dos alternativas: o bien tendremos que negar que sea el poder el que constituye este terreno del exterior constitutivo, o bien tendremos que aceptar una suerte de fusin entre el poder y el discurso, o un complejo compuesto formado por ambos elementos. Pues bien, es esta segunda idea precisamente la que se buscar sostener a continuacin. La de una exterioridad constitutiva como el espacio de lo que llamaremos un poder-discurso o, indistintamente, un discurso-poder.

Qu puede querer decir esto?. No quiere decir que se trate de un compuesto de elementos distintos, divergentes, ajenos entre s sino, por el contrario, de elementos en cierta medida comunes que enfatizan unos rasgos u otros del espacio que comparten y que definen entre ellos. Lo que significa que deberemos poder establecer algn tipo de homologacin formal entre ellos, una especie de analoga, o mejor, de correspondencia, entre el poder y el discurso en Foucault [12] . Se trata, como se sabe, de establecer una relacin entre dos conceptos que han recibido un tratamiento dispar por parte de Foucault. Parece poder encontrarse, en efecto, y al menos para nuestros fines, aproximaciones mucho ms precisas respecto de la categora de poder (con todas las variantes que pueda haber sufrido y las complejidades que revista) que de la de discurso, cuyo carcter problemtico, por lo pronto, est en el origen de este mismo trabajo.

Por esta razn, lo primero ser ensayar esta correspondencia entre su nocin de poder, leda por Deleuze, y un par de ideas de Peirce, en cuya clave he propuesto puede comprenderse lo discursivo foucaultiano. El poder foucaultiano, entonces, como lo retoma Deleuze, carece de esencia, es operatorio. No es atributo, sino relacin, es una relacin de fuerzas, o ms bien toda relacin de fuerzas es una relacin de poder, y adems, el nico objeto de la fuerza son otras fuerzas, y su nico ser la relacin: es una accin sobre la accin, sobre acciones eventuales o actuales, futuras o presentes, un conjunto de acciones sobre acciones posibles (Ibidem.: 53 y 99). Qu, si no el universo de lo sgnico, comparte con esta nocin de poder ese carcter intrnseca y estrictamente relacional?. Siguiendo a Peirce hemos visto que los signos slo eran tales en tanto se diera la articulacin entre los tres elementos componentes, y tambin se vio que cada uno de los elementos se defina en tanto miembro de esta trada y adquira rasgos especficos segn alguna actualizacin particular. Por otro lado, desde una ptica ms genrica, se indic asimismo que los discursos no significaban sino en relacin con otros con los que competan en otorgar significacin al fenmeno de que se tratase.

Pero hay an ms. En el campo de lo discursivo segn esta orientacin peirceana no hallamos relaciones en el sentido de conexiones de representacin entre dos. En realidad, con ms precisin, nos hallamos ante acciones que resultan de la articulacin de tres. Los signos (en un nivel) y los discursos (en otro) son acciones, y acciones productivas, generativas, constructivas [13] . Se ve muy bien la ligazn ntima con aquella concepcin del poder. Poder que no representa nada pero que hace representar [14] .

Otro tema vinculado al que estamos tratando, que apenas mencionar al pasar aqu, es el que atae a las relaciones entre temporalidad y espacialidad. En Foucault puede apreciarse una supremaca de la segunda sobre la primera, al igual que una preferencia de su parte por pensar en trminos de aquella dimensin. Deleuze ve esto y no deja de hacerlo notar: los temas del Afuera y de la exterioridad dirase que imponen sobre todo una primaca del espacio sobre el tiempo... (Deleuze, G., 1998: 141). En La Arqueologa..., por otra parte, como se recordar, Foucault nos instaba en su proyecto de una historia general, a determinar no slo qu series sino qu series de series, o en otros trminos, qu cuadros es posible construir (Foucault, M., 1991[1969]: 16). Espacialidad que se despliega en contra de la linealidad del sentido fenomenolgico a la vez que en contra de una estructura centrada que estabilizara las series [15] . Espacialidad del cuadro, entonces, por sobre la linealidad temporal. Series de series temporales, como repetir en otro lado (Ibidem.: 123) o, mejor an, al refutar la idea del libro como unidad discursiva preestablecida, un nudo en una red (Ibidem.: 37) sern imgenes utilizadas para dar la idea de esta espacializacin. Y an ms que de una llanura montona e indefinidamente prolongada (...) se trata ahora de un volumen complejo, en el que se diferencian regiones heterogneas, y en el que se despliegan, segn unas reglas especficas, unas prcticas que no pueden superponerse... (Ibidem.: 218) [16] .

Es conocida, y ha sido muchas veces destacada la forma espacial que la semitica peirceana conlleva. No debe sorprendernos que una de las figuras que acabamos de mencionar entre las que daban forma a la espacialidad foucaultiana, la del nudo en una red, sea la misma que muchos trabajos de orientacin peirceana utilizan para explicar el despliegue de las semiosis y la produccin de la significacin como efecto de fijacin parcial sobre esa red o trama. Su misma definicin de signo, la dinmica que lo caracteriza, promueve, como fue sugerido, dicha espacialidad. Hacia afuera del signo: interpretantes diferentes de un mismo objeto generan, en rigor, que no pueda tratarse ya del mismo objeto, ya que la aptitud o disposicin de las formas de la sustitucin (representamen) recibirn valores diferentes (los componentes varan en su disposicin y en las articulaciones que establecen entre s, lo que produce la variacin de cada uno de ellos, en una expansin que se extiende ad infinitum). Hacia adentro: puesto que siendo cada uno de los componentes del signo, signo a su vez (con su forma, existencia y valor), se obtiene una recursividad ilimitada del signo que completa aquel otro despliegue. La linealidad del signo se pierde, subsumida en una geografa que lleva a pensar en ese volumen complejo que citbamos en Foucault.

Espacialidad en Foucault, espacialidad en Peirce. Espacialidad en nuestra lectura en clave peirceana de lo discursivo en Foucault. Pero no nicamente de lo discursivo. Esto es lo quiero subrayar aqu. Linealidad-espacialidad (o volumen) es una alternativa que involucra directamente a la cuestin del poder, y que define el modo de su concepcin. No podemos pensar en los trminos de esta alternativa las ideas de poder que Foucault rechaza y las que abraza?. No es la linealidad lo que define una forma jurdica del poder, pegada a la representacin del poder-soberana que nuestro autor invita a abandonar y la espacialidad la que est detrs de la nocin foucaultiana de un poder como multiplicidad de las relaciones de fuerzas, estratgico, que teje microfsicamente la trama social?, no es linealmente que aquel poder se dara desde la cspide real hacia abajo, y espacialmente como debera ser pensado este otro poder sin rey, que forma cadena o sistema? (Foucault, M., 1990[1976]: 107-111, 112 y ss.). Por lo dems, nuestro autor ha recurrido explcitamente en gran cantidad de ocasiones a la imagen de la trama, la retcula o la red para definir el poder (por ejemplo: Foucault, M., 1989[1975]: 33-34) [17] .

 

Recapitulemos muy rpidamente las razones y efectos de nuestra interpretacin peirceana de Foucault. En un primer momento, esta clave de lectura nos permiti responder a la separacin efectuada por Deleuze entre enunciable-discursivo y visible-no discursivo y sostener la defensa de nuestra tesis de las dos nociones (amplia y restringida) de discurso. En un segundo momento (que, en verdad, se completa con los prrafos que siguen), con aspiraciones en alguna medida mayores, se propuso establecer una correspondencia u homologacin entre el campo del discurso y el campo del poder. El fin perseguido por esta propuesta era (y es) el siguiente: mostrar que en la produccin terica de Foucault, tanto en la etapa que suele llamarse del saber como en la posterior, llamada del poder, persiste una figura de lo discursivo en el sentido general, amplio que le hemos dado, que las dos estn atravesadas por una suerte de pensamiento semitico (en el sentido tambin particular que le hemos dado siguiendo a Peirce). Y mostrar asimismo que, como correlato o contrapartida, ambas etapas estn atravesadas por un pensamiento estratgico del poder, que el poder en tanto preocupacin y categora terica, como nocin analtica y prospectiva y como inquietud aparece y juega un papel cardinal en una etapa y tambin en la otra. Mostrar, en resumen, que constituyen (y pertenecen a) un campo comn, para cuya delimitacin y caracterizacin ambas categoras son imprescindibles, cada una aportando trazos propios y subrayando rasgos particulares.

Para finalizar este trabajo, entonces, dar algunas pistas capaces de mostrar dnde y de qu manera se puede apreciar tal cosa en los textos del propio Foucault, y completar as lo que se haya podido ver hasta aqu y que pueda abonar esta hiptesis. No obstante, antes de comenzar, y si bien hemos adelantado ya ciertos puntos claves, repasemos algunas de las caractersticas que delinean el estudio del poder en Foucault, tal como lo sintetiza Deleuze y lo toma Tern en sus obras ya citadas [18] . El poder no debe investigarse en su localizacin central, puesto que no existe un semejante espacio central que lo contenga; se trata de un ejercicio y no de algo sobre lo que pueda reclamarse propiedad alguna, relacin desigual que circula reticular y transversalmente, microfsicamente formando sistema; las relaciones de poder son inmanentes a los diversos procesos sociales, no expresan, ni reflejan una realidad previa, no son una superestructura, sino una materialidad directamente productora; entre otras caractersticas que no nos interesa destacar ahora.

En primer lugar, entonces, podemos recordar algunas apelaciones directas a la nocin de poder presentes ya en La Arqueologa..., para lo cual pueden recuperarse pasajes como ste: el discurso aparece como un bien finito, limitado, deseable, til- que tiene sus reglas de aparicin, pero tambin sus condiciones de apropiacin y de empleo; un bien que plantea, por consiguiente, desde su existencia (y no simplemente en sus aplicaciones prcticas) la cuestin del poder (Foucault, M., 1991[1969]: 204). O como el siguiente, donde se hace patente su relacin con la historia misma: El discurso entendido as no es una forma ideal e intemporal que tuviese adems una historia (...) es, de parte a parte, histrico: fragmento de historia, unidad y discontinuidad en la historia misma, planteando el problema de sus propios lmites, de sus cortes, de sus transformaciones, de lo modos especficos de su temporalidad... (Ibidem.:198). Y si recordamos que, como fue indicado en las primeras pginas de este escrito, las cuatro direcciones para analizar las formaciones discursivas eran la formacin de los objetos, la formacin de las posiciones subjetivas, la formacin de los conceptos y la formacin de las elecciones estratgicas, entonces este fragmento revela su mayor importancia en el hecho de mostrar que el poder al que nos referimos recin se anuncia ya aqu como productivo, generativo, en el sentido en que luego ser confirmado y definido con mayor extensin y precisin en los libros de la etapa posterior [19] .

Por otra parte, son sumamente elocuentes y tiles para pensar del modo en que estamos proponindolo la relacin discurso-poder algunas lneas referidas a las contradicciones, los discursos y el vnculo que los une. Foucault afirma concluyentemente que una formacin discursiva no es el texto ideal, continuo y sin asperezas, que corre bajo la multiplicidad de las contradicciones y las resuelve en la unidad serena de un pensamiento coherente; tampoco es la superficie a la que viene a reflejarse, bajo mil aspectos diferentes, una contradiccin que se hallara a la vez en segundo trmino, pero dominante por doquier. Es ms bien un espacio de disensiones mltiples; es un conjunto de oposiciones diferentes cuyos niveles y cometidos es preciso describir (...) Se trata de localizar, en una prctica discursiva determinada, el punto en que aquellas (las oposiciones) se constituyen, de definir la forma que adoptan, las relaciones que tienen entre s y el dominio que rigen. En suma, se trata de mantener el discurso en sus asperezas mltiples y de suprimir, en consecuencia, el tema de una contradiccin uniformemente perdida y recobrada, resuelta y siempre renaciente, en el elemento indiferenciado del logos (Ibidem.: 261-262). Me he permitido esta larga cita pues su claridad ahorra parte del trabajo argumentativo [20] . En estas palabras de Foucault no hallamos nicamente referencias explcitas y rotundas al tema de las contradicciones (y, consecuentemente, de las relaciones conflictivas, antagnicas y, entonces, del poder). Lo que creo an ms decisivo es que en ellas puede observarse la analoga formal que mencion ms arriba y empezamos a establecer con la gua de Peirce. Las caractersticas atribuidas a las prcticas discursivas y las formaciones discursivas son, en su mayora, homologables a las que definen ese poder al que aludimos como relaciones de fuerza mltiples, de variadas direcciones. Aquellos discursos que constituyen ellos mismos las contradicciones, y que es necesario describir en su inmanencia, sin remisin a una instancia primera de la que derivaran se acercan significativamente a aquel poder estratgico, materialidad directamente productora que se presenta irreductible a cualquier centro que pudiera contenerla. All y aqu multiplicidad de enfrentamientos y tensiones, capilaridad de la lucha que define y organiza el lugar de las oposiciones, que estructura la forma y dinmica de las contradicciones heterogneas (y articulables), sistema que se dispersa/ dispersin que se sistematiza, y que no traduce ni replica contradiccin original ni oposicin central algunas.

Otro concepto que confluye en la direccin que se ha demarcado hasta aqu es, a nuestro criterio, el de apriori histrico. Y el indicio para esta interpretacin nos lo da Deleuze cuando dice que el diagrama suprasensible no se confunde con el archivo audiovisual: es como el apriori que la formacin histrica supone (Deleuze, G., 1998: 113). Sin demorarnos en analizar este concepto brbaro, como lo llamara Foucault, vemos que, lejos de separar el espacio del poder y el del discurso, este concepto nos permite vislumbrar, l tambin, que en el corazn de la argumentacin arqueolgica sobre los discursos estn ya los rasgos primordiales que definen al poder. Porque precisamente ese apriori que la formacin histrica supone es un concepto que aparece con toda su fuerza en La Arqueologa... y se define como el conjunto de las reglas que caracterizan una prctica discursiva, como apriori de las positividades discursivas (Foucault, M., 1991[1969]: 216).

Una ltima lnea por dnde podra reconocerse la correspondencia y analoga formal planteada est dada por la enorme similitud que se aprecia entre los requisitos y previsiones sugeridos y seguidos por Foucault para estudiar los discursos y formaciones discursivas, por un lado y, por el otro, las reglas que propone observar para llevar adelante un anlisis del poder. Advertencias, recomendaciones, prescripciones que no nos dan meramente el contexto y condiciones necesarios para realizar tales exploraciones, sino que ofrecen al mismo tiempo rasgos caractersticos de lo discursivo y el poder, cada uno a su turno.

Recordmoslas, y a la vez intentemos dar con esa correspondencia. La primera regla dada para el caso del poder, la regla de inmanencia, indica reparar en cmo las relaciones de poder (en tanto que focos locales de poder-saber) instituyeron como objeto posible la sexualidad. De otra parte, para el caso del discurso, era menester dejar en suspenso las unidades discursivas preconcebidas y considerar los discursos como acontecimientos irreductibles que haba que someter a una descripcin que los relevara en su aparicin de superficie y en la actividad generativa de su emergencia y puesta en relacin. No comparten ambos principios la denegacin de una instancia primera, nuclear, a la cual se remitiran (poderes o discursos) y de la que extraeran su fuerza productiva?, no se emparejan los dos en sta (su) fuerza instituyente, que resulta de sus encuentros y relaciones de superficie?.

La segunda, la regla de las variaciones continuas, aconseja buscar el esquema de las modificaciones que las relaciones de fuerza, por su propio juego, implican puesto que las relaciones de poder-saber no son formas establecidas de reparticin sino matrices de transformaciones y que las fijaciones de dichas relaciones nunca representan otra cosa que cortes instantneos de ciertos procesos. Sabemos, por otro lado, que la descripcin planteada para el campo del discurso era una descripcin de una dispersin de aquellos acontecimientos; es decir que en ese campo lo que habra que caracterizar e individualizar sera la coexistencia de esos enunciados dispersos y heterogneos; transformaciones entonces (recordemos: discontinuidades, umbrales, etc.), dispersin de los elementos en un juego mltiple en sus variaciones. No estamos, aqu igual que all, ante el rechazo de los edificios deductivos preestablecidos y de los senderos de los que ya se conocen el origen y el fin?, no se trata en ambos casos del anlisis de un espacio cuyos ritmos y movimientos no se dejan atrapar ni en el modelo de una estructura rgida ni en una cadena de inferencias teleolgicas?.

La regla del doble condicionamiento, el tercer principio, postula que ningn foco local, ningn esquema de transformacin podra funcionar sin inscribirse al fin y al cabo, por una serie de encadenamientos sucesivos, en una estrategia de conjunto, e inversamente desde el punto de vista de la estrategia. Para el caso de los discursos, por la otra parte, la descripcin de una dispersin no significaba vrselas con un estallido sin ningn tipo de contencin, una estampida multidireccionada en la que se difuminaran y desaparecieran los elementos; antes bien, se recordar, se trataba de identificar las reglas de formacin, las regularidades que permitan los agrupamientos y las estructuraciones (siempre precarios y cruzados de tensiones). La correlacin en este caso parece otra vez muy clara; en pocas palabras parece que tenemos aqu la contracara y, a la vez, complemento de la anterior correspondencia entre reglas y pautas de un campo y del otro. Podramos decir que la segunda y tercera reglas para el anlisis del poder nos muestran respectivamente, en trminos de La Arqueologa..., que estamos ante sistemas de dispersin que son sistemas de dispersin.

La cuarta y ltima regla, que tiene su correlato casi exacto en el captulo La formacin de las estrategias temticas de La Arqueologa..., es la de la polivalencia tctica de los discursos, en la que se seala la variabilidad posible de los discursos (en el sentido que hemos distinguido aqu como acotado o restringido) en su funcionamiento tctico al interior de alguna(s) estrategia(s) [21] .

 

Para finalizar, responder a una posible pregunta que se podra formular a este trabajo: para qu ensayar esta interpretacin?, qu aporta una lectura semejante?, cul es el objeto de la insistencia en la discursividad?. a qu plantear la distincin entre dos sentidos diferentes de lo discursivo?, qu se busca finalmente con la clave peirceana ofrecida?, con qu objeto proponer una correlacin entre discurso y poder?. Algunos de estos interrogantes (o todos) han sido saldados a lo largo de estas pginas, al menos en lo que cada uno tiene de particular en su formulacin. Pero cul es la inquietud general que los recorre a todos y los compone como fragmentos de una orientacin principal?.

Dicho en muy pocas palabras, sobre lo que se procur enfatizar e insistir es aquello que aparece en Foucault como un modelo de la accin para pensar lo discursivo y un modelo de la relacin para pensar el poder, y a la inversa, un modelo de la relacin para lo discursivo/ semitico, y de la accin para el poder Concepcin estratgica de lo discursivo, concepcin contextualizante del poder; desencializacin del poder, caracterizacin agonal del discurso (y, otra vez, el movimiento inverso vale para los dos casos). Fundacin de una nueva pragmtica, quizs, para decirlo con Deleuze. Antes y despus el pensamiento del poder, antes y despus el pensamiento de lo discursivo. Desencializacin del poder, entonces, puesto que el poder tiene los atributos de lo discursivo: es relacional, y entonces contextual, ligado al modo de su operacionalizacin y al valor local y mvil que resulte de su efectuacin... Caracterizacin agonal del discurso, en tanto el discurso es poder: concurrencia conflictiva, antagnica de elementos, produccin de objetos, construccin de sujetos, etc., accin como proyeccin e instauracin de universos... Discurso sin sustancia y poder sin ttulo de propiedad.

Positividades. En ambos campos negacin del fundamento ltimo y afirmacin de la contingencia en la historia, desconocimiento del centro que detiene el juego de la dispersin y asuncin de la parcialidad y fragilidad de las fijaciones y de la inestabilidad de las estructuraciones. Desde un espacio y desde el otro, desde su articulacin, desde ese poder-discurso o discurso-poder a lo que asistimos es a una recusacin inapelable del logocentrismo y la metafsica.

 

 



Notas:

 

[1] Urge una nueva aclaracin. No estoy a punto de proponer que voy a ser yo quin resuelva esta tensin. Ni mi lucidez ni mi soberbia (ni las dos sumadas) alcanzaran -en caso de querer hacerlo- para prometer tal empresa. En realidad, de lo que se trata para m es de intentar cambiar el ngulo desde el que hemos mirado esta cuestin.

[2] Concepciones que no se dan forzosamente ocupando unas un lugar y otras otro, sino que a veces aparecen yuxtapuestas en un mismo pasaje.

[3] Puede resultar interesante recordar aqu algunas palabras de Paul Veyne pronunciadas en el marco de la discusin entablada en ocasin del Encuentro Internacional organizado en 1988 por la Association pour le Centre Michel Foucault, tras la exposicin de M. Frank de su trabajo Sobre el concepto de discurso en Foucault. Veyne, desinteresado en discutir acerca del trmino discurso, nos da, sin embargo, algunas caractersticas del concepto que, segn mi manera de ver, van en la direccin en la que he tratado de presentarlo en este escrito. Veyne sugiere que quiz Foucault simplemente haya sido sensible a una moda al elegir este concepto para designar ese algo en el que debemos reconocer la finitud positiva o la rarefaccin (Balbier, E. et al., 1999: 115; subrayado mo).

[4] Distincin que funciona y se mantiene durante toda la obra foucaultiana pero que sufre algunas alteraciones. Una de la ms importantes, sin dudas para el propio Deleuze, se da en Vigilar y Castigar cuando Foucault ofrece en trminos positivos aquello que hasta entonces era nombrado slo negativamente: Lo que la Arqueologa reconoca, pero todava slo designaba negativamente como medios no discursivos, encuentra en Vigilar y Castigar su forma positiva que es toda una constante en la obra de Foucault: la forma de lo visible, en su diferencia en la forma con lo enunciable (Deleuze, G., 1998: 59).

[5] En general acordamos con la mayora de los estudiosos de su obra y de su biografa en la coincidencia ms o menos amplia al respecto.

[6] Por lo dems, en un prrafo muy sugerente pero no explotado en toda su potencialidad, Deleuze parece abrir la puerta a una interpretacin como la que acabo de proponer respecto de la diferencia cualitativa entre los espacios de lo enunciable y lo visible y respecto del carcter semitico de ambos: Existe disyuncin entre hablar y ver, entre lo visible y lo enunciable: lo que se ve nunca aparece en lo que se dice, y a la inversa. La conjuncin es imposible por dos razones: el enunciado tiene su propio objeto correlativo, y no es una proposicin que designara un estado de cosas o un objeto visible (...); pero lo visible tampoco es un sentido mudo, un significado de potencia que se actualizara en el lenguaje... (1998: 93).

[7] Brevsimamente recordemos que el representamen es la forma que el signo tiene de presentarse a nuestra percepcin, de aparecerse ante nosotros; el objeto es el existente (alguna parte, y siempre en tanto que signo) que ocupa el lugar de aquello que es sustituido; el interpretante, por fin, es el lugar lgico de valoracin de aquella sustitucin (el stand for) que define al signo como tal.

[8] Es obvio que no se puede efectuar una traslacin entre lo determinado y lo determinable como lo venamos viendo, es decir, la forma de la expresin y la forma del contenido a representamen y objeto, las dos figuras restantes en el concepto peirceano. El hecho mismo de que la definicin incluya al tercer trmino hace variar el valor de las otras, en primer lugar. En segundo, en un instante se ver tambin el carcter singular de ese objeto peirceano que lo hace irreductible a la forma del contenido. No obstante, si uno quisiera forzar un poco los conceptos, esa sera la correlacin ms aproximada.

[9] Esto significa que la sustitucin no puede darse respecto de la totalidad del objeto sino de una parte, que es esta idea o fundamento, que puede entenderse fcilmente, siguiendo a Peirce, pensando, por ejemplo, en la situacin en que un hombre capta la idea de otro, o cuando alguien recuerda algo que estuvo pensando previamente, etc. (Peirce, Ch. S., op. cit.).

[10] Con esto retomaremos tambin un punto importante que no atendimos a la hora de plantear la discusin con los textos de Tern. Este autor, por su parte, sigue a grandes rasgos, en su consideracin del poder, la orientacin de Deleuze, por lo que las obervaciones que se realicen valen para ambos.

[11] Respecto de esta idea de la exterioridad y de su posible interpretacin sustancialista/esencialista, as como en lo que concierne al planteo global de este apartado dir una vez ms que de ninguna manera se busca acusar de tales posturas a Deleuze ni al mismo Foucault. Se trata de encontrar algunas soluciones diferentes a ciertos problemas conceptuales que, segn creo, no se alejan de la lgica de estos autores sino que, al contrario, pueden considerarse dentro de ella. La siguiente cita de Deleuze ensea algo de lo que estoy tratando de decir, adems de lo que tal vez pudiera verse como una cierta tensin entre algunos de sus conceptos: Foucault invoca a menudo una forma de lo discursivo y una forma de lo no discursivo; pero esas formas no encierran, ni interiorizan nada; son formas de exterioridad a travs de las cuales unas veces los enunciados, otras los visibles se dispersan. En general es un problema: en lugar de ir de una exterioridad aparente a un ncleo de interioridad que sera esencial, hay que conjurar la ilusoria interioridad... (Ibidem.: 70, cursivas mas). Desde ngulos distintos, pero que me parecen totalmente compatibles, puede verse la idea de exterioridad constitutiva en: Derrida, J. (1989[1967]); Laclau, E. (1996); Critchley, Derrida et al. (1998).

[12] Aclaremos rpidamente que la (co)relacin que se busca no es en absoluto la que suele sealarse a menudo entre poder y saber. No solamente es una relacin de otro tipo, sino que involucra adems elementos diferentes. Confiamos en que con lo dicho hasta aqu y, especialmente, con lo que se dir seguidamente, la particularidad de aquella (co)relacin pueda verse con claridad, ya que detenernos ahora en hacer la distincin nos alejara de nuestros objetivos actuales.

[13] Para la semiosis como accin o influencia que es o implica la cooperacin de tres sujetos (subjects), ver Peirce (op. cit.: especialmente 5.484). Para una distincin entre esta idea del signo como accin y el signo como relacin, ver Parret, H. (1993).

[14] Es destacable, adems que Deleuze habla de Foucault como del fundador de una nueva pragmtica (Ibidem.: 35). No sabemos cul es el referente en relacin con el cual Deleuze habla de pragmtica. Pero sin lugar a dudas una alusin semejante involucra nuevamente a Peirce, su fundador (o uno de los principales iniciadores, al menos). No se entablar aqu, no obstante, una discusin acerca de la pragmtica. Remitimos para su concepcin de pragmatismo y pragmaticismo a Peirce, Ch. S. (1931/1965: volumen V). Para algunas discusiones sobre el tema, en sintona con los aspectos que nos interesan: Critchley, Derrida et al. (1998); tambin Parret, H. (1993).

[15] Pueden verse algo de lo que se quiere resaltar aqu sobre la fenomenologa y el estructuralismo, en Descombes, V. (1998: 109 y 118).

[16] Como ha dicho tambin Tern es preciso reparar en la espacializacin de un pensamiento que as pretende eludir cualquier recaptura dialctica, y como si sobre l operara aquella misma obsesin que detectara en Roussel, tendida ahora s a abolir el tiempo mediante la circularidad del espacio (Tern, O., 1982: 32).

[17] Digamos al pasar que esta alternativa linealidad-espacialidad es sumamente sugerente para pensar tambin a Deleuze (junto a Guattari), en lo que hace a sus concepciones del poder y de la conformacin de colectivos sociales (entre la mquina desptica con su codificacin y territorializacin, y la mquina capitalista con su descodificacin y su desterritorializacin), tal como aparecen en su AntiEdipo. (Deleuze, G., y Guattari, F., 1974).

[18] Para ver estas caractersticas (y otras) directamente en las palabras de Foucault, remitimos nuevamente a las pginas mencionadas de Vigilar y Castigar (Foucault, M., 1989[1975]: 33-34) y, especialmente, a otras de La Voluntad de Saber (Foucault, M., 1990[1976]: 114 y ss.)

[19] En El Orden del Discurso puede leerse, adems, que la genealoga se refiere (...) a las series de la formacin efectiva del discurso: intenta captarlo en su poder de afirmacin, y entiendo por esto no un poder que se opondra al de negar, sino el poder de constituir dominios de objetos, a propsito de los cuales se podra afirmar o negar proposiciones verdaderas o falsas (Foucault, M., 1992[1971]: 56, cursivas mas). Si bien este es considerado un texto de transicin entre etapas, me gustara poner de relieve que el poder de afirmacin reconocido al discurso no parece distinto al que hemos intentado mostrar a lo largo de muchas de estas pginas, especialmente las primeras, en La Arqueologa...

[20] Y no nos resistimos a una cita ms que abunda en lo anterior: (la arqueologa) renuncia, pues, a tratar la contradiccin como una funcin general que se ejerciera, del mismo modo, en todos los niveles del discurso, y que el anlisis debera o suprimir enteramente o reducir a una forma primera y constitutiva: sustituye el gran juego de la contradiccin -presente bajo mil rostros, suprimida despus y al fin restituida en el conflicto mayor en que culmina-, por el anlisis de los diferentes tipos de contradiccin, de los diferentes niveles segn los cuales se la puede localizar, de las diferentes funciones que puede ejercer (Foucault, M., 1991[1969]: 257).

[21] Las citas directas, as como la mayora de las alusiones indirectas, que se encuentran en estos prrafos pueden hallarse en Foucault, M. (1990[1976]: 119-125; 1991[1969]: I, II.I y II.I)

 

 

 

 

Bibliografa Citada:

 

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